La reconstrucción de la confianza. La batalla cultural como imperativo moral
La batalla cultural como imperativo
moral
La idea central que me
anima es la necesidad de poner en foco lo que entiendo constituye el eje sobre
el que hay que vertebrar un nuevo orden social y político. Y no es sino la
revalorización de la política como actividad esencialmente integradora de los
diversos intereses en juego en toda sociedad, teniendo en claro que un nuevo
diseño institucional no puede asumirse como la solución inmediata de todos
nuestros males. Romper la anquilosada trama de relaciones políticas, sociales y
económicas construidas al amparo de una democracia autista requiere algo más
que protestar y manifestar según los intereses afectados. Se necesita voluntad
de cambio, una participación constante y primordialmente, tomar conciencia que
el verdadero cambio debe darse en el factor humano. Y para recuperar esta
condición que está profundamente ligada con la idea de comunidad política creo,
más allá de la nueva política o de nuevos modelos de gestión que son
necesarios, es indispensable promover una profunda acción terapéutica sobre la
sociedad misma. Subyace aquí una idea que debiera asumirse como un imperativo
moral: la construcción de un nuevo humanismo, una auténtica revolución
cultural.
- Por tal falta de quicio en el perturbado mundo ya nadie
sabe cuál es cual; esta notoria secuela de males proviene de nuestra pugna y
discordia: nosotros somos sus padres y origen.
- Arréglala, pues. Está en tus manos.
…Al fin y al cabo es nuestro hormiguero.
(diálogo entre Titania y Oberón, personajes de
Skakespeare en “Sueño de una noche de verano”
I.- Introducción
¿Qué
Argentina somos? ¿Qué Argentina queremos ser? Dos preguntas centrales, que en
distintas etapas de nuestro devenir como país hemos pretendido darle respuesta
desde lo económico y/o desde lo político. ¿Por qué se ha frustrado ese sueño colectivo
de una Patria Grande y esta realidad nos convence que estamos condenados al
fracaso, pero al mismo tiempo nos impulsa la idea común de un destino de
grandeza? ¿Por qué nos invade la paranoia y la soberbia al mismo tiempo?
Retomar
los fundamentos de la vida en comunidad importa ir más allá de fórmulas
económicas para promover el crecimiento, o de formulaciones parciales sobre los
cometidos públicos que el Estado debe realizar.
La primera
pregunta que nos interpela como sociedad tiene que ver con lo que somos como
Nación. ¿Cómo fue estructurándose el Estado argentino en el siglo XX?
Una
rápida aproximación a tal interrogante nos induce a pensar que ha sido en base
a reconocimientos y concesiones, pero sin consensos básicos. Reconocimientos y
concesiones o beneficios sectoriales, pero sin formular políticas de Estado.
Construimos una poderosa maquinaria de corporaciones o grupos de presión y de
poder. Un Estado construido sobre tan delicados equilibrios sectoriales
necesariamente conlleva la amenaza del conflicto y la presión sectorial como
sistema para obtener nuevos beneficios. El Estado prebendario no es un invento
de la dirigencia política. Es hijo directo de un sistema de mutualismo político
que terminó por desarticular y desorganizar a la sociedad en su conjunto.
Este
funcionamiento institucional, que debe caracterizarse como disfunción
institucional terminó provocando la crisis de legitimidad, y el colapso social,
económico y ético, que esfumó toda esperanza de un mañana mejor en el
colectivo. En tanto aquella se basa en dos supuestos: eficacia + confianza, la
falta de respuesta a las demandas sociales y la desconfianza social sobre la
fortaleza del sistema para resolver tales demandas, emergió como un muro
imposible de demoler que se tradujo en el “que se vayan todos”.
¿Es
nuestro problema económico?, es político? Sin duda que cualquiera que se
formule estas preguntas podrá responder afirmativamente, y no se equivocará.
Nos agobian los problemas económicos y también la ausencia de dirigentes que
ejerzan la política con verdadero y probado compromiso ciudadano. Pero pese a
su gravedad, no será sino una respuesta coyuntural, que orbita una cuestión
mucho más profunda, lacerante e hiriente: la cuestión cultural.
En
tanto somos por naturaleza seres políticos, la política puede y debe
enderezarse a construir una sociedad más humana. Debiera en consecuencia
dirigir su esfuerzo a moldear un hombre nuevo, que sin renegar de la tecnología
sea capaz de proyectar a la sociedad del siglo XXI hacia un destino de
desarrollo, paz y felicidad; esencialmente decente.
La
reconversión de la dimensión ética de nuestra sociedad es de tránsito
ineludible para que fructifiquen los esfuerzos en materia educativa, económica,
social, y política; implica reencontrarnos a nosotros mismos para darle
sustento a la épica trasformadora. Exige un renunciamiento solidario a las
naturales apetencias de parte de la dirigencia –política, social, económica,
gremial- para alcanzar consensos básicos que actúen como un bing bang para
alcanzar un modelo que hunda sus raíces en una historia común, que proyecte una
visión también común de nuestro destino como nación, y del mundo del siglo XXI.
Exige también el despertar de la conciencia ciudadana, hoy proclive a la
protesta, justificada en infinidad de casos, pero sin valor proposicional
cuando ella se agota al alcanzar sus objetivos inmediatos, que son siempre
transitorios, precarios.
La
crítica permanente sin valor proposicional suele transformarse en una suerte de
placebo que enmascara la desesperación de no saber qué lugar se ocupa en la
inmensa cola del cometa de la desesperanza y el inconformismo.
Actuamos
siguiendo modas, costumbres, respondiendo a órdenes que construye el
pensamiento basura y nos ha transformado en una sociedad indolente. A
diferencia de aquellas que tienen noción de su hormiguero, nosotros nos movemos
individualmente, en busca de réditos individuales, sin que importe el conjunto,
aunque nos amparemos en el mismo. Siempre privilegiamos el interés personal o
sectario al deber ser. No reconocemos nuestro hormiguero.
Debemos
recuperar el sentido de la vida en comunidad. No es una tarea fácil. Pero
depende de todos nosotros, aunque algunos actores tengan un rol protagónico insoslayable.
La
convivencia no puede lograrse si no reconstruimos la confianza. Confianza de
uno a otros, individual y colectivamente, y de gobernado a gobernante. Sin
ella, la ley no es eficaz; el orden social una quimera.
La
tarea por realizar es indudablemente ardua. Necesita de dirigentes dispuestos a
entregar lo mejor de sí y de ciudadanos que hagan de la responsabilidad social
una ética militante.
Lo
que da solidez y fortaleza a una comunidad política es precisamente el
reconocimiento de la diversidad, y de la divergencia como expresión de ella.
Una comunidad política se construye sobre el reconocimiento de la diversidad, y
el diálogo como método para superar las divergencias.
La
uniformidad, la homogeneización de la sociedad, tiende a recrear conductas
egoístas que repercuten en las relaciones entre sus miembros. Se adormece el
espíritu, se aletarga la esperanza y “entra en penumbra el culto por la
verdad”. El prejuicio le gana a la reflexión y el eslogan se transforma en
dogma. La cultura del espectáculo y del “flash” domina la escena, aun de
aquellos que tienen la responsabilidad de conducir políticamente lo que queda
de la Nación.
II.-
La verdad como presupuesto de la confianza social
Estamos
entonces, en presencia de una cuestión eminentemente cultural. Y esta es la
batalla más difícil, compleja y que no da medallas en el corto plazo.
Requiere
por lo tanto el respeto por la verdad. Y la verdad no es aquello de lo que uno
está convencido. La verdad emerge cuando somos capaces de tratarnos como
iguales en la diversidad. Es, por lo tanto, una tarea conjunta, que impone la
tolerancia; una empresa difícil pero que nos aleja, en la medida que la
practicamos, de todo fundamentalismo, de toda tentación hegemónica. Nos
permite, por el contrario, construir una sociedad política donde la
solidaridad, la reciprocidad y la concordia constituyen su razón de ser.
Expresa
el filósofo José Luis Galimidi que, si bien es imposible vivir en la verdad
total, también es imposible vivir sin aspirar a dosis de verdad en nuestras
vidas. La verdad –prosigue- es una tarea; no un resultado impuesto. Cuesta
ponerse en camino para buscarla, porque hay que resignar prejuicios y pereza y
hay que estar dispuesto a luchar.
Esa
pereza ha sido inducida por un proceso cultural que ha glorificado la autoestima,
pero devaluado el autorrespeto. Por lo tanto, el engaño se asume como un
resultado inevitable en la vida de los argentinos, y se desprecia todo aquello
que implique tiempo en tanto el horizonte es limitado, y además borroso.
Borrada
de la conciencia colectiva toda idea de compromiso, de cumplimiento de
promesas, y de utopías realizables, la nación es un cuerpo inerte.
De
mismo modo, uno podría preguntarse por qué pensar si, tal es el estado de la sociedad,
toda idea o discurso que no responda al pensamiento sistémico, parece caer en
saco roto. Transitar por esta Babel consumista contradiciendo las pautas
culturales de la sociedad líquida (lúcida expresión de Bauman) equivale a ser
considerado como “sospechoso”, “no confiable” y, en el mejor de los casos,
“tonto” o “anormal”. Y ese consumo no es solo un concepto limitado al mercado,
sino también extendido al ámbito de los usos y costumbres, de las ideas y hasta
de la aceptación de todas las relaciones que los hombres traban entre sí,
débiles, coyunturales, adaptables hasta el “roba, pero hace”. La construcción
del hombre modular, preparado para responder ante el estímulo del mercado (de
consumo o político), con una reacción casi pavloviana. Nos olvidamos de ser
ciudadanos.
La
invitación a no pensar y a renegar de la verdad como dato central de nuestra existencia
conlleva la pérdida de la propia dignidad, porque al tiempo que exacerba la
individualidad, promueve la ignorancia, la irresponsabilidad, el engaño y la
falta de respeto por sí mismo. Si todos estuviéramos convencidos de la
imposibilidad de luchar contra este dato de la realidad, importaría tanto como
admitir que el “pensamiento débil”, se ha apoderado de nuestra conciencia.
Debería uno recluirse dentro de las fronteras del propio hogar y “dejar las
cosas como están”.
Pero,
como hay un tiempo para todo y un lugar para cada cosa, y porque la indolencia
no hace sino arrastrarnos a una dolorosa pendiente por la que se nos escapa
nuestra propia existencia, es importante buscar la verdad. La insurrección de
la verdad, reivindicarla como un dato central en nuestro obrar; porque su ausencia
es si no el mayor, uno de los más acuciantes problemas de este tiempo. Su
negación es la clausura del conocimiento y de la propia libertad.
Somos
sujeto y fin de toda la creación y de todo aquello que como humanos
construimos, el conocimiento fundado en la verdad es un imperativo ético, de
compromiso de todos, y de cada uno con nuestros semejantes.
Pertenecemos
al mundo de la cultura. Transitamos el camino de la vida desde una dimensión
que es histórica y axiológicamente determinada por la moral en tanto somos conscientes
de nuestro obrar. Somos, en tanto somos capaces de construir y transformar lo
dado sin desconocer el deber ser.
Hemos
olvidado que el valor supremo es la vida misma. Y sobre ese valor es que deben
promoverse todas las acciones. Que la vida es, esencialmente, una actitud de
servicio, más que de logros personales.
III.-
El quid de la comunidad política: el consenso en la sociedad del ruido
La
historia contemporánea le ha dado la razón a Weber cuando definía los partidos
políticos como una asociación dirigida a un fin deliberado, ya sea éste
‘objetivo’ como la realización de un programa que tiene finalidades materiales
o ideales, o ‘personal’, es decir tendiente a obtener beneficios, poder y honor
para los jefes y secuaces o si no tendiente a todos estos fines conjuntamente”.
La plasticidad en el obrar político ha transformado a la política en un
quehacer aborrecido por el común de los ciudadanos y en un círculo cerrado que
en modo alguno tiende a integrar sino simplemente a sumar con el objetivo de
mantener posiciones de poder. En ese marco no hay posibilidad de reconducir la
energía social para favorecer la necesidad de cambios que la sociedad desea y
necesita.
La
acción política se parece a un simulacro en donde nada de lo que se ve es real;
la sociedad se ha convencido que es solo una ficción con el inconfesable
propósito de cumplir objetivos personales.
La
primera pregunta que nace a partir de ello es la siguiente: ¿es posible
construir una comunidad política cuando las instituciones humillan a las
personas y éstas no se valoran entre sí? Porque una persona, la sociedad misma
es humillada cuando se coarta la posibilidad de construir un hombre autónomo;
esto es, libre, capaz de determinar sus acciones sin más sujeción que los
condicionantes propios de cualquier ser viviente.
Si
se buscan atajos para resolver el déficit fiscal, buscando pensiones o
jubilaciones “truchas”, o se imponen condiciones para el ejercicio de los
derechos, cuando no se condena en plazos razonables pero se abruma con la
cantidad de supuestos hechos de corrupción, y se corta la provisión de luz y
gas cuando no se abonan dos períodos seguidos, cuando no se controlan a los formadores
de precios, quienes definen semanalmente el precio de los productos y qué se
vende y que se oculta de las góndolas, cuando se obliga a todo el mundo bancarizarse pero el comerciante, mayormente
minorista, solo acepta efectivo y ni
siquiera otorga un ticket por su venta configuramos una sociedad indecente,
porque humillamos al otro, lo reducimos en su dimensión ética como ser humano.
La
prevaricación estatal y la avaricia privada de aquellos que más tienen
configuran, insisto, una sociedad indecente. Es hora de cambiar, seriamente.
Por
eso, la respuesta a aquel interrogante es no.
Joan Subirats –catedrático de Ciencia Política de la Universidad
Autónoma de Barcelona- afirma que el conflicto es un elemento inevitable de la
convivencia, que además es tremendamente positivo ya que nos permite
contrastar, innovar, en definitiva, avanzar. Habla, sin duda, del conflicto
como elemento en una comunidad política. Dato que no es necesariamente
trasladable a nuestro país, por las razones que se han apuntado más arriba.
Pero
ciertamente, el conflicto debe ser canalizado, gestionado para que no
desemboque en la anarquía. La cuestión esencial entonces no está en el
conflicto mismo, sino los actores políticos que tienen la responsabilidad de
resolverlo. En el factor humano.
Difícilmente
podamos generar acciones positivas en quienes son y han sido vulnerados en su
propia dignidad, en su propia condición humana. Porque el respeto por sí mismo
depende o necesita de la confianza social. Si una persona es humillada,
despersonalizada, no puede sentir respeto por sí misma porque no se siente
conscientemente humana. Y toda persona humillada, es fuente de resentimiento y
de conflicto.
Mucho
de eso hay en la sociedad argentina, y mucha responsabilidad les corresponde a los
partidos políticos, a las instituciones de toda naturaleza y claro está, a los
propios gobernantes. La compra de la conciencia para asegurar la supervivencia
en los más humildes ha sido una suerte de gansterismo político diabólicamente
utilizado (la industria del pobre) que terminó por generar un modelo que se
traspola a todos los ámbitos sociales. La colonización de la conciencia ahogó
toda posibilidad de ser.
Carlos
Strasser en el prólogo de su libro “La vida en la sociedad contemporánea”- al
explicar las razones de su escrito- dice: Aquí paso a compartir con otros mi
ejercicio; me interesa mucho hacerlo, en particular con las conciencias que
están todavía felizmente despiertas entre tantas que se han disuelto en la masa
enorme del público, hoy vuelto sobre sí mismo y encerrado, individuo por
individuo”. Esta – a mi criterio- acertada reflexión, es una nota tipificante
del hombre modular en la era digital, en la era de las comunicaciones, y por
cierto paradojal. Cuánto más medios de comunicación, mayor aislamiento e
incomunicación, pero al mismo tiempo mayor posibilidad de profundizar la
colonización de la conciencia ciudadana.
Pero
sería insensato achacarle tal característica a esta era de las comunicaciones.
En todo caso, esta particularidad de la sociedad digital es utilizada por los
impostores del poder para facilitar el pensamiento débil. Nuestra decadencia
también se forjó por la desarticulación del Estado-Nación; la recurrente
alternancia entre gobiernos civiles y militares a partir de 1930, el sectarismo
de las organizaciones sociales, el desequilibrio pendular de los poderes
constituidos; el rol de los partidos políticos y las organizaciones sociales; la
falta de respeto a la ley; la intolerancia como demérito social; la prevalencia
de intereses personales o de grupo; la carencia de responsabilidad social. Todo
ello contribuyó sensiblemente a modelar una cultura en la que fuimos perdiendo
poco a poco una de las características esenciales de toda Nación: la
identificación de los intereses comunes. Ello nos desarticuló, dividió, y aisló
individualmente, nos anestesió social, política y culturalmente.
Fue
entonces un proceso, que influyó decididamente en nuestra formación cultural. Y
en el que el Estado no estuvo ausente.
Quiero
sí volver sobre el concepto de lo público y lo privado y la necesidad de
reconstruir una sociedad que Bauman denomina autónoma; es decir, una sociedad
consiente de su historicidad y de los límites y la transitoriedad de sus creaciones
en tanto el hombre que la conforma cuando actúa lo hace desde un espacio
determinado, en un tiempo dado, y con un sentido, y que por ello genera reflexivamente
acciones que resultan trascendentes. Cuando el hombre (y en consecuencia la
sociedad) genera acciones, construye y crea de forma trascendente es cuando
promueve los saltos cualitativos que permiten la evolución de la humanidad
misma.
De
ahí también la importancia de la política. En tanto la actitud reflexiva, la capacidad
crítica es de la esencia de la política como actividad destinada a mejorar la
calidad de vida de las personas, su revalorización es también una clave
esencial en la construcción del nuevo paradigma que se formula.
Aquel
postulado cínicamente expresado por Thatcher en los albores del proceso neoliberal,
alrededor de los años ochenta que “la sociedad no existe, existe el mercado” es
todo un reflejo del modo de un sistema de dominación que se refleja en el
estándar cultural de una sociedad. Ese mercado, no es solo el consumo de bienes
y servicios; es también la consideración del individuo por sobre la propia
persona, la utilización de sus necesidades, la falsificación de sus sueños y de
la verdad misma para alcanzar objetivos políticos anclados en el provecho
personal de una casta dirigencial.
Ahora
bien, cómo se refleja esta sociedad en la que prevalece la idea de la
autoestima por sobre el autorrespeto, la idea de comunidad, o si se prefiere,
de sociedad política.
El
planteo que subyace no es menor en tanto estima (autoestima) y respeto
(autorrespeto) no son conceptos asimilables y bien que uno necesariamente no
contiene al otro.
Tan
es así, que el nivel de auto estima es tan alto y tan bajo el autorrespeto que
solo ella explica en grado sumo a esta sociedad del ruido en la que vivimos.
¿No
votamos según que nos prometan el paraíso y rechazamos cualquier proposición
política que nos adelante sacrificio o esfuerzo? No somos una sociedad
mágica...pero sin magos; una sociedad de “vivos” ...pero colectivamente
tontos.........que formamos parte de una país destinado a ser grande…pero
pasamos de fracaso en fracaso y siempre le asignamos la culpa al
otro.......quién es “el otro”?.
¿Por
qué es así?
Aristóteles
se abocó en su libro “Política” como primera cuestión el definir un concepto
del Estado y sugestivamente también aparece como título “La sociedad civil”. Y
la formulación que allí hace aparece hoy como simple, hasta demasiado genérica;
“todo Estado es una asociación” dice Aristóteles, y “solo en vista de algún
bien las asociaciones se forman, puesto que lo único que a los hombres mueve es
la esperanza de algo que les parece bueno…”, pero al mismo tiempo y con enorme sencillez
define lo que será el eje de su obra: la vida en comunidad. Dice Aristóteles:
“La vida social es un imperioso mandato de la naturaleza. El primero que instituyó
una asociación política hizo a la humanidad el mayor de los beneficios; porque
si el hombre, perfeccionado por la sociedad, es el primero de los animales, es
también el último cuando vive sin leyes y sin justicia…Justicia: tal es la base
de la sociedad; derecho: tal es el principio de la asociación política.”
No
es sino la vida en comunidad lo que está en debate, no es sino la relación entre
nosotros como miembros de la sociedad y de cómo nos situamos frente al poder
público que deviene del Estado, de nuestra participación, de la eficacia o ineficacia
del poder público o del Estado, de la falta de respuestas a las demandas
sociales y del rol que este ha desempeñado y el rol que debe desempeñar.
Ese
debate es ensordecedor; todo es ruido, no solo acústico sino el peor que puede
asolar a una sociedad: el no escuchar al otro. En la huida permanente por el
miedo de la propia existencia, no nos escuchamos, nos agobia más el silencio
que el ruido. El hombre le tiene miedo al silencio y anestesia su existencia
con el ruido. Cuando las voces se acallan, es la conciencia la que habla.
Supo
expresar Carl Jung que el ruido es bienvenido porque supera la instintiva
advertencia del peligro que está en nosotros. El miedo a sí mismo genera la
necesidad de buscar companías ruidosas.
Ese
miedo es generado por la precariedad de la vida misma, por la carencia de
soporte institucional a necesidades vitales, por la idolatrización del consumo
hedonista, por la malversación espiritual de nuestro propio destino. Se hunde
en el espíritu mismo de cada ser y es deliberadamente explotado por los
mercaderes de la política y el círculo áulico que se sirve de ella y/o
utilizado como escudo protector para violar la ley de cuántas formas podamos
imaginar, o no.
Seres
sin destino, dispuestos a todo y a merced de un sistema apocalíptico que genera
la destrucción del Hombre, proceso en el que el Estado muchas veces no quiere
ni pretende modificar o simplemente se desentiende para abocarse a la orgía del
Poder.
John K. Galbraith había anticipado, en un
análisis descarnado de la sociedad
norteamericana, la existencia de una amenaza constante de conflicto,
delito y desorden social de lo que denomina la “subclase”, al expresar que el
tráfico de drogas, otro delitos y el nivel de desintegración social eran ya
elementos de la existencia cotidiana, producto del desempleo, la ausencia de
movilidad social - y agrego, la discriminación -; datos estos que los ubicaba
tanto en ciudades de los Estados Unidos como en centros urbanos europeos. Lo
más sorprendente, afirmaba a principios de la década del 90, que pese a que
haya habido brotes de violencia…es su relativa tranquilidad. Pero esto, y debe
quedar claro desde el principio, es algo con lo que nadie debería contar en el
futuro”
Pero
quizás lo más patético surge de una entrevista a Marcos Camacho (Marcola), jefe
de la banda carcelaria de San Pablo publicada en mayo de 2007 en el diario O
Globo de Brasil en su Editorial Segundo Cuaderno: …Ustedes nunca mi miraron
durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria…Qué
hicieron? Nada…ahora estamos ricos en la multinacional de la droga. Y ustedes
se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia
social…estamos en el centro de lo insoluble mismo…No hay más proletarios, o
infelices, o explotados…Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada
en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las
cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad…La post
miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites,
celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis
comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error
sucio…”. Patético, abrumador y real.
El
ruido, que insisto, no es solo acústico, es espiritual, se traduce en violencia
de cualquier tipo, en recorrer la vida tentados siempre de violar la ley, de no
respetar al otro, de imponer nuestros propios sentimientos, de generar
conflictos aun cuando su raíz sea justa con la intención de someter al otro, de
hacerlo claudicar sin tener visión del conjunto. Los cuantitativo prevalece
sobre lo cualitativo. Cuántos más somos, más razón nos asiste, cuánto más
gritamos más logramos la claudicación o la indiferencia del otro.
Como
el “cómo” sin importar “por qué” pareciera tener validez universal, se coloca
al individuo en el centro de la lógica de la eficacia, al margen de cualquier regla
(solo lo que funciona para mí es verdadero). Puro utilitarismo y egoísmo. Se
enmascara la realidad y se genera la ilusión de que lo verdadero es justo, para
afirmar que todo lo eficaz es por ello, justo, ignorando por qué se hacen las cosas,
para qué sirven y que utilidad producen.
El
ruido nos diluye el temor porque por momentos creemos que nuestra debilidad,
nuestras carencias desaparecen; sin embargo, en él se consume el éxtasis de la
propia angustia, de nuestra propia existencia.
Las
pasiones, se ha dicho, obnubilan el pensamiento. Impiden discernir, diferenciar
lo bueno de lo malo, lo injusto de lo justo, lo verdadero de lo falso. Anulada
la conciencia, se actúa por reflejo y un falsificado sentimiento es el
presupuesto de lo verdadero absoluto. La
ausencia de pensamiento nos hace renegar de la verdad. Y vivimos en el umbral
de la idiotez, en el más estricto significado de la Grecia antigua; es decir,
somos social y políticamente irresponsables.
Presos
de un pensamiento débil, seguimos respondiendo espasmódicamente. Por sí o por
no, bueno o malo, negro o blanco. Fraccionados, no tomamos conciencia que
contribuimos a la fragmentación social, a la generación de una Nación inerte.
La
sociedad así se desarticula, queda presa de los especuladores de siempre, pero
al mismo tiempo cegada por las luces de la postmodernidad se entrega mansamente
a la orgía mediática que incentiva el consumo (de bienes y de ideas) y el
paradigma del parecer, en la que la televisión, la mass media es el instrumento
por excelencia para someterla.
La
sobre exposición a la radiación mediática es tan nociva para el espíritu humano
como los rayos ultravioletas a nuestra piel. Y día a día nos calcinamos sin
remedio siendo partícipes de la pléyade de comentaristas que en nombre de un
sobre estimulado ejercicio democrático nos inoculan el desgano, la bronca y la
intolerancia.
Todo
conspira para que evitemos el silencio, que es lo mismo que renunciar a
escucharnos. Cuestión clave para que florezca el diálogo y con él, el consenso.
Necesario
es, entonces, reflexionar sobre la acción política, sobre la importancia de la
política, al menos para recuperar en parte el sentido que originariamente tuvo,
y que el hombre, a través del tiempo, se encargó de desvirtuar; es vital para
reconstruir la sociedad política.
Oswyn
Murray (Univ. de Oxford) dice que hay una diferencia esencial entre las actitudes
griegas y las modernas con respecto a la política. Para nosotros la política es
el estudio de formas de dominación y control, de la organización para la acción
efectiva y del conflicto entre grupos de poder o su reconciliación con los intereses
del todo. Nuestra política versa sobre conflicto y compromiso en una situación
histórica que nos dificulta actuar racionalmente. Para los griegos, por el otro
lado, el fin inmediato de la política y de las instituciones políticas era el
de descubrir o ayudar a la creación de una voluntad generalizada orientada
hacia la acción. La política estaba interesada en el todo, la comunidad era lo
principal: el propósito de la política era la unidad.
Quiero
ahora volver a una clásica distinción entre la esfera pública y la esfera privada:
el “oikos”, el hogar y la “ecclesia”, el lugar de la política. Entre ambas esferas
los griegos situaban una esfera comunicante, una suerte de interfaz que permitía
resolver las cuestiones generales sin afectar lo individual. Esta otra esfera
la denominaban “ágora”. Una suerte de territorio de todos, pero sin ningún
dueño en particular.
Cuando
lo que está en retirada de esa interfaz es lo público (léase la política) el espacio
queda en manos de los intereses privados y por lo tanto la distancia entre el
poder público y la política es cada vez mayor.
La
sociedad del compromiso cede paso a la sociedad indiferente; las relaciones que
los hombres ahora traban entre sí son débiles, coyunturales, adaptables. Se
construye un hombre modular, preparado para responder ante el estímulo del
mercado, una reacción casi pavloviana donde el pensamiento es sustituido por el
deseo a poseer (desde un smartphone hasta un subsidio). Un proceso de
despersonalización deliberadamente concebido y ejecutado para proveer
consumidores al mercado, no solo de bienes y servicios, sino de ideas.
Si
lo que se ha perdido es ese espacio común, del que no es dueño ninguno, pero en
el que todos buscan respuesta a su propio destino y a la vida en sociedad, resulta
necesario redefinir lo público y que a su vez implica rediseñar las relaciones
entre el Estado y la sociedad. La propuesta entonces consiste en un nuevo
paradigma organizacional, pero para ello se debe centrar el pensamiento y la
acción en reconstruir al hombre.
Se
debe recuperar el sentido de lo colectivo porque en verdad actuamos en sociedad
con menos conciencia que las hormigas en un hormiguero. Obramos conforme a modas
o costumbres o respondiendo a órdenes, pero a diferencia de aquellas que tienen
noción de su hábitat, nosotros nos movemos individualmente, en busca de réditos
individuales, sin que importe el conjunto.
No
reconocemos nuestro hormiguero, y ello importa, en esencia, pérdida de
identidad.
IV.-
De la comunidad organizada a la sociedad civil: del hombre autónomo al hombre
modular; de la participación política al falso empoderamiento
Para
retomar un concepto subyacente en este trabajo (sociedad civil vs. comunidad
política) esta es una idea que ya promovió una discusión entre la idea aristotélica
de la vida en comunidad y la visión de Hobbes que se remonta al siglo XVII.
La
inteligencia del hombre no ha logrado, hasta hoy, crear una sociedad perfecta.
Esto ocurre porque, como se ha visto, para una sociedad perfecta es necesaria
una inteligencia perfecta, basada en relaciones perfectas entre los miembros.
La hormiga ha demostrado, a la luz de nuestros conocimientos actuales, poseer
una inteligencia colectiva mucho más perfecta que la que las sociedades humanas
pueden aspirar a lograr jamás. La clave, que ellas han descubierto hace más de
180 millones de años, es que la inteligencia individual no sirve para sostener
una sociedad perfecta si las relaciones entre sus miembros no están ordenadas
de una manera también perfecta. (http://axxon.com.ar/c-118Hormigas.htm)
Explica
Miguens que no puede haber vida humana floreciente sin participación política,
como dimensión necesaria para el desarrollo personal. Estas virtudes y actitudes
sociales se adquieren solamente con la práctica y en la convivencia política,
con la interacción y el libre diálogo argumentativo entre todos los ciudadanos
fundados en el afecto y en el aprecio mutuo, que con este dialogar realiza un
verdadero aprendizaje social. Una de las características de toda comunidad
consiste en que los miembros comparten algo en común, cosa que Aristóteles
señala expresamente. Lo que se comparte es la justicia, la paz y el orden que
surgen de ella, así como el modo de vida interactivo igualitario. La polis no es
“solamente una comunidad de seres vivientes, sino una comunidad de iguales,
persiguiendo la mejor vida posible” y “la eudaimonia es el bien más alto que
consiste en la realización y perfecta práctica de la virtud…”.
El
concepto de amistad, entendida como la predisposición a expresar una relación
fraterna (solidaridad y generosidad) aún con aquel que esta distante, pero
comparte una historia, un presente y anhelos futuros, la voluntad de asumir las
diferencias, pero en unidad que favorece los consensos básicos, y la idea de justicia
son los pilares sobre los que se asienta la idea de comunidad política.
De
tal modo, que cuando estos presupuestos no están presentes la comunidad política
como tal desaparece. Y que no exista como tal es equivalente a afirmar que los
hombres y mujeres que comparten un espacio, un territorio, dejan de reconocerse
en una historia común, se relacionan con indiferencia por la suerte del otro en
su presente, y el futuro se transforma en una apuesta individual. La relación
de alteridad como fundamento del ethos social y que importa reconocernos como
iguales en la diversidad cede frente al hombre aislado, supeditado a su propia
suerte, y sitiado frente a quienes no puede “reconocer” como sus semejantes. Ya
no es persona, sólo un individuo que deambula con su presencia “muda y
temerosa”.
La
idea de la libertad expresada en términos absolutos, el libre albedrío desconociendo
la relatividad de toda acción humana por parte de los miembros de una sociedad,
y el desembozado accionar del poder público que tiende a vulnerar los límites
de su propia competencia pulverizan la idea de comunidad política, que solo
encuentra su quicio en un permanente equilibrio entre la esfera privada y la
pública en la configuración del espacio en el que se articula la construcción
del bien común.
Cuando
ello desaparece prima la promoción del auto interés encubierto. La vida es una
competencia, cuyo único objetivo es estar adelante.
¿Cuál
es la consecuencia de este modo de concebir la vida en sociedad? Lo primero es
que se separa lo moral de lo político y aún más, ambas de la economía. Pero,
además, y lo más grave que tanto la moral, como la política y como la economía
se mueve y giran por fuera de la esfera de la sociedad. Y el resultado es, como
se adelantó, un hombre aislado, desintegrado y a partir de la cual a cada uno
le resulta difícil darse una respuesta sobre el sentido de la vida. “Yo
argentino”, “Por algo será”, etc. son frases que indican claramente la pérdida de
identidad como miembros de una comunidad que debe ser esencialmente, política.
¿Qué
le ocurre a cualquier persona cuando observa la realidad que lo circunda y
concluye que no se adapta? A esta denominada “crisis de identidad”, el sistema que
se expresa mediante pautas culturales que incorpora en el cuerpo social
–especialmente entre los jóvenes-, pretende que la resuelva aceptando la
realidad tal cual es. La domesticación y la resignación como presupuestos del
“hombre feliz”.
La
aniquilación del sujeto político no es posible sino mediante la transmisión de pautas
culturales que “faciliten” la adaptación al medio. Aniquilada la conciencia, adormecido
en su capacidad reflexiva el hombre está listo para adoptar sin reparos éticos,
el pensamiento basura. No piensa, actúa por imitación; no busca diferenciarse,
sino responder disciplinadamente a los cánones del mercado (que es también
electoral). Es el prototipo del “hombre mediocre” de José Ingenieros (. “El
hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; por esencia,
imitativo, y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las
rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la
domesticidad…su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza
ajena y ser incapaz de formar ideales propios”). Así, cree falsamente, que su
felicidad consiste en la satisfacción de necesidades artificiosamente creadas.
Alguien es finalmente lo que tiene.
En
tanto el hombre cree que su libertad está asegurada pues el mercado es complaciente
facilitándole la incorporación de bienes a su dominio o el poder político le
garantiza esa posibilidad en desmedro del conjunto, deja de reconocerse en el
otro para cegarse por un individualismo que lo lleva inevitablemente a la
pérdida de su propia dignidad al desconocer todo límite ético en la búsqueda
del goce y el placer material. En efecto, la búsqueda del propio bien sin medir
el mal que se pueda provocar para alcanzarlo denota la ausencia de límites
éticos.
Esa
aparente comodidad en la búsqueda del becerro de oro lo torna adaptable. Y si
no se adapta “fracasa”. “En lugar de cuestionar las reglas del mercado este individuo
termina entonces por cuestionarse a sí mismo: es su culpa si no puede conseguirlo
que desea o vivir de acuerdo con los modelos de éxito económico y social. No
sirve para nada, es un incapaz, un inútil, un fracasado. Asume como una
identidad personal lo que la sociedad hizo de él en tanto sujeto…se ve a sí mismo
como un obstáculo.” (Scavino)
De
modo tal que el hombre o se adapta y como tal se despersonaliza, o no se adapta
y se considera un fracasado, o consciente de ello se somete a un proceso de
auto reclusión por tiempo indeterminado en su propio hogar. Pero, como el
cínico proceso de colonización cultural lo ha convencido de lo “malo” de la
política y de las bondades del mercado, la mesiánica intervención del poder
político lo “rescata” sin terminar de ser consciente que sus propios dirigentes
lo han incorporado al mercado de ideas, siempre “justicieras”, a cambio de un falso
empoderamiento.
Para
el “nuevo orden” que el sistema dirigencial reviste épicamente como
revolucionario, o antisistema lo importante no es que se adapte, pues el
reclutamiento es permanente. Lo verdaderamente vital es que no recree lazos de
solidaridad con sus semejantes, o que solo crea actuar solidariamente en tanto
es uniformado por un subsidio revestido de justicia social. Logrado esto, la
logística (léase televisión, publicidad, talk shows, etc.) del mercadeo hace el
resto. Esterilizada la conciencia, anulada toda valoración ética y bloqueado su
corazón el hombre se somete o se recluye. En cualquiera de los supuestos es
funcional al sistema.
Se
aísla al hombre, se lo despolitiza y por lo tanto se lo debilita. Se construye
“la sociedad civil” en contraposición a la “sociedad política”, en la que
reside la razón de ser del Estado y de la Nación como expresión de un pueblo
que tiene una historia, una tradición, y un futuro común indivisible.
Las
relaciones de los hombres se reducen a su vida familiar o a lo sumo, a las relaciones
contractuales conforme a las reglas que fija el mercado, o a participaciones
políticas inducidas para sostener la épica revolucionaria y a un empoderamiento
funcional al sistema que cree estar combatiendo.
Consolidada
la idea del “yo” sin el “nos” los individuos basan su conducta - en el mejor de
los casos- en una ética de fronteras donde basta una actuación mínimamente
correcta sin ponderar las reales exigencias de una sociedad que pretende ser
democrática y por lo tanto libre.
Esa
visión reduccionista lo aísla, separa y transforma en un ser egoísta. Y el egoísmo
conspira contra la libertad misma. (En la Grecia antigua el esclavo era el que
estaba excluido de la cosa pública, podía tener bienes y hasta educarse, pero
no podía intervenir en la marcha y en las cuestiones que involucraban a la
sociedad. Todo lo que era común le estaba vedado).
Participar
en la concreción del bien común, aportar cada uno conforme a nuestras
capacidades al logro de ese bien que nos identifica como nación y como comunidad
política no sólo es compatible con la dignidad humana, sino que es su lógica
consecuencia. Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza, en una
sociedad indecente.
La
separación de lo público de lo privado sin que existan vasos comunicantes, sin que
se reconozca una esfera que es común y en la cual y desde la cual es posible
resolver problemas comunes ha desarticulado y colocado en estado de indefensión
al hombre.
La
“sociedad civil” refleja este cuadro: ausencia de compromiso, relaciones precarias;
la solidaridad y la generosidad la expresan organizaciones que se define por el
opuesto: son no gubernamentales (Ongs). Todo lo que huela a sustrato político
es eliminado hasta de los discursos de ocasión. Los garantes del orden son
“asociaciones de base”, cooptados por el poder político, y que en nombre de los
derechos humanos se conspira a diario contra los derechos de quienes no forman
parte de esa suerte de versión romana de la legión, o cuasi cruzados dispuestos
a todo.
Esterilizado
el cuerpo de la nación, su agenda y sus prioridades son establecidas desde la
nomenclatura política y sus aliados del mercado.
No
es mera casualidad que el concepto de “sociedad civil” haya resucitado en Europa
como respuesta a la crisis del Estado de Bienestar, y en América Latina se haya
potenciado como respuesta a los males de la política pretendiendo justificar a
las organizaciones no gubernamentales como reservorios para la formación de
nuevos dirigentes y de la ética “vulnerada” por aquélla. Esta visión pretendidamente
alternativa de la política resaltó la acción de “nuevos dirigentes” (Vg.
piqueteros, asambleas barriales, etc.) que justificaron su accionar ante la
licuada representación de los gobernantes, generando la ilusión de una “nueva”
clase dirigencial, omitiéndose deliberadamente desde los medios de comunicación
y desde los centros de poder, que tal accionar solo reconocía una lógica: la de
la subsistencia, y en muchos casos se transformó en un verdadero chantaje
político cuyo costo económico pagó el hombre común. Esto lo vivimos a diario. Y
así estamos.
En
suma, un concepto de difuso contorno fue sagazmente utilizado en su versión
tockevilleana (fuerzas de la sociedad como contrapeso del poder estatal para
preservar la libertad y asegurar la igualdad de sus miembros) incentivándose la
generación de organizaciones no gubernamentales nacidas originariamente como
fruto de la exclusión, supuestamente autónomas del Estado y de los intereses
económicos y políticos para vaciar de contenido político al hombre mismo.
Desde
allí, los excluidos, los falsamente empoderados por subsidios salvadores o
propagandas épicas sobre la consagración de nuevos derechos, acompañados,
liderados o “ayudados” por una casta dirigencial deliberadamente insertada en
los círculos de la pobreza e indigencia para garantizar la disciplina
militante, se movilizan hacia su propio fracaso y decepción transformándose en
un individuo más de una sociedad indecente. Como el viejo saludo romano: Ave
César, los que van a morir te saludan.
Hay
en la propuesta un grado de perversidad y cinismo político notable. En nombre
de la democracia política, de la transparencia y aún más, de la ética, se vacía
de contenido político el entramado social y se lo predispone contra el poder público
(en realidad contra la política).
Como
dice Bauman, las palabras estrellas son “transparencia” y “flexibilidad”. “La transparencia
y la flexibilidad auguran mayores certezas para algunos y predicen más
incertidumbre para otros. Los postulados de la transparencia y la flexibilidad se
refieren, en definitiva, al control ejercido por los poderosos sobre las condiciones
en las que otros, menos autónomos, están obligados a elegir entre el humilde
conjunto de las opciones sobrantes o a someterse al destino que les toca cuando
ya no quedan opciones.
La
sociedad civil se expresa, así como tercer sector, ongs, cuya asociatividad, referenciada
ligeramente a la economía social, responde a reclamos puntuales y dominados por
la impronta de la transitoriedad pues si se ve satisfecho dicho reclamo,
desaparece la razón de ser de dicho agrupamiento. Adaptables, están siempre
listos para responder a una arenga revolucionaria.
V.-
De la marginalidad a la centralidad de la política. El rol de conductor
político
¿Es
posible reconciliar el hombre interior con el hombre exterior? recuperar la cultura del esfuerzo?, la idea
del progreso?, la formulación de nuevos ideales?; el amor por la naturaleza y
por los seres vivos?, el renacer de las utopías?, nuevos objetivos políticos?
Sin
duda que es posible, porque no estamos condenados al éxito como hombres, pero
tampoco al fracaso.
¿Cómo
construir entonces una comunidad política si la causa fin de su existencia, que
es el hombre se encuentra deteriorado en su propia humanidad, ha perdido su
propia esencia? ¿Cómo transformarnos en una sociedad decente?
Recuperar
esa esencia es volver a modelar sobre el espíritu humano valores universales
que hagan de él un ser responsable, generoso y respetuoso de su entorno.
La
educación se erige, así como el baluarte fundamental en una tarea que se revela
como ardua y larga. Pero no una educación enciclopedista ni elitista, sino una
educación que permita recuperar aquella centralidad en la sociedad que lo hace
artífice de su propio destino; fundamento, fin y sujeto de todas las
instituciones en las que se expresa y se actúa la vida social. (Confr. Mater et
Magistra, n. 219).
Pero
en lo inmediato exige del poder político sentar las bases de una verdadera
revolución cultural.
Porque
de eso se trata, de reencontrar al hombre con sí mismo, y por lo tanto, para
conocerse y reconocer al otro esa tarea no puede sino llevarse a cabo en el seno
de su propia comunidad que lo sitúe frente al prójimo. Para que tome conciencia
que forma parte de una gran familia y que los problemas que atañen a ella son
sus problemas.
En
tanto el hombre actúe y se relacione con absoluto desprecio por la verdad no puede
seriamente sostenerse que es la política la causante de nuestros males. El hombre,
que por naturaleza es libre, se aleja de esa libertad cuando opta por actuar
incorrectamente.
De
modo que insistir en que la política se ha diluido como instrumento de conducción
de la sociedad no es más que identificar un síntoma de una enfermedad. La
cuestión es cómo lograr que la política ocupe nuevamente esa centralidad
perdida. ¿Cómo logramos una “mejor” política? ¡Porque ella está “ahí”!
Se
torna asible en tanto el hombre la practica, la ejerce y la comprende y se encuentra
interiormente predispuesto a servir al otro en su ejercicio.
La
política es una actividad práctica y receptiva; un proceso abierto, dinámico,
de cambio continuo, no para garantizar la inmutabilidad de una situación dada,
sino de verificación y constatación permanente de la realidad buscando
transformarla en aquello que resulta disvalioso para el hombre.
La
política es un módulo de avistaje de la realidad circundante. Para ejercerla hay
que saber ver, indagar y comprender esa realidad. Por cierto, el saber intelectual,
aunque necesario no basta; se necesita sentido común y una predisposición interior
de querer hacer el bien.
Esta
sociedad desde la cual debemos abordar esa profunda revolución en el hombre es
el objetivo mismo de la acción política.
El
hombre debe reencontrarse a sí mismo; ya se han enumerado las razones del
extravío social. La construcción de una sociedad justa, universalmente válida,
exige la participación y compromiso de todos sus miembros; es una tarea
conjunta no solo porque la complejidad del mundo actual lo exige sino
fundamentalmente porque el hombre es sujeto y protagonista de la historia y
porque al importarnos el otro, el prójimo, comenzamos a concebir la acción
política con una visión humanista. ” La persona humana es el fundamento y el
fin de la convivencia política” (Const. Past. Gaudium et Spes, 25: AAS 58,
1045-1046).
No
hay pues, catálogos por más bien pensados que se encuentran, aptos para orientarnos
en el difícil camino de alcanzar el Bien Común, si no volvemos la mirada sobre
nosotros mismos y recuperamos asimismo el sentido común como argumento central
de nuestras acciones. No es, claro está, un exclusivo trabajo de reflexión
individual. Requiere, como ya se expresó, un proceso educativo que nos permita
recuperar valores que nos identifiquen.
Pero
exige de manera perentoria que el poder político subraye con énfasis esta idea
de rescatar a una sociedad que parece, en estos últimos tiempos, proclive a
aceptar el cambio de paradigma, pero que aún se debate con incertidumbre sobre
las bondades de un cambio cultural.
Tenemos que desterrar la idea que debemos
resignarnos a vivir en la sociedad en la que vivimos.
Tres
cuestiones conviene ser reiteradas:
1.-Necesitamos
instituciones que cumplan los fines asignados. Si no lo hacen, degradan y
humillan a los ciudadanos
2.- Necesitamos
terminar con las desigualdades económicas y sociales, no solo, aunque ello es
por sí suficiente, porque es un principio de justicia, sino porque la
marginalidad y la extrema pobreza han generado por las razones apuntadas un
pensamiento débil que impide aceptar un cambio de paradigma que se sustente en
normas de conducta social, que no tienen un premio inmediato que se relacione
con sus propias necesidades básicas insatisfechas.
3.-
Necesitamos de un poder político que asuma el reto, más allá de la coyuntura
electoral, de conducir un profundo cambio cultural; un nuevo paradigma social
que nos permita pasar de una sociedad indecente a otra donde la verdad, la
solidaridad y la justicia le otorgue sentido a la vida de todos y cada uno de
los hombres y mujeres que habitan el suelo argentino.
Un
poder político que sea capaz de elevarse sobre las cuestiones políticas ordinarias
y de administración, para plantearle al país una estrategia para la
reconstrucción del hombre argentino.
Un
Poder político que se encargue, además de administrar el país, de romper con la
banalización de la política (en la que están insertos los medios y,
lamentablemente, también los dirigentes políticos, también los dirigentes,
sociales, empresariales y sindicales) y recree en la conciencia de cada
habitante sueños y utopías de una sociedad mejor, una ética de comportamiento y
respeto por la vida.
Liderar
el cambio implica incorporar esa idea en la conciencia de cada uno de nosotros,
la idea de un acuerdo para la convivencia en la que la verdad sea su soporte
vital.
Recuperar
el sentido de las utopías, de sueños adormecidos no es una cuestión abstracta.
Requiere del pensamiento hecho acción, de la voluntad con que se asuma la
construcción de un orden político que responda a ese sueño no cumplido, pero
intacto de formar parte de una sociedad justa, un pueblo feliz. Importa
asimismo recuperar el sentido humanista de nuestra existencia convencidos de
que la política no es sino la manifestación práctica de la ética, de una
actitud de servicio.
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