Argentina y la agenda del siglo XXI - La construcción de consensos básicos; Un punto de partida: el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional


A.-La construcción de consensos básicos

1.- Un punto de partida: El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Argentina debe enfrentar –y diríase que el mundo también- el desafío de resolver una crisis que es integral. Esa resolución no encuentra respuesta en la mera formulación de soluciones parciales, o  asumidas desde sectores políticos o sociales, que aunque legítimas y bien intencionadas, se plantean desde una fase agonal de la política.
Retomar los fundamentos de la vida en comunidad importa ir más allá de fórmulas económicas para promover el crecimiento, o de formulaciones parciales sobre los cometidos públicos que el Estado debe realizar.
En tanto somos por naturaleza seres políticos, la política puede y debe enderezarse a construir una sociedad más humana. Debiera en consecuencia dirigir su esfuerzo a moldear un hombre nuevo, que sin renegar de la tecnología sea capaz de proyectar a la sociedad del siglo XXI hacia un destino de desarrollo, paz y felicidad. Un hombre que deje atrás su caracterización de bestia con talento para alcanzar la de ser inteligente. La desnaturalización de nuestra esencia nos lleva, en un aparente camino sin retorno, a la construcción de un escenario en el que el hombre ha de ser solo un espectador resignado a sobrevivir en un hábitat hostil si no es capaz de asumir con premura el compromiso de revertir un final anunciado.
La Argentina enfrenta así, un desafío de dos caras. Una, la que mira hacia dentro de nosotros mismos como nación. Y otra, en la que por un imperativo ético debe contribuir a resolver, y que nos concierne como ciudadanos del mundo.
La reconversión de la dimensión educativa, económica, social, y política de nuestro país implica reencontrarnos a  nosotros mismos. Exige un renunciamiento solidario a las naturales apetencias de parte de la dirigencia –política, social, económica, gremial- para alcanzar consensos básicos que actúen como un bing bang para alcanzar un modelo que hunda sus raíces en una historia común, que proyecte una visión también común de nuestro destino como nación, y del mundo del siglo XXI[i]. Exige también el despertar de la conciencia ciudadana, hoy proclive a la protesta, justificada en infinidad de casos, pero sin valor proposicional cuando ella se agota al alcanzar sus objetivos inmediatos.
En un caso y en otro, cuando el ejercicio de la libertad se reduce a “decir” las verdades que cada cual postula, el lenguaje es mera consigna, violencia, intolerancia, simple desacuerdo o mera retórica, pero jamás la expresión de un pensamiento crítico, aunque muchos aletargados por la multifuncional expresión mediática así lo crean. Así todo se da por cierto, por real, indisponible para la crítica o la conciencia crítica[ii].La anomia social se camufla bajo una aparente dinámica y de involucramiento en las cuestiones sociales cuyos únicos resultados visibles suelen ser el sufrimiento de daños físicos y/o materiales, tanto sobre particulares o funcionarios del Estado.
La convivencia requiere además, el respeto por la verdad. Y la verdad no es aquello de lo que uno está convencido. La verdad emerge cuando somos capaces de tratarnos como iguales en la diversidad. Es por lo tanto, una tarea conjunta, que impone la tolerancia; una empresa difícil pero que nos aleja, en la medida que la practicamos, de todo fundamentalismo, de toda tentación hegemónica.
Nos permite, por el contrario, construir una sociedad política donde la solidaridad, la reciprocidad y la concordia constituyen su razón de ser.
La uniformidad, la homogeneización de la sociedad, tiende a recrear conductas egoístas que repercuten en las relaciones entre sus miembros. Lo que da solidez y fortaleza a una comunidad política es precisamente el reconocimiento de la diversidad, y de la divergencia como expresión de ella.
Una comunidad política se construye sobre el reconocimiento de la diversidad, y el diálogo como método para superar las divergencias.
La tarea a realizar es indudablemente ardua. Necesita de dirigentes dispuestos a entregar lo mejor de sí y de ciudadanos que hagan de la responsabilidad social una ética militante.
Cuando en 1974, en su discurso del 1 de mayo ante el Congreso de la Nación el General Perón anunció al país a grandes trazos las líneas que configuraban el contenido básico de su Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, expresó:”Nuestra Argentina necesita un Proyecto Nacional, perteneciente al país en su totalidad. Estoy persuadido de que, si  nos pusiéramos todos a realizar este trabajo y si, entonces, comparáramos nuestro pensamiento, obtendríamos un gran espacio de coincidencia nacional…la incitación para redactar nuestro propio Modelo tiene que venir simplemente de nuestra toma de conciencia…”..
 Y esta es la línea que se pretende recuperar en esta instancia, como ejemplo de conducta práctica y necesariamente contingente.
Juan Perón fue sin duda, más allá de preferencias políticas, quien nos adelantó con su pensamiento estratégico los grandes acontecimientos del siglo en que vivimos. No puede por lo tanto, pasar inadvertido para ninguno de los argentinos, pero  mucho menos para los políticos. “…propondré un  Modelo a la consideración del país…fruto de tres décadas de experiencia en el pensamiento y en la acción. Si de allí surgen propuestas que motiven coincidencias, su misión estará más que cumplida…esclarezcamos nuestras discrepancias y, para hacerlo, no transportemos al diálogo social institucionalizado nuestras propias confusiones. Limpiemos por dentro nuestras ideas, primero, para construir en el diálogo social después” decía en su discurso ante la Asamblea legislativa el 1 de mayo de 1974.
Solo la ignorante indiferencia de los dirigentes del propio justicialismo, cuando no de la bochornosa adulteración de su legado político, así como la poca disimulada aprehensión en el pasado de muchos opositores, pudo hacernos perder años de profunda reflexión sobre el planteo político de Perón, fruto de su larga experiencia como dirigente y como gobernante.
Definió como el primer objetivo de ese Modelo la construcción de un ámbito de coincidencia nacional para que, “de una vez por todas, los argentinos clausuremos la discusión acerca de aquellos aspectos sobre los cuales ya deberíamos estar de acuerdo”[iii].
Postulando la “armonía como categoría fundamental de la existencia humana”, ratificaba la exclusión de la violencia afirmando que ello implicaba comprender que “el único camino para la construcción fértil es partir de ideas, valores y principios, cuya práctica concreta no cercene el cauce de la paz”.
Perón entendía, más allá del ámbito de coincidencia que debía alcanzarse, que lo que debía recuperarse eran los valores morales y espirituales que otorgara la fortaleza necesaria para afrontar el futuro de la nación misma. Hablaba así, de reconstruir al hombre argentino.
Ese hombre argentino, más allá de los caracteres propios de todo hombre de bien –autenticidad, creatividad y responsabilidad- debía saber, intuir al menos, “que ser lúcido y activo habitante de su peculiar situación histórica forma parte de la plena realización de su existencia. Es decir, habitante de su hogar, la Argentina, su patria”.
En consonancia con dicha convicción, consideraba prioritario el establecimiento de las “bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual de niño”. Un ciudadano sano, con firmes convicciones ética y espirituales, comprometido con su el pasado, el presente y el futuro de la nación, constituía, en sus palabras “una exigencia ineludible para lograr una plena armonía de nuestra comunidad organizada”.
Se explayaba así, de manera elíptica, pero fiel a su concepción filosófica del hombre, acerca de la idea central que dominaba su concepción de la comunidad organizada. El hombre es principio y fin de la comunidad organizada, y para él integrar esa comunidad era “integrarse”, que sienta la comunidad como propia y “que viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los que alienta su patria”.
La idea de la “organización”, tan caro en el pensamiento de Perón, sobre el que se fundaba su idea de nación, no era concebida como algo estático, sino por el contrario, como un concepto dinámico, que no excluía la discusión y el conflicto, pero confiaba en su resolución, en tanto los integrantes de la nación compartieran coincidencias sociales básicas.
En otro orden, a tono con su visión universalista, pronosticaba un cambio sustancial en los sistemas socio-económicos. El mundo del futuro decía, se está orientando hacia nuevas formas y ya no tendrá sentido analizar los problemas como exclusivamente nacionales. Los problemas a nivel nacional no podrían ser resueltos con una mirada doméstica, como si se tratara de un compartimento estanco. “Los acuerdos en el nivel nacional y las integraciones regionales son el primer paso trascendentes para alcanzar la meta propuesta y, para ello, el país debe estructurarse como un verdadero sistema”.
Entendía que la integración, tanto a nivel regional como mundial, no sería fructífera si no éramos capaces de definir políticas en las distintas actividades y comprometer a todos los sectores sociales.”Los compromisos que se contraigan serán concretos, efectivos y estables, independientemente de quien ejerza el liderazgo o el gobierno, porque esto último es circunstancial, mientras que estas medidas deben ser permanentes, aún cuando actualizables”.
Alertaba claramente sobre la degradación del medio ambiente y la alteración del ciclo biológico que conspiraría contra la vida misma del hombre e instaba a incorporar “nuevos modelos de producción, consumo, organización y desarrollo tecnológico” que prioricen la satisfacción de necesidades esenciales del ser humano, “racionen el consumo de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación ambiental”.
Anticipó con meridiana claridad en ese mundo que veía venir y al que categorizaba como un “nuevo renacimiento”, la formación de nuevos bloques económicos por fuera del mundo industrializado de entonces. Estoy pensando, expresaba, en América Latina, África, Medio Oriente y Asia, sin distinción de ideologías. Decía entonces, ya en las conclusiones de su trabajo que ‘la experiencia nos indica que un ‘tercer mundo’ vinculado sólo a través de lo sociopolítico será inevitablemente débil en su conformación” y que ello solo podía evitarse si se creaban vínculos económicos bien definidos, que  debían partir de la propia voluntad de los pueblos. Aludía así, a la necesidad de no caer en el tejido de los intereses de los grandes grupos económicos. Una visión universalista desde lo nacional, desde la patria misma.
Encendido defensor del medio ambiente y consciente de la cuestión ecológica que comenzaba a emerger en el mundo, le atribuyó a las llamadas sociedades de consumo, que él denominaba ‘sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro’, la razón principal de la destrucción del medio ambiente y el uso irracional de los recursos, al tiempo que alertaba sobre la íntima conexión entre estos sistemas y el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el “tercer mundo”.
Cuestión esta que estaba en el centro de sus preocupaciones. “Creo que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología, y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esa marcha, a través de una acción mancomunada internacional”.
Por último, vio claramente una de las raíces de nuestro déficit en el funcionamiento institucional. No solo esbozó las reformas que debían consagrarse en la Constitución Nacional (muchas de ellas plasmadas en la reforma de 1994), sino que hizo expresa referencia a la necesidad de adecuar la administración pública. Consideraba un defecto metodológico, propio del sistema liberal, el de crear entes, asignarles funciones y luego verificar si tales funciones se correspondían con los objetivos propuestos.
Ese método juridicista debía dejar paso a una nueva concepción de la Administración Pública, entendida “como un verdadero proveedor de servicios a la comunidad”. Para ello, entendió que primero debían establecerse las funciones, definir cómo se cumplirían las mismas y cuáles las responsabilidades (competencias) concretar a fijar. Solo a partir de allí, fijar el marco jurídico, el que debía asimismo contemplar las relaciones entre los distintos entes y la forma de uso de los medios a utilizar. Así, constituir las instituciones primero y conferirles funciones después, expresaba, ha dado lugar al nacimiento de burocracias que, sin objetivos claros, concluyen siendo un fin en sí  mismas y sirviendo sólo a su auto preservación.
Vislumbra que en el futuro, la Administración Pública seria cada vez más compleja, desagregada y esencialmente contingente. Y que cada institución, cada estructura componente de la misma aún respondiendo en virtud del principio de unicidad a un centro o comando único, al mismo tiempo cada una de ellas respondería a finalidades instrumentales específicas, por lo que deberían adoptar formas propias para su funcionamiento y la correcta articulación para el logro de los cometidos públicos.
En síntesis, el Modelo Argentino es a esta altura de nuestra vida institucional el antecedente autóctono más cercano en el tiempo, que hunde sus raíces en nuestra historia y cultura cívica, de ineludible referencia para reconstruir ese espacio de coincidencias que permitan un acuerdo de convivencia que nos encamine a un destino de grandeza, que no nos será dado espontáneamente. Debe ser el resultado de nuestra madurez política. De una acción encaminada, no sin esfuerzo, a la construcción de un proyecto de vida en común.




[i]  Si el Modelo Argentino encarna la voluntad de nuestro Pueblo, será autentico. Si es auténtico, será útil a la Patria. Y si es útil, cumplirá con su propósito histórico. Juan Domingo Perón; El Modelo Argentino.

[ii] La trivialización del lenguaje es el caldo de cultivo para quienes precisamente, ejercen el control social, porque del mismo modo en que uno piensa livianamente también es rápidamente convencido de los discursos pragmáticos. “La adopción de un lenguaje elemental evita al sujeto plantearse una existencia al margen del orden establecido….la eliminación de la duda y la discrepancia surgen tras una proposición reduccionista del lenguaje adecuada a otra concepción totalitaria del poder constituido…”.(Marcos Roitman Rosenmann; El pensamiento sistémico , los orígenes del social-conformismo, Siglo XXI Editores, 2003 págs. 90/91.

[iii] Se ha tomado para sintetizar las principales ideas del General Perón expresadas en el Modelo Argentino, la versión editada del Prof. Oscar Castelucci, basada en la edición publicada por la Biblioteca del Congreso de la Nación – Perón: Modelo Argentino para el proyecto nacional/ compilación, redacción y supervisión de la edición: Comisión Ejecutora de la ley 25.114/ Buenos Aires, 2005-  tomada de la denominada “carpeta Damasco” que contiene el original del trabajo que se considera la versión indubitada del citado Modelo

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