Política y Humanismo (III)
3.- Argentina y el nuevo orden imperial
La globalización es un hecho, un dato
de la realidad que como tal penetra todas las naciones en mayor o menor medida.
Un caso paradigmático ha sido sin duda Argentina. Una brutal transferencia de
recursos y una paulatina e incesante tras nacionalización de empresas, unidas
al permanente ajuste en el gasto público condujo a una humillante situación
social en la que se debaten aún millones de personas. Sufrimos los efectos
propios de los nuevos escenarios que provocó dicho fenómeno y la prevalencia
del denominado “pensamiento único” emergente del Consenso de Washington; a ello
debe agregarse la insuficiencia de las instituciones que lo configuran para dar
adecuada respuesta a las necesidades colectivas, derivada de la incapacidad
política de los gobernantes cuando no, responder con obsecuencia a los
intereses foráneos.
Esta globalización tiene su correlato
directo con la desarticulación del Estado de Bienestar que para fines de la
década del 70 parecía no dar respuestas a las demandas sociales. Nace en
Inglaterra con Thatcher y su política de privatizaciones, recorte de gastos
sociales, aumento de los impuestos indirectos y una clara animadversión contra
las estructuras sindicales. A ella se agregaría Reagan; años más tarde el
Consenso de Washington institucionalizaría la política neoliberal que
disfrazada de globalización nos vendieron y alegremente compramos.
Más allá de nuestra debilidades
intrínsecas, puede alguien hoy dudar del ruinoso proyecto que dio inicio en 1976,
alentado por la nueva ola que se venía y “justificado” por la falta de
respuesta del Estado a los problemas de entonces?
El cambio de perfil del capitalismo
mundial a partir de la crisis del petróleo a comienzo de los 70 importó
sustituir la exportación de bienes de capital por la de capitales financieros,
producto de la saturación incentivada por los petrodólares.
Lo que no puede dejar de consignarse,
más allá de las inconsistencias del Estado Benefactor, que en su abolición no
fue ajeno el proyecto de un nuevo orden internacional que tiene antecedentes
anteriores a la crisis de aquél. El proyecto ADELA (1963), antecedente de la
Comisión Trilateral (1973) ya auspiciaba la apertura de las economías menos
desarrolladas, y uno de los mentores de esa Comisión, Brzezinski, sostuvo que
el concepto de Estado-Nación había dejado de tener relevancia creadora en la
actual vida organizada del hombre.
En ese marco internacional, el gobierno
militar de 1976 utilizó como pretexto la crisis del estado de Bienestar, le
imputó a éste el caos social y definió al mercado como instrumento
disciplinador7.
Aniquilado el aparato económico,
esencialmente por la destrucción de la industria nacional, la deuda externa fue
el nuevo instrumento disciplinador, pero esta vez desde los organismos
internacionales de crédito (FMI, Banco Mundial).8
Las leyes de reforma del Estado y de emergencia económica permitieron ese
proceso de extranjerización, al tiempo que flexibilizó el mercado laboral. La
estabilidad de precios, la convertibilidad, la escasa oposición política, y el
discurso oficial, potenciado por los medios de comunicación y los teóricos del
neoliberalismo, redujo la discusión o el debate político a los temas
económicos. El mercado sustituyó a la política. Los temas sociales, la salud y
la educación fueron apartados de la agenda pública. La sociedad toda entró en
un estado de anomia profunda. No había nada de que preocuparse. No había
necesidad de pensar críticamente9.
Pero eso por cierto no explica todo.
Nuestra decadencia también se forjó por años por la recurrente alternancia
entre gobiernos civiles y militares a partir de 1930, el sectarismo de las
organizaciones sociales, el desequilibrio pendular de los poderes constituidos,
la insolvencia de los partidos políticos, y que contribuyó sensiblemente a
modelar una cultura en la que fuimos perdiendo poco a poco una de las
características esenciales de toda Nación: la identificación de los intereses
comunes.
Ello nos desarticuló, dividió, y aisló
individualmente, nos anestesió social, política y culturalmente. Finalmente,
cuando se produjo el asalto masivo de 1976 la Nación no solo no tenía capacidad
de respuesta sino que el Estado militó activamente a favor del nuevo modelo de
concentración económica que ya se postulaba en el mundo.
Fue entonces un
proceso, que influyó decididamente en nuestra formación cultural. Y en el que
el Estado no estuvo ausente. Muy por el contrario, su accionar fue
deliberadamente dirigido a sostener el nuevo orden imperial, esa suerte de
“mundo feliz” que nos prometía el pensamiento único.
7 Tal esquema era
funcional a los intereses de la burguesía agro exportadora de la cual Martínez
de Hoz era representante. De ahí que el plan económico se basó en la apertura
irrestricta al comercio exterior, la reducción del crédito a la pequeña y
mediana empresa, la exportación de productos primarios y la toma de créditos
internacionales, base del endeudamiento externo.
Esta política de endeudamiento externo elevará la deuda externa
exponencialmente: en 1976 era de 6.000 millones de dólares; 1979: 8.500; 1981:
25.000; 1984:45.000; 2001: 120.000.
8 Reconoce su origen
en la denominada “crisis de la deuda” de 1982 y la formulación del Plan Baker
que propuso cambiar deuda por activos. El Plan Brady, en 1989, permitió el
acuerdo con los acreedores externos mediante el rescate de bonos de la deuda
externa a través de las privatizaciones. La entronización del mercado comenzó
en 1990, y la ley de convertibilidad fue el instrumento que garantizó un seguro
de cambio para los capitales externos a los que se le aseguraba una alta tasa
de interés. A ello debe agregarse el andamiaje jurídico establecido para
privatizar las empresas de servicios y aquellas ligadas a los recursos
estratégicos, como el petróleo, el gas y la producción de energía eléctrica, lo
que se hizo en el tiempo récord de cuatro años.
9 Cuando despertamos
de nuestro sueño primer mundista teníamos un déficit fiscal de 10.000 millones
de dólares, los intereses de la deuda representaban el 25% del presupuesto
nacional, la desocupación alcanzaba al 17-18% y 1/3 de la población indigente.
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