El Espíritu Santo y los topos
El espíritu santo y los
topos
El Diario El País de
España acaba de publicar un artículo firmado por Pablo Ordaz, quien relata las
razones no tan ocultas que motivaron que Benedicto XVI decidiera resignar su liderazgo en la Iglesia
Católica el pasado 11 de febrero de 2012. Benedicto XVI ya había afirmado hace
un tiempo que “Cuando un Papa alcanza la
clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de
llevar a cabo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho,
y hasta el deber, de dimitir”.
El texto del presente
artículo que se transcribe podrá rubricarse o no; no obstante, describe una
realidad que es “vox populi” hace algún tiempo. Más allá de sospechas e intrigas,
la renuncia del Papa, como él ha querido dejar en claro, no
obedece a enfermedad alguna sino al cansancio moral para seguir luchando contra
los conspiradores del Espíritu Santo. Las motivaciones políticas y la moral cuestionada, en el seno de la Iglesia Católica.
He aquí el texto:
“Unas semanas después de
regresar de su viaje a Cuba y México, en marzo de 2012, durante sus vacaciones
en Castel Gandolfo, Joseph Ratzinger se asomó a un pozo muy oscuro que solo sus
ojos estaban autorizados a ver. Un informe, elaborado por tres cardenales
octogenarios, sobre la masiva fuga de documentos secretos que sacudió al
Vaticano y que solo cesó tras la detención de Paolo Gabriele, el ayudante de
cámara de Benedicto XVI. No se trataba de una componenda para cerrar el caso,
sino de una investigación, llena de nombres y datos, sobre los protagonistas de
las guerras de poder que desde hace años se vienen sucediendo en el Vaticano y
de las que el llamado caso Vatileaks no era más que su escandalosa
consecuencia.
Al cerrar el informe,
Joseph Ratzinger ya tenía todos los datos. A los ángeles caídos se les puede
combatir con la oración y el buen ejemplo, pero contra los príncipes de la
Iglesia es más aconsejable una espada de acero templado y un brazo capaz de
empuñarla. Y él ya no tenía fuerzas. Dicen que fue por aquella época cuando
Benedicto XVI —un hombre tímido, incapaz de la confrontación directa, pero
profundo conocedor de las intrigas vaticanas— decidió marcharse.
En la mañana de ayer, los
quioscos de Roma dejaban claro que, además de la sorpresa, la prensa italiana e
internacional resaltaba la coherencia de la decisión de Benedicto XVI. Su
sinceridad al reconocer su cansancio, pedir perdón y marcharse. En una
cafetería del Borgo Pío, el barrio de calles estrechas contiguo al Vaticano, un
diplomático acreditado ante la Santa Sede pone la atención sobre un aspecto que
no deja de ser llamativo: "Si se fija, prácticamente todos los diarios,
cada uno con su estilo, dibujan al Papa como una víctima de las luchas de poder
el Vaticano. Hace unos meses, o incluso unos años, quienes abordaban el asunto
del desgobierno en la Iglesia lo hacían culpando a Ratzinger, a su falta de
carácter, a su equivocada manera de elegir a los colaboradores. Está feo
utilizar esta palabra refiriéndose a un papa, pero se podría decir que, con su
renuncia, Joseph Ratzinger ha ejecutado la venganza perfecta. Él se va, pero
con él caen todos los que le amargaron el papado e hicieron ingobernable el
Vaticano".
Media hora después, en la
sede romana de una congregación religiosa con fuerte arraigo en España, un
prelado sonríe con la interpretación: "Es algo malvada, propia de un no
creyente, inadecuada en un momento que lo único que hay que hacer es acompañar al
Santo Padre que se va y prepararnos para recibir al Santo Padre que será
elegido dentro de unos días, pero debo decirte que no se aleja de la
realidad". Una realidad que, por su propio carácter, solo conoce Joseph
Ratzinger y, tal vez, su único hombre de confianza, su secretario personal
desde 2003, monseñor Georg Gänswein. La decisión de Benedicto XVI —que quiso
dejar muy claro que no era la enfermedad la que lo empujaba a la renuncia, sino
su falta de vigor espiritual para seguir manejando la barca de Pedro— puede
conducir también al desmontaje de un organigrama de poder cada vez más alejado
de las necesidades de los católicos, pero que sigue satisfaciendo la voracidad
de la Curia. Cardenales enfrentados entre sí, instituciones religiosas en pugna
por obtener privilegios, un secretario de Estado, Tarcisio Bertone, que hace
mucho tiempo perdió la confianza de un Papa que, para evitar la piedra de
escándalo de la sustitución, decidió sustituirse a sí mismo.
Por otra parte, el
novelesco asunto de los cuervos —los topos, los traidores— dejó en un segundo
plano otro suceso de mucha más importancia para entender que el Vaticano sigue
siendo un Estado más oscuro que cualquier otro. En septiembre de 2009,
Ratzinger nombró al financiero Ettore Gotti Tedeschi, próximo al Opus Dei y
representante del Banco de Santander en Italia desde 1992, presidente del
Instituto para las Obras de Religión (IOR), la banca del Vaticano. Según se
dijo entonces, el nombramiento suponía un golpe de autoridad de Benedicto XVI,
el último intento de poner en orden las finanzas de la Santa Sede, arrojar luz
a lo que por definición nunca la tuvo. No hay más que recordar al cardenal
estadounidense Paul Marcinkus y el escándalo del banco de Dios en los años
setenta y ochenta, cuyo colofón fueron los asesinatos de Roberto Calvi,
responsable de la quiebra del Banco Ambrosiano, y del banquero mafioso Michele
Sindona, pertenecientes ambos a la logia masónica P2. Aquel septiembre de 2009,
Gotti Tedeschi llegó al banco del Vaticano con la intención de limpiarlo, pero
antes de que se cumplieran tres años se dio cuenta de que aquel trabajo era,
efectivamente, muy peligroso.
Tanto que, en la primavera
de 2012, Gotti Tedeschi redactó un informe secreto de todo lo que había visto
en los últimos meses. Fue descubriendo que, tras algunas cuentas cifradas, se
escondía dinero sucio de "políticos, intermediarios, constructores y altos
funcionarios del Estado". Pero no solo. Como sostiene la fiscalía de
Trapani (Sicilia), también Matteo Messina Denaro, el nuevo jefe de jefes de la
Cosa Nostra, tendría su fortuna puesta a buen recaudo en el IOR a través de
hombres de paja. Dicen que fue entonces cuando Gotti Tedeschi, quien se había
tomado el encargo del Papa como una auténtica misión, empezó a tener miedo. Un
miedo que lo llevó a procurarse una escolta y a elaborar, folio a folio, un
expediente que solo vería la luz si era asesinado. Un miedo que se acrecentó
cuando, coincidiendo con la detención de Paolo Gabriele por la difusión de
documentos secretos, Gotti Tedeschi fue destituido al frente del banco del
Vaticano. La operación de derribo al amigo del Papa, llevada a cabo por los
consejeros del banco y bajo el respaldo del secretario de Estado, monseñor
Bertone, incluía un "documento durísimo, que lo demolía moral y profesionalmente
al dar a entender que estaba involucrado en la fuga de documentos robados al
Papa", según explicó entonces Andrea Tornielli, un periodista experto en
asuntos del Vaticano. No se trataba, por tanto, de deshacerse del amigo de
Benedicto XVI. Se trataba de destruirlo. De ahí que cuando, por otros motivos,
agentes de los Carabinieri se presentaron para practicar un registro en casa de
Gotti Tedeschi, el financiero, ya despedido, se llevó un susto de muerte.
"Ah, sois policías", les dijo aliviado, "creí que veníais a
pegarme un tiro".
Los dos escándalos, el del
mayordomo infiel y el del banquero despedido, se cerraron en falso. Paoletto
recibió una condena simbólica y luego fue indultado, pero en el juicio quedó
claro que se trataba de un apaño. Los silencios fueron más elocuentes que las
palabras. También Gotti Tedeschi aceptó su despido en silencio, "por amor
al Papa", y cuando los fiscales y los periodistas italianos intentaron
indagar en el contenido del informe secreto del banquero, una nota del Vaticano
los mandó callar. Y callaron, en un país donde los sumarios se airean en tiempo
real. Paoletto y Gotti Tedeschi solo son los personajes pintorescos de una
historia mucho más cruda, más oscura, la que vio el Papa en Castel Ganfolfo
cuando se asomó a la investigación de los cardenales octogenarios.
Ese es también el Vaticano
que abandona Ratzinger. Una estructura de poder tan anticuada, tan protegida de
los cientos de millones de verdaderos católicos por altísimos muros de
soberbia, que se ha mostrado incapaz durante décadas de escuchar, por ejemplo,
el clamor contra la pederastia, el llanto de las víctimas, la protección infame
de los culpables. El sucesor de Benedicto XVI ya sabe que para dirigir la barca
de Pedro no solo son necesarias "la oración y las buenas palabras",
sino también, o sobre todo, "el vigor tanto del cuerpo como del
espíritu". La dimisión de Ratzinger no se puede interpretar por tanto como
un acto de rendición. Sino como la única posibilidad de gritar de un hombre que
jamás levantó la voz”.

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