Argentina: en estado de minoridad política

Explica Foucault, siguiendo a Kant, que hay minoría de edad  cada vez que confundimos el principio de obediencia con el no razonar y avasallamos el uso público y universal de nuestro entendimiento. En otras palabras, cuando obedecemos o toleramos ciegamente por pereza, comodidad o interés particular los mandatos  del Príncipe y somos incapaces de disentir, criticar o formular proposiciones que se eleven por encima de nuestros propios intereses particulares o sectoriales.
He afirmado en otras ocasiones, que la invitación del postmodernismo a no pensar y a renegar de la verdad como dato central de nuestra existencia conlleva la pérdida de la propia dignidad, porque al tiempo que exacerba la individualidad, promueve la ignorancia, la irresponsabilidad, el engaño y la falta de respeto por sí mismo. Creo, son estas, las características de la minoría de edad en una sociedad política.
Es cierto “que la calidad de las instituciones públicas, constituye el puente que une el desarrollo con las reglas y prácticas del sistema político. El desarrollo depende en buena parte de las instituciones públicas, pero éstas a su vez se crean y transforman en el contexto generado por el sistema político” (Desarrollo más allá de la política, BID, 2000). Por lo tanto promover cambios legislativos que faciliten esa representación política es sin duda, un paso necesario.
Promover la reforma política como un medio de recuperar la centralidad de dicha actividad mediante la recuperación ética de valores insusceptibles de ser negociados en la arena pública, no puede ser sino bienvenida. No obstante, sería un grave error creer que institucionalizando formas más trasparentes de participación política bastará por sí para alcanzar una mayor calidad institucional y madurar para el ejercicio responsable de construir una verdadera comunidad política.
Romper la anquilosada trama de relaciones políticas, sociales y económicas construidas al amparo de una democracia autista requiere algo más que protestar y manifestar según los intereses afectados, pontificar sobre la democracia, la calidad institucional, la profundización del modelo o de un cambio legislativo.
Se necesita voluntad de cambio, una participación constante y primordialmente, tomar conciencia que el verdadero cambio debe darse en el factor humano.
La cabal comprensión de la imprescindible acción política requiere la plena convicción sobre la importancia de la libertad para expresarnos, más allá de nuestros intereses particulares, y del coraje con que seamos capaces de oponernos reflexivamente a los mandatos fogoneados desde una prensa oficial, u opositora. No hay en esto, hijos ni entenados.
El espeluznante escenario argentino en torno a la dinámica política nos marca claramente nuestro estado de minoridad. Por un lado, y sin detenernos en los portavoces oficiales que “creen” que la disciplina política les exige hasta mentir o desmentir lo que no puede ya ocultarse, están quienes en nombre de un modelo defienden posiciones sectarias determinadas por una participación política alimentada desde el goce de una cuota parte del beneficio redistributivo; aquellos otros que han hecho del reclamo puntual por la actividad económica que desarrollan, una burda máscara de una acción política opositora, tiñendo de negro todo cuanto se haga o diga desde el gobierno; la oposición cuya hibridez política – nota típica ésta de los partidos políticos- los equipara desde el inicio con aquellos a quienes se oponen; y por último, el resto de los ciudadanos y organizaciones sociales y de todo tipo que observan, atinan alguna que otra reacción, pero en definitiva se han transformado en el sujeto pasivo de lo que aún llamamos política en nuestro país.
En suma, el acatamiento y la resignación como dato significante de la “democracia” argentina. La indolencia colectiva como síntoma alarmante de nuestra sociedad.
Estamos, por consiguiente, en estado de minoridad agravada. Mientras no seamos capaces de dirigir nuestras acciones no llegaremos a la adultez, y para alcanzarla, quienes se desentienden de la política, incluidos los que actúan en política, deben cruzar el umbral de la idiotez; esto es, deben, debemos, comprometernos con la cosa pública responsablemente; hacer de la verdad un  ejercicio cotidiano sin medir riesgos.










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