Política y Humanismo (I)



A modo de prólogo
Daisaku Ikeda ha dicho que todos se preguntan por lo menos una vez en su vida porqué nacieron en este mundo, y que no existe mayor felicidad que la de poseer un profundo sentido de tener un objetivo en la vida, saber en lo más profundo de nuestro ser para qué nacimos.
El tema de la vida –y de la muerte- nos acerca ineludiblemente al concepto de trascendencia. Aún cuando los seres humanos sabemos que nuestro camino es finito, está en nuestra naturaleza el proponernos una meta. Porque somos seres sociables buscamos crear y modificar lo existente. Recorremos ese camino en la confianza que vamos dejando huellas y plantando nuestras señales que, en mayor o menor medida, van modificando ese paisaje.
Por qué nacimos? Pregunta que seguramente nos lleva la vida responderla. Sin embargo, todos los días intentamos una respuesta, aún siendo conscientes de que existe un día final. Esa es nuestra esencia, nuestra naturaleza, aún cuando hayamos perdido el rumbo.
De mismo modo, uno podría preguntarse por qué pensar si, tal es el estado de la sociedad, toda idea o discurso que no responda al pensamiento sistémico elaborado por la posmodernidad, parece caer en saco roto. Transitar por esta Babel consumista contradiciendo las pautas culturales de la sociedad líquida equivale a ser considerado como “sospechoso”, “no confiable” y, en el mejor de los casos, “tonto” o “anormal”.
La invitación del postmodernismo a no pensar y a renegar de la verdad como dato central de nuestra existencia conlleva la pérdida de la propia dignidad, porque al tiempo que exacerba la individualidad, promueve la ignorancia, la irresponsabilidad, el engaño y la falta de respeto por sí mismo. Si todos estuviéramos convencidos de la imposibilidad de luchar contra este dato de la realidad, importaría tanto como admitir que el “pensamiento débil”, se ha apoderado de nuestra conciencia. Debería uno recluirse dentro de las fronteras del propio hogar y “dejar las cosas como están”.
Paradojalmente, mientras hemos sido capaces de desarrollar máquinas e instrumentos inteligentes, hemos ido perdiendo noción de nuestra propia centralidad como seres humanos. Hemos concebido innumerables artificios tecnológicos para producir más, para combatir enfermedades, para facilitar el trabajo diario, para comunicarnos. Sin embargo, al mismo tiempo, nos valemos de esos mismos instrumentos para fabricar armas de destrucción masiva, y dañamos la naturaleza con químicos para “preservar” la tierra con aptitud para producir o directamente para producir alimentos genéticamente modificados. En nombre del desarrollo la técnica ha sepultado la prudencia abusándose de la naturaleza, en nombre de la paz se promueven aventuras militares en la que mueren miles de personas, en nombre de la seguridad se vulneran los derechos más elementales. En nombre de la libertad individual se ha adoptado el relativismo moral y en la búsqueda de la bonanza económica, el mercado ha reemplazado a la política.
Inmersos en el espejismo que nos produce el paroxismo del “plástico” que nos facilita el mercado, consumimos hasta el hartazgo mientras asistimos indolentes a la decadencia universal del hombre, en la creencia que nuestro origen divino nos exculpa del daño que infligimos al medio que nos circunda.
Pero, como hay un tiempo para todo y un lugar para cada cosa, y porque la indolencia no hace sino arrastrarnos a una dolorosa pendiente por la que se nos escapa nuestra propia existencia, es importante buscar la verdad. La insurrección de la verdad, reivindicarla como un dato central en nuestro obrar; porque su ausencia es si no el mayor, uno de los más acuciantes problemas de este tiempo. Su negación es la clausura del conocimiento y de la propia libertad.
Porque somos sujeto y fin de toda la creación y de todo aquello que como humanos construimos, el conocimiento fundado en la verdad es un imperativo ético, de compromiso de todos, y de cada uno con nuestros semejantes. Pertenecemos al mundo de la cultura. Transitamos el camino de la vida desde una dimensión que es histórica y axiológicamente determinada por la moral en tanto somos conscientes de nuestro obrar. Somos, en tanto somos capaces de construir y transformar lo dado sin desconocer el deber ser.
Hemos olvidado que el valor supremo es la vida misma. Y sobre ese valor es que deben promoverse todas las acciones. Que la vida es, esencialmente, una actitud de servicio, más que de logros personales.
Nuestra plenitud no la alcanzamos por la acumulación de bienes materiales, sino por el goce indefinido de sentirnos plenos de espíritu, conscientes de nuestra historicidad. No perfectos, sino virtuosos.
En tanto somos por naturaleza seres políticos, la política puede y debe enderezarse a construir una sociedad más humana. Debiera en consecuencia dirigir su esfuerzo a moldear un hombre nuevo, que sin renegar de la tecnología sea capaz de proyectar a la sociedad del siglo XXI hacia un destino de desarrollo, paz y felicidad.
Un hombre que deje atrás su caracterización de “bestia con talento”1 para alcanzar la de “ser inteligente”. La desnaturalización de nuestra esencia nos lleva, en un aparente camino sin retorno, a la construcción de un escenario en el que el hombre ha de ser solo un espectador resignado a sobrevivir en un hábitat hostil si no es capaz de asumir con premura el compromiso de revertir un final anunciado.
Es posible un nuevo humanismo? Buscar una respuesta a ello es un ejercicio reflexivo que si lo practicamos con honestidad intelectual reivindica nuestra naturaleza; permite abrigar esperanzas sobre el destino universal del hombre.
1.- Introducción
Una de las cuestiones centrales en el pensamiento político en cualquier época que se analice es la relativa a la noción de Estado y su relación con la Sociedad.
Y aún cuando podamos coincidir que el Estado como organización política nace a partir del triunfo de la burguesía sobre el señor feudal, ya Aristóteles se abocó en su libro “Política” como primera cuestión el definir un concepto del Estado y sugestivamente también aparece como titulo “La sociedad civil”. Y la formulación que allí hace aparece hoy como simple, hasta demasiado genérica; “todo Estado es una asociación” dice Aristóteles, y “solo en vista de algún bien las asociaciones se forman, puesto que lo único que a los hombres mueve es la esperanza de algo que les parece bueno…”, pero al mismo tiempo y con enorme sencillez define lo que será el eje de su obra: la vida en comunidad. Dice Aristóteles: “La vida social es un imperioso mandato de la naturaleza. El primero que instituyó una asociación política hizo a la humanidad el mayor de los beneficios; porque si el hombre, perfeccionado por la sociedad, es el primero de los animales, es también el último cuando vive sin leyes y sin justicia….Justicia: tal es la base de la sociedad; derecho: tal es el principio de la asociación política.”2
No es sino la vida en comunidad lo que está en debate, no es sino la relación entre nosotros como miembros de la sociedad y de cómo nos situamos frente al poder público que deviene del Estado, de nuestra participación, de la eficacia o ineficacia del poder público o del Estado, de la falta de respuestas a las demandas sociales y del rol que este ha desempeñado y el rol que debe desempeñar. Pero también es necesario reflexionar sobre el futuro de la humanidad misma, de los desafíos que enfrenta en este nuevo siglo; del accionar del hombre, de su voluntad de cambio para revertir las consecuencias del andar pasado y presente. Una comprensión holística de nuestro hogar universal que nos permita comprender que el futuro no será sino la consecuencia del modo en que nos comportamos en el presente.
Y nos debe servir para reflexionar sobre la acción política, sobre la importancia de la política, al menos para recuperar en parte el sentido que originariamente tuvo, y que el hombre, a través del tiempo, se encargó de desvirtuar.
Oswyn Murray (Univ. de Oxford) dice que hay una diferencia esencial entre las actitudes griegas y las modernas con respecto a la política. Para nosotros la política es el estudio de formas de dominación y control, de la organización para la acción efectiva y del conflicto entre grupos de poder o su reconciliación con los intereses del todo. Nuestra política versa sobre conflicto y compromiso en una situación histórica que nos dificulta actuar racionalmente. Para los griegos, por el otro lado, el fin inmediato de la política y de las instituciones políticas era el de descubrir o ayudar a la creación de una voluntad generalizada orientada hacia la acción. La política estaba interesada en el todo, la comunidad era lo principal: el propósito de la política era la unidad.
Está tensión entre Sociedad y Poder ocupa, desde los albores de la civilización, la cuestión central en el pensamiento filosófico y político. 
Notas
1 Expresión acuñada por Nichiren Daishonin, monje budista nacido en 1222, considerado el fundador de la filosofía budista. Sus ataques contra las contradicciones doctrinales dentro del canon Budista, enfurecieron a los líderes religiosos y también a las autoridades civiles, pues muchas de ellas eran protectoras o estaban muy relacionadas con las escuelas que él combatía.
 2 Aut. cit.; La política; Libro I, Capítulo I: 27/30; Editorial Alba, Madrid, 2da. reimp., febrero 1999. 

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