Más allá de la tolerancia
Más allá de la
tolerancia
“Defendió la
tolerancia contra los dogmas y el pragmatismo contra la utopía”, escribe en su
reciente libro, La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa, cuando
presenta al pensador francés Raymond Aron, muchas veces citado en nuestra
revista. La idea de la tolerancia surge en el siglo XVII en el ámbito
jurídico-religioso, y posteriormente los pensadores de la Ilustración en el
siglo XVIII la desarrollaron. Se suscita a partir de la Paz de Westfalia,
cuando católicos y protestantes llegaron a la conclusión de que era preferible
“tolerar” al otro (es decir, “soportarlo”) a seguir matándose. Voltaire publicó
en 1763 el Tratado de la tolerancia, y casi un siglo antes John
Locke su Carta sobre la tolerancia, que acaso hoy nos parecerían
pensamientos no demasiados tolerantes.
De todas maneras, esta “virtud social” se propone en modo opuesto a la
segregación o negación del otro. Señalaba Giovanni Sartori en un texto de 1998:
“Entender el pluralismo es también entender el significado de tolerancia,
consenso, disenso y conflicto. Tolerancia no es indiferencia, no presupone
indiferencia. Si somos indiferentes no tenemos interés: y aquí se acaba todo”.
Por su parte, escribía hace unos años Carlos Floria en una nota para CRITERIO:
“La tolerancia involucra tres niveles: uno, es que siempre debemos dar razones
de lo que consideramos intolerable; otro, es que no debemos tolerar un
comportamiento dañino; y el tercero es la reciprocidad: al ser tolerantes o al
conceder tolerancia esperamos, como contrapartida, ser tolerados”.
La necesaria
contraparte que le da su razón de ser a la tolerancia es, por lo menos, la
incomodidad. Una incomodidad que molesta, que inquieta, que nos cuestiona, que
fuerza todo tipo de actitudes: descalificar, denostar, etiquetar, y,
finalmente, hasta destruir el objeto/sujeto que incomoda. Sin embargo, ser
tolerante no implica necesariamente abrirse, ni ponerse en el lugar del otro. Y
es ahí donde esta actitud, que ha salvado y mejorado las condiciones de
incontables vidas, al no seguir evolucionando se perfilaría como un “vicio”
complaciente y condescendiente, sin demasiada capacidad de acción. Nuestro
actual pluralismo, en cambio, exige valorar positivamente la existencia de
diferencias, aún las ideológicas. Querámoslo o no, el espacio en que nos
movemos es inevitablemente pluricultural, en el que toda cultura se nutre de
otras. Que hoy ciertos grupos, relegados por ser minorías o haber carecido de
la necesaria cohesión o convencimiento, reaccionen en forma agresiva o incómoda
(forzando la famosa tolerancia), discriminando a su vez, escrachando,
desnudándose, haciendo piquetes o acampes, mostrando una actitud dudosamente
democrática, no invalida la eventual justicia de sus reclamos. La coexistencia
equitativa es un imperativo social que no sólo hará justicia a los excluidos,
sino que también enriquecerá a la sociedad en su conjunto; coexistencia
equitativa que implica el reconocimiento de la diversidad cultural en los
distintos niveles de identificación individual y grupal, la revaloración sin
prejuicios del individuo dentro del marco de la diversidad y el reconocimiento
formal e informal de los derechos culturales del otro. Las voces que –ancladas
en el conservadurismo, en un malentendido tradicionalismo o en cualquier tipo
de integrismo cultural– no quieren reconocer el derecho de estos reclamos
recurren a advertencias que hablan de los peligros del multiculturalismo, del
relativismo de los valores, de la igualdad irrestricta, del “posmodernismo”. En
realidad, no existe una cultura que no sea el producto de diversos encuentros
y, por otra parte, la que se niega a recibir nuevos aportes (fundamentalmente
externos) está condenada a languidecer. Una cultura inmóvil es una cultura
muerta. En todo caso, lo que se nos plantea actualmente es una discusión sobre la
equidad. Y es esta discusión la que nos interroga concretamente en qué sociedad
queremos vivir. Las desigualdades y luchas que enfrentamos estarían indicando
que sólo con la tolerancia no alcanzaría para modelar un mundo más justo. Una
coexistencia superadora requiere un esfuerzo más activo y generalizado, la
capacidad de ver la realidad con los ojos y la historia del otro. Esfuerzo que
también el otro debe realizar.
En todo este
proceso hay dos aspectos fundamentales que no deberían obviarse. El primero es
el marco objetivo de la ley. Esta debe adecuarse y acompañar los cambios que la
ciudadanía pide, pero no puede ser incumplida o transgredida. El segundo es que
la aceptación de lo pluricultural no implica desconocer cada cultura con sus
valores y principios. Renunciar a la intolerancia no significa tampoco que todo
sea aceptable. Se debe ser claro sobre lo que no es admisible. Muy
probablemente los conflictos dentro de la sociedad tengan raíces reales, pero
deben ser resueltos con los mecanismos que provee el orden jurídico. Lo que la
coexistencia pide es pensar las distintas situaciones discordantes o de no
encuentro desde la perspectiva del otro, sin por eso renunciar a la propia
cultura.
Isaiah Berlin, al
recibir un doctorado en la Universidad de Toronto en 1994, afirmaba: “Si hemos
de perseguir los valores humanos esenciales que nos rigen, es necesario
establecer compromisos, compensaciones, medidas para evitar que ocurra lo peor.
Los fines que perseguimos están generados por nuestra naturaleza común, pero su
exploración tiene que controlarse hasta cierto grado: la libertad y la búsqueda
de la felicidad pueden no ser del todo compatibles una con otra, así como
tampoco lo son la libertad, la igualdad y la fraternidad. De modo que debemos
pesar y medir, pactar, conceder y prevenir la destrucción de una forma de vida
por quienes se oponen a ella”.
La tolerancia, entonces,
aunque gris, sería un gran primer paso en nuestro país para superar
paulatinamente desencuentros que dañan el tejido social, y muchas veces nos
impiden concentrar las energías en la construcción de un porvenir más justo y
pacificado. Pero más allá de la tolerancia se impone la coexistencia
equitativa, mejor aún si es animada por la “amistad social”.
Autor: Consejo
de redacción Revista Criterio
http://www.revistacriterio.com.ar
Año: 2018 |
Número: 2448
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