¿Puede la democracia reducir la desigualdad?
¿Puede la democracia reducir
la desigualdad?
December 9, 2020 by Razvan
Vlaicu
A pesar de dos décadas de políticas sociales contra la pobreza y la desigualdad, América Latina sigue siendo una de las regiones económicamente más desiguales del mundo. Las recurrentes protestas motivadas por reclamaciones económicas han sido un recordatorio habitual de esta realidad. La actual crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus ha perjudicado de manera desproporcionada a poblaciones ya de por sí vulnerables, anulando parte del progreso logrado. Al mismo tiempo, la democracia se ha arraigado en la región y la participación en las elecciones está aumentando. Por lo tanto, ¿por qué no ha sido más efectiva la democracia para resolver la persistente desigualdad en América Latina?
La investigación muestra que
los votantes no consiguen que se escuchen sus demandas a favor de una mayor
redistribución, mientras que los gobiernos no están implementando políticas
redistributivas al ritmo deseado. Los motivos son la participación política
desigual, el sesgo institucional contra la redistribución y la compra de votos.
Mientras no se eliminen esos impedimentos, el impacto de la democracia en la
desigualdad seguirá siendo limitado.
Entre 2000 y 2018, la
desigualdad del ingreso en América Latina, medida por el índice Gini, disminuyó
gradualmente de 53,3 a 45,7. Durante el mismo período, el gasto público en protección
social aumentó sostenidamente en casi un punto porcentual del PIB. Si bien
estas tendencias parecen prometedoras, según los estándares de economías más
avanzadas la desigualdad en América Latina sigue siendo alta y el gasto social
bajo. Por ejemplo, los 36 países de la OCDE reportaron un índice Gini de sólo
33,2 en 2018. Esto es desconcertante, dado que al menos en el papel, América
Latina se ha construido sobre principios económicos y políticos similares
-economías de mercado y democracias representativas. Se podría esperar que el
proceso democrático, que por naturaleza se basa en el principio igualitario de
“una persona, un voto”, generaría políticas que reducen las desigualdades del
mercado. En otras palabras, en una democracia que funciona adecuadamente, la
desigualdad debería de algún modo autocorregirse. ¿Por qué no está ocurriendo
esto en mayor medida en América Latina?
Demanda débil de los votantes
por políticas que disminuyan la desigualdad
Una primera explicación es que
las demandas de los votantes por políticas que reduzcan la desigualdad siguen
siendo relativamente débiles. La falta de presión de los votantes se refleja en
la participación política limitada y desigual. A pesar de la práctica
generalizada del voto obligatorio, la participación de los votantes en la
región se ha mantenido por debajo del 70%, en promedio. Aún más importante, la
participación está sesgada de una manera que resulta ser perjudicial para los
pobres, dado que es menos habitual votar entre los que tienen un menor nivel de
educación y menor riqueza.
Aun cuando votan, los más
desfavorecidos están menos informados y, por lo tanto, son menos efectivos en
la elección de los candidatos que representan sus intereses económicos. Los
pobres son los mayores beneficiarios de los servicios públicos básicos, como la
educación y la salud pública. Desafortunadamente, la demanda de los votantes
por inversiones gubernamentales en estos bienes públicos es limitada, ya sea
debido a una baja confianza en la capacidad de las autoridades de gastar
eficientemente los recursos públicos en estos ámbitos, o debido a una
preferencia por los beneficios inmediatos, como las transferencias monetarias,
a expensas de beneficios a más largo plazo, como la educación de calidad y la
salud pública.
Oferta escasa de políticas
diseñadas para reducir la desigualdad
Una segunda explicación es que
el proceso de elaboración de las políticas puede no ser capaz de internalizar
la demanda popular por redistribución. En algunos casos, esto ocurre porque las
instituciones políticas son manipuladas por las autoridades en función para
permanecer en el poder, por ejemplo, a través de la mala distribución en la
representación legislativa. Otros sostienen que los elementos de la élite
obtienen acceso a y permanecen en el poder gracias a donaciones de campaña de
grupos de interés, sin tener que depender de un amplio apoyo popular.
La investigación más reciente
ha demostrado que la compra de votos de candidatos políticos, un fenómeno
prevalente en varias democracias de América Latina, altera el funcionamiento
normal del proceso presupuestario. Los votantes que son objeto de la compra de
votos antes de una elección pueden no recibir ningún beneficio del gobierno
después de la elección. Dado que los votantes más pobres son más susceptibles
de participar en la compra de votos, a menudo no quedan representados en las
negociaciones presupuestarias posteriores. Por lo tanto, la compra de votos
impide el gasto redistributivo que podría reducir la desigualdad.
Las democracias más fuertes
alivian más la desigualdad
En un capítulo del reciente
informe del BID titulado La crisis de la desigualdad, presento nuevos patrones
de datos que apoyan la idea de que la fortaleza de la democracia importa para
el alivio de la desigualdad. Utilizo el índice de democracia de la Unidad de
Inteligencia de The Economist para clasificar la calidad democrática en cinco
dimensiones. Entre los países de América Latina, las democracias más sólidas
tienen un mejor gasto redistributivo. En un extremo del espectro, Nicaragua
gasta menos del 1% del PIB en protección social, en comparación con casi el 7%
en Uruguay, en el otro extremo del espectro. Interesantemente, las democracias
más fuertes también se caracterizan por una mayor participación electoral y
menos protestas. Esto sugiere que votar, en lugar de protestar, es un
catalizador de la redistribución del ingreso. Las protestas surgen como un
síntoma de expectativas económicas que no se han cumplido.
Algunas instituciones de
desarrollo, como el PNUD, han señalado que la desigualdad podría ser una de las
mayores debilidades de la democracia. Dado que los menos favorecidos son
marginados económicamente, se desvinculan del proceso democrático. Sin embargo,
una democracia más débil también puede ser incapaz de aliviar la desigualdad.
La superación de este círculo vicioso sigue siendo un desafío para las
democracias jóvenes de América Latina. Los líderes políticos y de la sociedad
civil en la región deberían renovar su compromiso con el fortalecimiento de las
instituciones democráticas, de las cuales las principales son las elecciones
libres, las libertades cívicas y los medios de comunicación independientes. Con
el tiempo, las democracias que funcionan mejor deberían mejorar la equidad
económica. La democracia sin duda puede reducir la desigualdad, siempre que
funcione de acuerdo con lo que se pretende.
Razvan Vlaicu
Razvan Vlaicu es Economista de
investigación senior en el Departamento de Investigación del Banco
Interamericano de Desarrollo. Obtuvo su doctorado en economía por la
Northwestern University en 2006. Anteriormente enseñó economía en la
Universidad de Maryland, y ocupó puestos de corta duración en el Kellog School
of Management y el Banco Mundial. Sus intereses en la investigación se centran
en la microeconomía aplicada, la economía política y la economía pública. Sus
investigaciones se han divulgado en publicaciones académicas, entre las cuales
Review of Economic Studies, American Political Science Review y Journal of
Public Economics.
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