Bauman según Ulrich Beck
Zygmunt
Bauman no es un hombre común y corriente; Zygmunt Bauman no es un sociólogo
común y corriente. Su vida está marcada por las catástrofes del siglo XX: la
Segunda Guerra Mundial, el nacionalsocialismo, el estalinismo y la persecución
de los judíos. Víctima de campañas antisemitas, en 1968 escapó de Varsovia a
Israel. Sin embargo, no soportó el menoscabo de los derechos de los palestinos
y no tardó en aceptar un cargo en la Universidad de Leeds, en Gran Bretaña. Fue
allí recién cuando ya era profesor emérito, que comenzó a cobrar renombre
mundial.
Tal como lo
percibo, Bauman ocupa el lugar del intelectual judío cosmopolita, un lugar
comparable al que ocupaban Ephraim Lessing y Heinrich Heine en el siglo XIX o
Theodor Adorno y Hannah Arendt en la Alemania de posguerra, que, como lo
expresó Adorno, peleaba “por la redención de las esperanzas del pasado”.
Zygmunt Bauman acaso sea el último a quien corresponde atribuir un lugar
semejante, lugar que se fue vaciando dolorosamente en el siglo XX, en Alemania
como en Europa.
El
pensamiento de Zygmunt Bauman entrelaza estrechamente la historia social, la
sociología y la teoría de la modernidad. En Modernidad y Holocausto (1989)
Bauman situó la ambivalencia fundamental de la modernidad, su sentido y
desquicio, en el centro de una sociología pública, multidisciplinaria. Bauman
(como sólo lo han hecho Theodor Adorno y Hannah Arendt) elevó el Holocausto
como tema de la sociología y la filosofía de la modernidad. Para Bauman, una
característica central de la modernidad es su capacidad de organizar en forma
eficiente su destructividad e inhumanidad. Y es esa capacidad racional de
destrucción, la racionalidad destructiva, la que derivó en la matanza masiva,
en la violencia y la brutalidad ejercidas con arreglo a un plan, en el programa
de exterminio de los nazis contra los judíos, en la inconcebible combinación de
horror, eficiencia y modernidad.
No sólo para
los alemanes, también para las demás democracias occidentales –la modernidad
asiática, la sudamericana, la árabe, la africana– sería mucho más cómodo tildar
el programa racista de exterminio nazi de malformación alemana, tildarlo de una
barbarie que, por extraña, por oscura, no se puede deducir causalmente de la
lógica intrínseca de la modernidad. Zygmunt Bauman –aquí mucho más cerca de la
Dialéctica de la Ilustración que de la apologética de las sociologías del
presente– pone en evidencia que el que condujo a Auschwitz no fue un camino
excepcional de los alemanes, no fue un extravío, sino un desquicio anclado en
la modernidad y la Ilustración desde su mismo origen. Este quiebre de la
civilización, por tanto, no es un pasado superado de una vez y para siempre
sino una amenaza que persiste, y no sólo en Europa sino en todo el mundo.
Cuando escucho
en las noticias que los Estados y las fronteras poscoloniales establecidas con
arbitrariedad imperial caen por el asalto de guerreros de dios, y que los
militantes del Estado Islámico celebran su manía y desprecio por la humanidad
con modernísimas tecnologías de la comunicación visual y ante los ojos de la
opinión pública mundial, me vienen a la mente las tesis de Bauman sobre los
abismos de la modernidad. Es entonces cuando veo esa fusión tan particular de
una antimodernidad con una ultramodernidad armada militar y capitalistamente.
Al mismo tiempo veo en las guerras en Irak y Afganistán, por ejemplo, cómo las
instituciones de la modernidad occidental fracasan incluso cuando triunfan.
Cuando
regiones enteras del mundo se ven arrolladas por semejante violencia
fundamentalista, cuando millones de personas son perseguidas o sacrificadas
brutalmente ante nuestros ojos mientras la respuesta militar de Occidente no
hace sino atizar el odio y el desquicio que busca combatir, resulta francamente
idílica la consigna de este año de la conferencia anual de la Sociedad Alemana
de Sociología: la pregunta por las rutinas de la crisis.
Bauman, en
cambio, prioriza la noción de “interregno”, la pregunta por cómo el orden
social y político del mundo actual se desmorona sin que haya un nuevo orden
mundial a la vista.
Este
renacimiento de la historia social anunciándose por doquier en excesos de
violencia pone en evidencia el increíble optimismo de las teorías sociales
corrientes y de la crítica cultural de moda: sería bueno que la racionalidad de
control, burocrática, sombríamente pronosticada por Max Weber, aún controlara;
sería bueno que, como anunciaron Adorno y Foucault, el único terror que nos
dominara fuera el del consumo y el humanismo; sería bueno que se pudiera restituir
la ausencia de falla de los sistemas apelando a la autopoiesis . Sería bueno
que, en efecto, sólo se tratara de una crisis de la modernidad, susceptible de
ser mitigada con fórmulas litúrgicas como: más mercado, más tecnologías, más
diferenciación funcional, más elección racional, más crecimiento, más ajuste,
más armas, más drones, más computadoras, más Internet, etc.
No es una
deshonra reconocer que hasta a nosotros, los científicos sociales, nos faltan
las palabras frente a la arrolladora realidad. El lenguaje de las teorías
sociológicas (pero también el de la investigación empírica) nos permite abordar
el cambio social como constante o la crisis como excepción, pero no nos sirve
para siquiera describir la transformación histórico-social del mundo en los
albores del siglo XXI, mucho menos para entenderla. La palabra, el concepto, la
metáfora que Bauman encontró ante tal estupefacción, tal falta de lenguaje como
característica del estado intelectual de nuestro tiempo, es la noción de
“modernidad líquida”.
Bauman emplea
este concepto diagnóstico de la transitoriedad, este concepto metafórico que
despide lo conocido sin conocer lo nuevo, para subrayar acontecimientos y
transformaciones políticas que son impensables dentro del marco de referencia
de las teorías sociales corrientes. Así, analiza e interpreta la transformación
del arte, la religión, el derecho, la ciencia, la política, el poder, la
identidad y la sexualidad dentro del marco de referencia de la modernidad
líquida. Los muchos escritos de Bauman sacan a la luz que nuestras comunidades
socialmente construidas, nuestras instituciones e identidades se han vuelto
precarias y permeables al “poder líquido”, a las “identidades líquidas” de una
modernidad que se digitaliza. Los ciudadanos de las “ciudades líquidas” se han
vuelto “personas desplazadas”, se han transformado en ejércitos de
consumidores. La “cosmópolis” ha dado paso a la “ciudad del miedo”. Asistimos a
la nueva conditio inhumana. Por último, Bauman describió cómo, bajo el imperio
del totalitarismo digital, la vida se ve separada de la vida en libertad
política por un quiebre, una potencia mundial de control que transforma toda la
existencia sin dejar nada intacto.
En realidad,
cada uno de sus libros de la última década puede considerarse una obra maestra.
Por un lado, por la profunda seriedad con que Bauman enmarca las tragedias de
nuestro tiempo en categorías sociológicas, por el otro, por la convicción con
la que cree que el mundo podría volverse un lugar mejor pese a todo.
En ese sentido,
la sociología de Bauman es un voto a favor del regreso de la historia social,
del mensaje: ¡La historia está de vuelta! Esto supone una provocación para el
mainstream de la sociología, y en un punto también para el de la ciencia
política. Pues las teorías sociales de Foucault, Bourdieu y Luhmann, por
ejemplo, tanto como las teorías fenomenológicas y de la elección racional,
tienen pese a todas las diferencias algo fundamental en común: ponen el foco en
la reproducción y no precisamente en la transformación del orden social y
político en lo desconocido e incontrolable. Son sociologías del fin de la
historia. No dejan ver que el mundo se transforma otra vez en una terra
incognita .
De este modo,
se pierde de vista la historicidad de la modernidad, y con ella su potencial de
destrucción descomunalmente crecido: sí, por un lado se reduce la historia
social a historia nacional; por el otro, la inevitable imprevisibilidad e
imposibilidad de controlar el futuro, la dialéctica de sentido y desquicio, se
reduce, y por ende minimiza, a un relato sobre la racionalización y la
diferenciación funcional del mundo. Cuando esto sucede, se restringe
subrepticiamente el horizonte de la sociología, se lo fija al presente. La
sociología cae en la trampa de lo que en inglés se llama presentism . Esto
conduce a un modelo de modernización ciego al tiempo y al contexto; modelo con
el cual se corresponde la fe narcisista en la correcta organización del mundo:
si tan sólo todos fueran como uno mismo.
La teoría de
la modernidad líquida de Zygmunt Bauman ha quebrado ese modelo de la
reproducción del orden social y político permitiendo ampliar la mirada a toda
una serie de nuevas dinámicas, procesos y regímenes de transformación. Algo que
Bauman resume en el ensayo The Triple Challenge (El triple desafío). Una
sociología abierta al cambio histórico –sostiene Bauman– considera tres
categorías de la transitoriedad: “interregno”, “incertidumbre fabricada” y
“disparidad institucional”.
La teoría de
la transformación en el sentido de Bauman se centra en cómo pensar la relación
entre continuidad y discontinuidad, sentido y desquicio. Y en cómo esa relación
puede ser demostrada empíricamente en diálogo con el diagnóstico de la realidad
y la sociología del conocimiento. Es con este fin que Bauman introduce la
noción de interregno (Antonio Gramsci). Está aludiendo a una especie de
repetición histórica del proceso que Max Weber tuvo a la vista al analizar los
orígenes del capitalismo moderno. Así como Weber, considerando la moderna
sociedad capitalista que surgía, puso el foco en la necesidad de emancipar la
economía de la economía doméstica, hoy debemos analizar cómo la economía
mundial desoye cada vez más las reglas y dictados protectores de los estados
nacionales. Según Bauman, el casamiento aparentemente sagrado del poder y la
política está terminando en una separación con perspectiva de divorcio. Así, la
dominación transformada en poder político se derrama en parte por el
ciberespacio, los mercados y el capital móvil, y en parte se descarga sobre los
individuos, que deben afrontar solos los riesgos que surgen. Y, mientras tanto,
no hay a la vista un equivalente del estado nacional soberano.
Parte del
“triple desafío” también es el campo de las “incertidumbres fabricadas”, de la
inseguridad autoprovocada. En este contexto, Bauman retoma mis ideas sobre la
sociedad del riesgo global. Al respecto dice: “Las cosas se conocen gracias a
la desaparición o al cambio abrupto. De hecho, recién tomamos conciencia del
papel impresionante que han jugado en nuestra historia moderna las categorías
de ‘riesgo’, ‘cálculo de riesgo’ y ‘tomar el riesgo’ cuando el término ‘riesgo’
perdió mucha de su utilidad original (…) convirtiéndose en un ‘concepto
zombie’”.
El “triple
desafío” supone, por último, “disparidad institucional”:“El estado de cosas del
planeta, sostiene Bauman, se ve ahora sacudido por asambleas ad hoc de poderes
discordantes, no sujetos al control político debido a la creciente impotencia
de las instituciones políticas todavía existentes. Así, estas últimas se ven
forzadas a limitar severamente sus ambiciones, a ‘desligarse’, a ‘delegar’ o
‘tercerizar’ en agencias no políticas el número creciente de funciones
tradicionalmente confiadas a los gobiernos nacionales”.
Pero no voy a
detenerme en lo que cada una de estas cosas significa. En el marco de esta
Conferencia Anual de la Sociedad Alemana de Sociología me importa hacer
hincapié en el oficio, el trabajo con la teoría: la teorización de la
transformación exige la transformación de la teoría.
La concepción
de moda en la sociología equipara teoría con teoría universalista, y distingue
entre teoría y diagnóstico del tiempo presente. Tal distinción lleva implícito
un juicio de valor según el cual el diagnóstico del presente carece de teoría y
es visto, por tanto, como dudoso. Y de hecho, muchos diagnósticos del tiempo
presente exageran al generalizar acontecimientos u observaciones aisladas. Pero
lo que Zygmunt Bauman nos presenta es completamente otra cosa: un diagnóstico
teóricamente exigente, histórico, de la transformación del mundo. Un
diagnóstico que desarrolla toda una conceptualización, una terminología de
proceso de mediano alcance que nos permite describir la transformación de la
realidad que las teorías universalistas pierden de vista. Este cambio en la
forma de entender la teoría invierte la jerarquía entre teoría universalista y
diagnóstico teórico-histórico del presente. El universalismo teórico-social que
impregna la sociología moderna encegueciéndola al retorno de la historia social
resulta un falso universalismo. Y no sólo eso, incita a la sociología a
acomodarse en una pedante irrelevancia.
El hecho de
que la Sociedad Alemana de Sociología distinga a Zygmunt Bauman con su mejor
premio, el premio a la obra de vida, es un paso muy importante en el camino de
abrir la imaginación sociológica a la transformación histórica del sentido y
desquicio de la modernidad. Para terminar, un discurso laudatorio estaría
incompleto si no destacara otra característica de la obra de Bauman: la
sensibilidad histórica, moral y estética tan especial de su lenguaje y su
pensamiento, una sensibilidad nacida de la experiencia de la barbarie. Aquí
cabe la pregunta por la cualidad moral de ciertos términos que empleamos en
apariencia objetivamente. Para Bauman, “sobrevivir” es uno de esos términos.
Cito: “A medida que se va disipando la experiencia directa de las víctimas se
agrava el recuerdo del Holocausto y se entumece como doctrina de la
supervivencia: vivir es sobrevivir, (…) quien sobrevive, gana”.
Así lo expresó
Bauman en la Paulskirche de Frankfurt, en el discurso que dedicó a Theodor W.
Adorno cuando fue distinguido con el premio homónimo en 1998. En el concepto de
supervivencia está latente el de selección, y con este el principio que divide
a las personas en víctimas y victimarios, y que no sólo hace del victimario un
verdugo sino también de la víctima un victimario: ¡que gane el más fuerte!
Cito: “El fantasma del Holocausto sopla esta lección a los oídos de muchos. Es
tal vez la peor blasfemia contra el Holocausto y la mayor victoria póstuma de
Hitler”.
Hoy la
supervivencia de la humanidad entera se encuentra amenazada. Hay motivos
suficientes para la desesperación, el miedo y la cólera. Se propaga la premisa
de “vivir, luego sobrevivir”. Una de las enseñanzas que nos da Bauman es
incluir en el examen de conciencia de la sociología moderna esos miedos, esa
perfidia y ese horror que, como él lo formula, “hacen tictac” como “bombas de
tiempo” bajo los cimientos de la vida moderna.
Discurso
laudatorio ante la Sociedad Alemana de Sociología. Traducción de Carla
Imbrogno.
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