La Argentina y la agenda del Siglo XXI (5). Acuerdo para la Convivencia; La Agenda externa


 3.- La Agenda Externa
a).- La cuestión del Hábitat Humano

No se afirma ninguna novedad ni originalidad cuando se expresa que el futuro del hombre en el planeta dista de ser venturoso. La contaminación con la consecuente destrucción paulatina del medio ambiente, las armas de destrucción masiva dentro de las  cuales se incluyen las armas biológicas, y la droga como flagelo que azota a la sociedad contemporánea y destruye voluntades y vidas, son datos más que elocuentes sobre el nivel de precarización en la que pareciera ya desarrollarse la vida humana en el planeta.
La habitabilidad del planeta se encuentra en zona de riesgo, porque al masivo exterminio de especies biológicas debe sumársele los desastres naturales, muchos de  los cuales encuentra su razón de ser en la acción del hombre.
Qué hacer al respecto? Sin duda, que aquellos países, como el nuestro, poseedores de recursos naturales aún impolutos les cabe una acción más enérgica y decidida en los foros mundiales para promover el cese de toda acción u omisión que altere significativamente el hábitat humano.
No tomar en cuenta este problema es encaminarse lenta pero progresivamente al exterminio de toda forma de vida en nuestro planeta.
Ser conscientes que la armonía de nuestro hábitat depende del hombre mismo es comenzar a comprender que éste debe ser considerado junto al entorno circundante. Somos parte de un todo y en consecuencia está en nosotros evitar que la naturaleza nos devuelva con mayor virulencia el daño que le provocamos.
A esa acción global y multilateral en la búsqueda de evitar el daño irremediable, debe sumársele una acción educativa que permita asumir como un  imperativo ético la preservación de nuestro entorno.
Cada nación, dijo Perón, tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales. Pero, al mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y la utilización racional de los mismos. El derecho a la subsistencia individual impone el deber de preservar la supervivencia colectiva, ya se trate de ciudadanos o pueblos.
A ello debe sumársele la polución ambiental en las ciudades y la creciente migración de las zonas rurales a las ciudades que torna imprescindible planificar estratégicamente el desarrollo urbano.
Tomar conciencia de esta amenaza es vital para el desarrollo humano. Como expresa Ikeda: “La verdad de que la vida de una sola persona vale más que todos los bienes materiales del mundo y el principio igualmente importante de que la vida y la dignidad inherente a ella sólo pueden sustentarse viviendo en armonía con la naturaleza”.
b).- Hacia un nuevo humanismo
Por qué el hombre enarbola un discurso ético meramente retórico, se ufana del avance tecnológico de que dispone mientras observa con indiferencia la creciente pauperización del mundo y agobia su existencia entregándose mansamente a la a ofensiva de la mass media y sentirse extasiado hasta con los relatos bélicos en vivo y en directo?
Uno podría encontrar múltiples respuestas. Podría asignársele la mayor cuota parte al “sistema”, a los “intereses económicos”, a las “grandes corporaciones”. La respuesta no sería errada, pero sí harto insuficiente, aún cuando el hombre está en gran parte condicionado por factores externos que influyen en muchos aspectos su conducta, aunque no la determinen fatalmente.
Llamado a dominar la naturaleza para su supervivencia, claudicó tan pronto como identificó felicidad con posesión. Una visión rapaz del medio en el que se desenvuelve lo ha llevado a servirse del mismo hasta agredirlo impiadosamente, sin tomar conciencia que en algún momento sufrirá la consecuencia de tal atropello. De igual manera, no ha vacilado en ser lobo de sí mismo para alcanzar toda meta propuesta. Un desenfrenado espíritu competitivo, exacerbado por un pensamiento que lo induce a creer que ello es así por naturaleza lo ha arrojado a actuar “libre de pecado”. Este pensamiento hobbesiano y darwinista lo fue alejando aceleradamente de su bagaje espiritual, aquel que le da sentido y razón a su propia existencia.
Esto es así ahora? O lo ha sido desde los albores de la civilización? En realidad, cualquier momento de la historia en la que nos detengamos podremos rescatar una visión dantesca cercana al Infierno del Dante. Pero hubo sombras, y también luces. Y primó en última instancia el afán por el conocimiento y un sentido de la vida imbuido de un espíritu religioso que le permitió reconocer su centralidad en la vida social y su identidad como persona.
Lo que se percibe precisamente en la actualidad es la pérdida del sentido de su espiritualidad, y aún más, la subversión del orden natural de las cosas desconociendo la perpetua relación con el mundo exterior que lo conforma.
Es una certeza, y no pretendo indagar más allá, que en un largo proceso medido en siglos, el hombre ha extraviado su propio horizonte histórico, que es colectivo por encima de ideologías y nacionalidades.
La avidez y el amor por las cosas, y el uso desenfrenado de la tecnología con total desprecio por su futuro como especie que ha transformado a la naturaleza en su peor enemigo lo han cegado, y marcha a tientas hacia su propia destrucción.
Aquella vieja idea griega de sentirse libre en tanto se asumían responsabilidades que atañen a la totalidad, pues ocuparse de aquello que parecía externo, público, significaba un deber para consigo mismo fue esfumándose por razones o causas diversas hasta desdoblar al hombre: uno hacia su interior y otro hacia afuera. El interior, lo privado, lo ligado a su conciencia regido a lo sumo por una ética de fronteras, es decir, sujetarse a lo mínimo establecido: no hacer daño a otro, y cuando no, liberado de todo imperativo ético y entregado al desenfado y la trasgresión permanente en la conquista del becerro de oro. Lo externo, lo público, como algo depositado en los centuriones de la política, y en última instancia en el mercado, pero esencialmente ajeno a su propio ser.
Este modo de comportarse, de ver lo externo como neutro a su propio ser, y lo interno como una esfera intocable desde el cual define su acciones le ha hecho creer que es autónomo, libre, capaz de definir su destino alegremente, y que por tanto su individualidad se robustece mientras pueda mantener distancia de aquello que no considera común a su existencia, no solo porque es externo a él, sino porque además lo visualiza como una amenaza a la esfera de autonomía que cree haber alcanzado al liberarse en su imaginario de las ataduras de los cánones sociales de los que reniega el postmodernismo.
La sociedad posmoderna se configura precisamente en este molde que diferencia claramente lo individual de lo colectivo, lo privado de lo público, la ética de la política.
En el último siglo, preponderantemente, el hombre depositó en la política todas las significaciones imaginarias­; sociedad que se analice, de izquierda o de derecha, puro capitalismo de Estado o puro capitalismo liberal. Las dos grandes corrientes desde las cuales la política encarnó a las sociedades del siglo XX terminaron fracasando, y desbastaron ese imaginario social que actuaba como magma para impulsar a sus miembros en la búsqueda del sueño colectivo.
Los últimos cuarenta años, en los cuales la dimensión capitalista alcanzó rasgos deshumanizante ha sido posible presenciar el derrumbe del hombre, el desprecio de la política, la claudicación en los sueños, la renuncia a la utopía y una mansa entrega, un conformismo indolente acuñado por un pensamiento postmoderno – si se prefiere capitalismo tardío, modernidad líquida- que responde claramente al nuevo orden imperial.
Es posible reconciliar el hombre interior con el hombre exterior? recuperar la cultura del esfuerzo?, la idea del progreso?, la formulación de nuevos ideales?; el amor por la naturaleza y por los seres vivos?, el renacer de las utopías?, nuevos objetivos políticos?
Sin duda que es posible, porque no estamos condenados al éxito como hombres, pero tampoco al fracaso.
Cómo construir entonces una comunidad política si la causa fin de su existencia, que es el hombre se encuentra deteriorado en su propia humanidad, ha perdido su propia esencia?
Recuperar esa esencia es volver a modelar sobre el espíritu humano valores universales que hagan de él un ser responsable, generoso y respetuoso de su entorno.
La educación se erige así como el baluarte fundamental en una tarea que se revela como ardua y larga. Pero no una educación enciclopedista ni elitista, sino una educación que sitúe a la persona en el medio en que vive; en el marco de su propia comunidad, recuperando aquella centralidad en la sociedad que lo hace artífice de su propio destino; fundamento, fin y sujeto de todas las instituciones en las que se expresa y se actúa la vida social. (Confr. Mater et Magistra, n. 219)
Porque de eso se trata, de reencontrar al hombre con sí mismo, y por lo tanto, para conocerse y reconocer al otro esa tarea no puede sino llevarse a cabo en el seno de su propia comunidad que lo sitúe frente al prójimo. Para que tome conciencia que forma parte de una gran familia y que los problemas que atañen a ella, son sus problemas, y los desafíos que presenta el medio ambiente, la naturaleza que es su entorno son problemas universales que requieren de respuestas concretas desde cada lugar en que aquel se desempeña.
El nivel de degradación del hombre y de su medio ambiente nos está indicando un camino que va más allá de los sistemas, las formas o las estructuras estatales. No existe posibilidad de construir una comunidad política sin unidad espiritual y, si como todo parece indicar, vamos en camino del universalismo, la realidad misma nos demuestra que el camino que se transita está plagado de inconsistencias.
En lo formal, es posible que el hombre alcance mediante acuerdos institucionales supraestatales la integración universal. Lo que parece de dudosa viabilidad es su sostenibilidad en tanto los argumentos basales se limiten a herramientas de neta evaluación sobre la conveniencia o inconveniencia de la misma, medida en términos económicos o en razón de las “políticas de Estado”.
El hombre, los gobiernos, los teóricos y doctrinarios de turno, que como el avestruz, esconden la cabeza mientras el mundo se desmorona, demandan a través de cuánta tribuna les resulta accesible -en honor a la verdad, casi todas- una mayor calidad de las instituciones para la gobernabilidad y declaman su voluntad de asistir financieramente a las economías en crisis. Y, en realidad, no es que esté mal hacerlo, porque también ello es una cuestión a resolver.
Lo que exaspera, violenta, y provoca desconcierto es como se apela a la mentira para aparentar sensibilidad y compasión por el drama del otro, mientras se “promueve” la integración, la ayuda humanitaria, la lucha contra el tráfico de armas, la droga, y la corrupción. Curiosamente, quienes demandan institucionalidad y un ajuste en las cuentas públicas son quienes han provocado ese déficit en los países periféricos, favorecidos por una dirigencia envilecida y una sociedad anómica.
En tanto el hombre actúe y se relacione con absoluto desprecio por la verdad no puede seriamente sostenerse que es la política la causante de nuestros males. El hombre, que por naturaleza es libre, se aleja de esa libertad cuando opta por actuar incorrectamente.
De modo que insistir en que la política se ha diluido como instrumento de conducción de la sociedad no es más que identificar un síntoma de una enfermedad. La cuestión es cómo lograr que la política ocupe nuevamente esa centralidad perdida. Cómo logramos una “mejor” política? Porque ella esta “ahí”! Se torna asible en tanto el hombre la practica, la ejerce y la comprende y se encuentra interiormente predispuesto a servir al otro en su ejercicio.
La política es una actividad práctica y receptiva; como tal está destinada a servir al hombre y se configura y toma forma en el marco de una sociedad procesando las necesidades de sus miembros y los sueños colectivos.
Es un proceso abierto, dinámico, de cambio continuo, no para garantizar la inmutabilidad de una situación dada, sino de verificación y constatación permanente de la realidad buscando transformarla en aquello que resulta disvalioso para el hombre.
La política es un módulo de avistaje de la realidad circundante. Para ejercerla hay que saber ver, indagar y comprender esa realidad. No es por lo tanto “de libro”. Si así fuera, bastaría una Universidad de la Política. Y ahí podemos aprender teoría, estudiar la historia de las instituciones políticas, prepararnos para abordar el oficio de la política. Pero no se podría asegurar la comprensión de la política, que es lo mismo que comprender la realidad. El saber intelectual aunque necesario no basta; se necesita sentido común y una predisposición interior de querer hacer el bien.
Esta sociedad desde la cual debemos abordar esa profunda revolución en el hombre es el objetivo mismo de la acción política. En la sociedad homogénea, sepultada ahora por el culto de la transitoriedad y el des-compromiso, la idea de permanencia y compromiso sustentaba la vida en sociedad aún cuando el “orden” –monopolio del poder público- y la “libertad” -consustancial al individuo- vivían en permanente conflicto. Pero el conflicto, que es propio de la vida en sociedad, encontraba su cauce por la racionalidad de la política, en tanto el hombre vivía, en general, con más certezas que incertidumbres, precisamente porque sus vínculos, al ser permanentes, reforzaban su propia seguridad como individuos y no exponía su esfera privada al show mediático que anestesia y aleja de su conciencia la preocupación por lo público.
Curiosamente, el ser humano ha abonado la peregrina idea de que desnudando su privacidad sometiéndola a la consideración pública es sinónimo de libertad, sin percatarse que ello denota, en realidad, falta de respeto a sí mismo, indignidad. Recuperar entonces la propia dignidad es recuperar la centralidad del hombre en el devenir universal.
Recuperar la centralidad del hombre exige también, adoptar una estrategia global que genere una nueva cultura del uso y del consumo de los recursos para mejorar el entorno urbano en el cual interactuamos. El hombre debe reencontrarse a sí mismo. La construcción de una sociedad justa, universalmente válida, exige la participación y compromiso de todos sus miembros; es una tarea conjunta no solo porque la complejidad del mundo actual lo exige sino fundamentalmente porque el hombre es sujeto y protagonista de la historia y porque al importarnos el otro, el prójimo, comenzamos a concebir la acción política con una visión humanista.”La persona humana es el fundamento y el fin de la convivencia política” (Const. Past. Gaudium et Spes, 25: AAS 58, 1045-1046).
No hay pues, catálogos por más bien pensados que se encuentran, aptos para orientarnos en el difícil camino de alcanzar el Bien Común, si no volvemos la mirada sobre nosotros mismos y recuperamos asimismo el sentido común como argumento central de nuestras acciones. No es, claro está, un exclusivo trabajo de reflexión individual. Requiere, como ya se expresó, un proceso educativo que nos permita recuperar valores que nos identifiquen para terminar con la visión hobessiana que se tiene de la política, y que de hecho se practica por quienes hacen de ella un vehículo de “salvación personal”.
La tecnología, el desarrollo de instrumentos para la explotación intensiva y el consumo irresponsable de la naturaleza, la búsqueda del becerro de oro a costa de la propia identidad, el paradigma del parecer como postulado de inserción social nos ha transformado, reiterando la idea, en “bestias con talento”. Pero también es cierto que “la tecnología que contamina, también puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida, a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes y futuras”
Nada de lo que nos ocurre o sucede es producto de la casualidad, aunque lo definamos como fenómenos imprevisibles, accidentes o hasta mala suerte. Somos responsables de lo que ocurre y de lo que ocurrirá. Conviene tener en cuenta, como lo supo expresar SS. Juan Pablo II, la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos. En otras palabras, pero en el mismo sentido, se expresa la filosofía budista: “Si queréis comprender las causas que existieron en el pasado, mirad los resultados que se manifiestan en el presente. Y si queréis conocer los resultados que se manifestarán en el futuro, mirad las causas que existen en el presente”.
La construcción de un nuevo humanismo exige, reitero, recuperar la espiritualidad perdida.
Comprender la dimensión de la vida es darnos crédito para el futuro.
i.- La integración como exigencia
La evolución de las formas políticas nos lleva irremediablemente a la construcción de la sociedad mundial, una suerte de polis en la que los países, sin resignar su identidad, asuman deberes y responsabilidades planetarias para la viabilidad de la especie en este mundo.
Es la Polis griega, esencialmente definida como una comunidad urbana constituía desde lo político una unidad política y religiosa, cuyo rasgo totalizador significó la prevalencia de la comunidad política como una unidad sobre la vieja  confederación de aldeas, la que marca el primer salto cualitativo en la evolución de las formas de organización social y política.                                     
En la Roma Republicana, en la que el poder se encontraba en el Senado, la Civitas romana a diferencia de la Polis griega, le concedía al ciudadano una vida privada y una esfera personal que de algún modo le reconocía una personalidad libre y autónoma. Se privilegiaba la libertad civil, no así la política. La Civitas romana se constituye a partir de la familia. Estos rasgos marcarán una diferencia entre lo público y lo privado y es esta nota distintiva la que define el segundo salto cualitativo en la evolución de las formas de organización social y política. Roma se transforma así, con esa vital distinción entre lo público y lo privado, en la fuente nodal del derecho occidental.
A la caída del Imperio Romano le seguirá la Edad Media y la fragmentación territorial que desembocará en el triunfo de la monarquía que da nacimiento al Estado Nacional. Ello significó el tercer salto cualitativo en la evolución de las formas de organización social y política, que se manifestará de maneras diversas.
Por último, el cuarto salto cualitativo en la evolución de las formas de organización política lo constituye la comunidad política supranacional, la integración de estados nacionales sujetos a órganos supranacionales que dictan políticas comunes que prevalecen sobre la de los estados miembros y una moneda única. Los ciudadanos tienen derechos frente a su propio Estado y frente a los estados de los demás países producto de su pertenencia, y sus conflictos se resuelven en última instancia en un tribunal de justicia de la comunidad.
En la actualidad, los diversos bloques de naciones buscan definir su status político-institucional que le permita, en el marco de una ampliación que potencia la diversidad existente, sellar la unidad de ese espacio político.
Todo ello, en un marco donde cada día más se hace visible la tensión por la posesión y administración de los recursos naturales, y la protección del medio ambiente.
Los organismos internacionales hoy vigentes se muestran impotentes, y en todo caso, desconocen los reclamos, necesidades e intereses de la mayoría de los países.
La sociedad civil y política universal será el resultado de concesiones recíprocas entre los países que la componen, la asunción del diálogo como premisa mayor y la institucionalización de los acuerdos en una infinidad de normas que unido al pragmatismo de sus dirigentes le permita avanzar sin pausa en la materialización de la nueva Polis.( “Lo nacional es la base de la integración continental y Universal”; “el aporte de la nación al universalismo es lo que evita el  desarraigo espiritual y material; esto es la miseria del individualismo”). La necesidad de reafirmarse frente “a los otros” y las raíces comunes por encima de las particularidades culturales de cada nación permiten vislumbrar, cualquiera fuere el diseño institucional que se consagre, que asistimos a la aurora de un nuevo salto cualitativo en las formas de organización política desde que apareciera la polis griega.
La integración es, por lo tanto, una exigencia de los pueblos, una necesidad y hasta fatalidad histórica que demandará aún mucho tiempo y esfuerzo.
La idea de regular problemas comunes, de un ámbito de coincidencia de las finalidades comunes de todos y cada una de las naciones y pueblos del mundo, deberá vertebrarse desde los bloques regionales hasta alcanzar una matriz única, que no podrá ser la actualmente diseñada en la Naciones Unidas, pues ella responde sólo a los intereses de una sinarquía de naciones que buscan sólo la protección de sus propios intereses.
ii.- La reformulación de los organismos internacionales
Erradicar la pobreza, educación universal, igualdad de géneros, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, la sostenibilidad medio ambiental, fomentar la asociación mundial, son objetivos declarados por las Naciones Unidas, cuyo éxito dista de ser alcanzado.
Por el contrario, el hambre, la muerte por inanición, las guerras, el tráfico de drogas y armas son los temas dominantes en un mundo cuya estructura organizacional se encuentra agotada.
No escapa al conocimiento básico que se impone un cambio radical en la filosofía y en la actuación de los organismos internacionales que vinculan naciones, pero desoye el sentir de los pueblos. La  ONU (Organización de Naciones Unidas), los organismos multilaterales de crédito (FMI, BM, BID etc.) y la OMC (Organización Mundial de Comercio), cooptados por un sistema dominante oculto diseñado por el poder económico se ha transformado en una “oligarquía autoelegida’’ que diseña la interdependencia de las naciones, conforme a los intereses de la misma.
El veto en las Naciones Unidas, no es sino la expresión más nítida de esa estrategia global administrada por los países centrales. Pero aún cuando ese ámbito no responda adecuadamente a los intereses de éstos, no dudan en apartarse de las reglas que ellos mismos han dictado, para defender sus intereses de modo unilateral, arrastrando en sus decisiones a muchos países periféricos.
De igual modo, se atribuyen, mediante el método panóptico, el derecho exclusivo y excluyente de realizar determinadas actividades, como el desarrollo nuclear, la cuestión ambiental, o interpretar el alcance de los derechos humanos y los crímenes de guerra, marcando claramente quien dicta, en definitiva, las reglas de juego en un mundo interdependiente, complejo y difuso.
Reformular el diseño de estos organismos es un paso previo y necesario en el camino a un nuevo orden mundial en la búsqueda de la sociedad civil y política planetaria.

Conclusión
La modificación de las estructuras sociales en el mundo implica que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad alguna y que la justicia social debe erigirse en la base de todo el sistema.[1]
Un visión planetaria debe ser vista desde las raíces de nuestra nacionalidad. Lo que hagamos en la búsqueda de esa unión fraternal debe tener como epicentro las necesidades y requerimientos de la sociedad misma.
Exige por lo tanto, el reencuentro con las propias particularidades que nos identifican, sin perder de vista cuáles son los temas de agenda que definirán el perfil del mundo y la existencia de la especie humana en el planeta.
Una visión humanista que tenga como norte la convivencia fraterna, el respeto por el entorno del cual formamos parte, y una racional y adecuada explotación de los recursos naturales, la producción de alimentos y la lucha contra los flagelos que amenazan nuestra existencia: el hambre, la droga, el pasivo ambiental, las enfermedades.
Alcanzar acuerdos sólidos acerca del carácter de patrimonio común de los recursos críticos, sin perjuicio de la soberanía sobre los mismos de aquellos países que los poseen, exige la reformulación de los organismos internacionales, los que deben estar orientados a satisfacer las demandas de los pueblos, más que de las naciones mismas.
La respuesta, que es política, siempre se genera desde la prudencia, el auxilio de la técnica y necesariamente mediante la observancia preferencial de los valores.
Una visión humanista no debe entenderse como una expresión romántica o meramente  utópica acerca de cómo se administra la interdependencia en el mundo actual. El control de las acciones de los vasallos, la imposición de programas económicos y el esfuerzo denodado para evitar uniones regionales no deseadas tipifican el rol dominante de los países centrales (básicamente, EEUU, y el overground circundante). Una estrategia que no esconden sus teóricos. Brzezinsky, en “The Grand Cheesboard” afirma: “los tres grandes imperativos de la estrategia geopolítica son: evitar la confabulación de los vasallos y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad, conseguir que los subordinados sigan siendo influenciables y maleables, y evitar que los bárbaros se coaliguen”. Como puede apreciarse, la previsibilidad que no importa certeza, pero sí denuncia una dirección y un sentido no puede combatirse desde el candor ni de la horizontalidad aséptica de quienes creen –sinceramente- que una sociedad puede reorganizarse al margen de la política y de los políticos.
Una tarea en la que nuestro país debe involucrarse sin demoras. Así responderá con creces a su historia, al legado de nuestros líderes, y a la idea central de construir una comunidad organizada, local y global.
Formar parte de esa nueva categoría histórica que está alumbrando dependerá, no tanto de los condicionamientos externos, sino de la propia voluntad de cambio que nuestros líderes sean capaces de promover en el espíritu de una comunidad que se sabe dueña de un pasado común y un futuro indivisible.



[1] Carlos Fernández Pardo y Leopoldo Frenkel; Perón, La unidad nacional  entre el conflicto y la reconstrucción -1971-1974, 1ra ed. Córdoba: del Copista, 2004, pág. 353

Comentarios

Entradas populares de este blog

Argentina y la agenda del siglo XXI (2): Las enseñanzas de la historia

El concepto de lo político - Karl Schmitt

Argentina y la agenda del siglo XXI - La construcción de consensos básicos; Un punto de partida: el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional