La Argentina y la agenda del Siglo XXI (5). Acuerdo para la Convivencia; La Agenda externa
3.- La
Agenda Externa
a).- La cuestión del
Hábitat Humano
No se afirma ninguna novedad ni originalidad cuando se
expresa que el futuro del hombre en el planeta dista de ser venturoso. La
contaminación con la consecuente destrucción paulatina del medio ambiente, las
armas de destrucción masiva dentro de las
cuales se incluyen las armas biológicas, y la droga como flagelo que
azota a la sociedad contemporánea y destruye voluntades y vidas, son datos más
que elocuentes sobre el nivel de precarización en la que pareciera ya
desarrollarse la vida humana en el planeta.
La habitabilidad del planeta se encuentra en zona de
riesgo, porque al masivo exterminio de especies biológicas debe sumársele los
desastres naturales, muchos de los
cuales encuentra su razón de ser en la acción del hombre.
Qué hacer al respecto? Sin duda, que aquellos países, como
el nuestro, poseedores de recursos naturales aún impolutos les cabe una acción
más enérgica y decidida en los foros mundiales para promover el cese de toda
acción u omisión que altere significativamente el hábitat humano.
No tomar en cuenta este problema es encaminarse lenta pero
progresivamente al exterminio de toda forma de vida en nuestro planeta.
Ser conscientes que la armonía de nuestro hábitat depende
del hombre mismo es comenzar a comprender que éste debe ser considerado junto al
entorno circundante. Somos parte de un todo y en consecuencia está en nosotros
evitar que la naturaleza nos devuelva con mayor virulencia el daño que le
provocamos.
A esa acción global y multilateral en la búsqueda de evitar
el daño irremediable, debe sumársele una acción educativa que permita asumir
como un imperativo ético la preservación
de nuestro entorno.
Cada nación, dijo Perón, tiene derecho al uso soberano de
sus recursos naturales. Pero, al mismo tiempo, cada gobierno tiene la
obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y la utilización racional de
los mismos. El derecho a la subsistencia individual impone el deber de
preservar la supervivencia colectiva, ya se trate de ciudadanos o pueblos.
A ello debe sumársele la polución ambiental en las ciudades
y la creciente migración de las zonas rurales a las ciudades que torna
imprescindible planificar estratégicamente el desarrollo urbano.
Tomar conciencia de esta amenaza es vital para el
desarrollo humano. Como expresa Ikeda: “La verdad de que la vida de una sola
persona vale más que todos los bienes materiales del mundo y el principio
igualmente importante de que la vida y la dignidad inherente a ella sólo pueden
sustentarse viviendo en armonía con la naturaleza”.
b).- Hacia un nuevo humanismo
Por qué el hombre enarbola un discurso ético meramente retórico,
se ufana del avance tecnológico de que dispone mientras observa con
indiferencia la creciente pauperización del mundo y agobia su existencia
entregándose mansamente a la a ofensiva de la mass media y sentirse extasiado
hasta con los relatos bélicos en vivo y en directo?
Uno podría encontrar múltiples respuestas. Podría asignársele la
mayor cuota parte al “sistema”, a los “intereses económicos”, a las “grandes
corporaciones”. La respuesta no sería errada, pero sí harto insuficiente, aún
cuando el hombre está en gran parte condicionado por factores externos que
influyen en muchos aspectos su conducta, aunque no la determinen fatalmente.
Llamado a dominar la naturaleza para su supervivencia, claudicó
tan pronto como identificó felicidad con posesión. Una visión rapaz del medio
en el que se desenvuelve lo ha llevado a servirse del mismo hasta agredirlo
impiadosamente, sin tomar conciencia que en algún momento sufrirá la
consecuencia de tal atropello. De igual manera, no ha vacilado en ser lobo de
sí mismo para alcanzar toda meta propuesta. Un desenfrenado espíritu
competitivo, exacerbado por un pensamiento que lo induce a creer que ello es
así por naturaleza lo ha arrojado a actuar “libre de pecado”. Este pensamiento
hobbesiano y darwinista lo fue alejando aceleradamente de su bagaje espiritual,
aquel que le da sentido y razón a su propia existencia.
Esto es así ahora? O lo ha sido desde los albores de la
civilización? En realidad, cualquier momento de la historia en la que nos
detengamos podremos rescatar una visión dantesca cercana al Infierno del Dante.
Pero hubo sombras, y también luces. Y primó en última instancia el afán por el
conocimiento y un sentido de la vida imbuido de un espíritu religioso que le
permitió reconocer su centralidad en la vida social y su identidad como
persona.
Lo que se percibe precisamente en la actualidad es la pérdida del
sentido de su espiritualidad, y aún más, la subversión del orden natural de las
cosas desconociendo la perpetua relación con el mundo exterior que lo conforma.
Es una certeza, y no pretendo indagar más allá, que en un largo
proceso medido en siglos, el hombre ha extraviado su propio horizonte
histórico, que es colectivo por encima de ideologías y nacionalidades.
La avidez y el amor por las cosas, y el uso desenfrenado de la
tecnología con total desprecio por su futuro como especie que ha transformado a
la naturaleza en su peor enemigo lo han cegado, y marcha a tientas hacia su
propia destrucción.
Aquella vieja idea griega de sentirse libre en tanto se asumían
responsabilidades que atañen a la totalidad, pues ocuparse de aquello que
parecía externo, público, significaba un deber para consigo mismo fue
esfumándose por razones o causas diversas hasta desdoblar al hombre: uno hacia
su interior y otro hacia afuera. El interior, lo privado, lo ligado a su
conciencia regido a lo sumo por una ética de fronteras, es decir, sujetarse a
lo mínimo establecido: no hacer daño a otro, y cuando no, liberado de todo imperativo
ético y entregado al desenfado y la trasgresión permanente en la conquista del
becerro de oro. Lo externo, lo público, como algo depositado en los centuriones
de la política, y en última instancia en el mercado, pero esencialmente ajeno a
su propio ser.
Este modo de comportarse, de ver lo externo como neutro a su
propio ser, y lo interno como una esfera intocable desde el cual define su
acciones le ha hecho creer que es autónomo, libre, capaz de definir su destino
alegremente, y que por tanto su individualidad se robustece mientras pueda
mantener distancia de aquello que no considera común a su existencia, no solo
porque es externo a él, sino porque además lo visualiza como una amenaza a la
esfera de autonomía que cree haber alcanzado al liberarse en su imaginario de
las ataduras de los cánones sociales de los que reniega el postmodernismo.
La sociedad posmoderna se configura precisamente en este molde que
diferencia claramente lo individual de lo colectivo, lo privado de lo público,
la ética de la política.
En el último siglo, preponderantemente, el hombre depositó en la
política todas las significaciones imaginarias; sociedad que se analice, de
izquierda o de derecha, puro capitalismo de Estado o puro capitalismo liberal.
Las dos grandes corrientes desde las cuales la política encarnó a las
sociedades del siglo XX terminaron fracasando, y desbastaron ese imaginario
social que actuaba como magma para impulsar a sus miembros en la búsqueda del
sueño colectivo.
Los últimos cuarenta años, en los cuales la dimensión capitalista
alcanzó rasgos deshumanizante ha sido posible presenciar el derrumbe del
hombre, el desprecio de la política, la claudicación en los sueños, la renuncia
a la utopía y una mansa entrega, un conformismo indolente acuñado por un pensamiento
postmoderno – si se prefiere capitalismo tardío, modernidad líquida- que
responde claramente al nuevo orden imperial.
Es posible reconciliar el hombre interior con el hombre exterior?
recuperar la cultura del esfuerzo?, la idea del progreso?, la formulación de
nuevos ideales?; el amor por la naturaleza y por los seres vivos?, el renacer
de las utopías?, nuevos objetivos políticos?
Sin duda que es posible, porque no estamos condenados al éxito
como hombres, pero tampoco al fracaso.
Cómo construir entonces una comunidad política si la causa fin de
su existencia, que es el hombre se encuentra deteriorado en su propia
humanidad, ha perdido su propia esencia?
Recuperar esa esencia es volver a modelar sobre el espíritu humano
valores universales que hagan de él un ser responsable, generoso y respetuoso
de su entorno.
La educación se erige así como el baluarte fundamental en una
tarea que se revela como ardua y larga. Pero no una educación enciclopedista ni
elitista, sino una educación que sitúe a la persona en el medio en que vive; en
el marco de su propia comunidad, recuperando aquella centralidad en la sociedad
que lo hace artífice de su propio destino; fundamento, fin y sujeto de todas
las instituciones en las que se expresa y se actúa la vida social. (Confr.
Mater et Magistra, n. 219)
Porque de eso se trata, de reencontrar al hombre con sí mismo, y
por lo tanto, para conocerse y reconocer al otro esa tarea no puede sino
llevarse a cabo en el seno de su propia comunidad que lo sitúe frente al
prójimo. Para que tome conciencia que forma parte de una gran familia y que los
problemas que atañen a ella, son sus problemas, y los desafíos que presenta el
medio ambiente, la naturaleza que es su entorno son problemas universales que
requieren de respuestas concretas desde cada lugar en que aquel se desempeña.
El nivel de degradación del hombre y de su medio ambiente nos está
indicando un camino que va más allá de los sistemas, las formas o las
estructuras estatales. No existe posibilidad de construir una comunidad política
sin unidad espiritual y, si como todo parece indicar, vamos en camino del
universalismo, la realidad misma nos demuestra que el camino que se transita
está plagado de inconsistencias.
En lo formal, es posible que el hombre alcance mediante acuerdos institucionales
supraestatales la integración universal. Lo que parece de dudosa viabilidad es
su sostenibilidad en tanto los argumentos basales se limiten a herramientas de
neta evaluación sobre la conveniencia o inconveniencia de la misma, medida en
términos económicos o en razón de las “políticas de Estado”.
El hombre, los gobiernos, los teóricos y doctrinarios de turno,
que como el avestruz, esconden la cabeza mientras el mundo se desmorona,
demandan a través de cuánta tribuna les resulta accesible -en honor a la
verdad, casi todas- una mayor calidad de las instituciones para la
gobernabilidad y declaman su voluntad de asistir financieramente a las
economías en crisis. Y, en realidad, no es que esté mal hacerlo, porque también
ello es una cuestión a resolver.
Lo que exaspera, violenta, y provoca desconcierto es como se apela
a la mentira para aparentar sensibilidad y compasión por el drama del otro,
mientras se “promueve” la integración, la ayuda humanitaria, la lucha contra el
tráfico de armas, la droga, y la corrupción. Curiosamente, quienes demandan
institucionalidad y un ajuste en las cuentas públicas son quienes han provocado
ese déficit en los países periféricos, favorecidos por una dirigencia
envilecida y una sociedad anómica.
En tanto el hombre actúe y se relacione con absoluto desprecio por
la verdad no puede seriamente sostenerse que es la política la causante de
nuestros males. El hombre, que por naturaleza es libre, se aleja de esa
libertad cuando opta por actuar incorrectamente.
De modo que insistir en que la política se ha diluido como
instrumento de conducción de la sociedad no es más que identificar un síntoma
de una enfermedad. La cuestión es cómo lograr que la política ocupe nuevamente
esa centralidad perdida. Cómo logramos una “mejor” política? Porque ella esta
“ahí”! Se torna asible en tanto el hombre la practica, la ejerce y la comprende
y se encuentra interiormente predispuesto a servir al otro en su ejercicio.
La política es una actividad práctica y receptiva; como tal está
destinada a servir al hombre y se configura y toma forma en el marco de una
sociedad procesando las necesidades de sus miembros y los sueños colectivos.
Es un proceso abierto, dinámico, de cambio continuo, no para
garantizar la inmutabilidad de una situación dada, sino de verificación y
constatación permanente de la realidad buscando transformarla en aquello que
resulta disvalioso para el hombre.
La política es un módulo de avistaje de la realidad circundante.
Para ejercerla hay que saber ver, indagar y comprender esa realidad. No es por
lo tanto “de libro”. Si así fuera, bastaría una Universidad de la Política. Y
ahí podemos aprender teoría, estudiar la historia de las instituciones
políticas, prepararnos para abordar el oficio de la política. Pero no se podría
asegurar la comprensión de la política, que es lo mismo que comprender la
realidad. El saber intelectual aunque necesario no basta; se necesita sentido
común y una predisposición interior de querer hacer el bien.
Esta sociedad desde la cual debemos abordar esa profunda
revolución en el hombre es el objetivo mismo de la acción política. En la
sociedad homogénea, sepultada ahora por el culto de la transitoriedad y el
des-compromiso, la idea de permanencia y compromiso sustentaba la vida en
sociedad aún cuando el “orden” –monopolio del poder público- y la “libertad”
-consustancial al individuo- vivían en permanente conflicto. Pero el conflicto,
que es propio de la vida en sociedad, encontraba su cauce por la racionalidad
de la política, en tanto el hombre vivía, en general, con más certezas que
incertidumbres, precisamente porque sus vínculos, al ser permanentes,
reforzaban su propia seguridad como individuos y no exponía su esfera privada
al show mediático que anestesia y aleja de su conciencia la preocupación por lo
público.
Curiosamente, el ser humano ha abonado la peregrina idea de que
desnudando su privacidad sometiéndola a la consideración pública es sinónimo de
libertad, sin percatarse que ello denota, en realidad, falta de respeto a sí
mismo, indignidad. Recuperar entonces la propia dignidad es recuperar la
centralidad del hombre en el devenir universal.
Recuperar la centralidad del hombre exige también, adoptar una
estrategia global que genere una nueva cultura del uso y del consumo de los
recursos para mejorar el entorno urbano en el cual interactuamos. El hombre
debe reencontrarse a sí mismo. La construcción de una sociedad justa, universalmente
válida, exige la participación y compromiso de todos sus miembros; es una tarea
conjunta no solo porque la complejidad del mundo actual lo exige sino
fundamentalmente porque el hombre es sujeto y protagonista de la historia y
porque al importarnos el otro, el prójimo, comenzamos a concebir la acción
política con una visión humanista.”La persona humana es el fundamento y el fin
de la convivencia política” (Const. Past. Gaudium et Spes, 25: AAS 58,
1045-1046).
No hay pues, catálogos por más bien pensados que se encuentran,
aptos para orientarnos en el difícil camino de alcanzar el Bien Común, si no
volvemos la mirada sobre nosotros mismos y recuperamos asimismo el sentido
común como argumento central de nuestras acciones. No es, claro está, un exclusivo
trabajo de reflexión individual. Requiere, como ya se expresó, un proceso
educativo que nos permita recuperar valores que nos identifiquen para terminar
con la visión hobessiana que se tiene de la política, y que de hecho se
practica por quienes hacen de ella un vehículo de “salvación personal”.
La tecnología, el desarrollo de instrumentos para la explotación
intensiva y el consumo irresponsable de la naturaleza, la búsqueda del becerro
de oro a costa de la propia identidad, el paradigma del parecer como postulado
de inserción social nos ha transformado, reiterando la idea, en “bestias con
talento”. Pero también es cierto que “la tecnología que contamina, también
puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir
equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida,
a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes
y futuras”
Nada de lo que nos ocurre o sucede es producto de la casualidad,
aunque lo definamos como fenómenos imprevisibles, accidentes o hasta mala
suerte. Somos responsables de lo que ocurre y de lo que ocurrirá. Conviene
tener en cuenta, como lo supo expresar SS. Juan Pablo II, la naturaleza de cada
ser y su mutua conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos.
En otras palabras, pero en el mismo sentido, se expresa la filosofía budista:
“Si queréis comprender las causas que existieron en el pasado, mirad los
resultados que se manifiestan en el presente. Y si queréis conocer los
resultados que se manifestarán en el futuro, mirad las causas que existen en el
presente”.
La construcción de un nuevo humanismo exige, reitero, recuperar la
espiritualidad perdida.
Comprender la dimensión de la
vida es darnos crédito para el futuro.
i.- La integración como exigencia
La evolución de las formas
políticas nos lleva irremediablemente a la construcción de la sociedad mundial,
una suerte de polis en la que los países, sin resignar su identidad, asuman
deberes y responsabilidades planetarias para la viabilidad de la especie en
este mundo.
Es la Polis griega, esencialmente definida como una comunidad urbana
constituía desde lo político una unidad política y religiosa, cuyo rasgo
totalizador significó la prevalencia de la comunidad política como una unidad
sobre la vieja confederación de aldeas, la que
marca el primer salto cualitativo en la evolución de las formas de organización
social y política.
En la Roma Republicana, en la que el poder se encontraba en el Senado, la Civitas
romana a diferencia de la Polis griega, le concedía al ciudadano una vida
privada y una esfera personal que de algún modo le reconocía una personalidad
libre y autónoma. Se privilegiaba la libertad civil, no así la política. La Civitas
romana se constituye a partir de la familia. Estos rasgos marcarán una
diferencia entre lo público y lo privado y es esta nota distintiva la que
define el segundo salto cualitativo en la evolución de las formas de organización
social y política. Roma se transforma así, con esa vital distinción entre lo público y lo
privado, en la fuente nodal del derecho occidental.
A la caída del Imperio Romano le seguirá la Edad Media y la fragmentación
territorial que desembocará en el triunfo de la monarquía que da nacimiento al Estado
Nacional. Ello significó el tercer salto cualitativo en la evolución de las formas
de organización social y política, que se manifestará de
maneras diversas.
Por último, el cuarto salto cualitativo en la evolución de las formas
de organización política lo constituye la comunidad política supranacional, la integración
de estados nacionales sujetos a órganos supranacionales que dictan políticas
comunes que prevalecen sobre la de los estados miembros y una moneda única. Los
ciudadanos tienen derechos frente a su propio Estado y frente a los estados de
los demás países producto de su pertenencia, y sus conflictos se resuelven en
última instancia en un tribunal de justicia de la comunidad.
En la actualidad, los diversos bloques de naciones buscan
definir su status político-institucional que le permita, en el marco de una
ampliación que potencia la diversidad existente, sellar la unidad de ese
espacio político.
Todo ello, en un marco donde cada día más
se hace visible la tensión por la posesión y administración de los recursos
naturales, y la protección del medio ambiente.
Los organismos internacionales hoy vigentes
se muestran impotentes, y en todo caso, desconocen los reclamos, necesidades e
intereses de la mayoría de los países.
La sociedad civil y política universal será
el resultado de concesiones recíprocas entre los países que la componen, la
asunción del diálogo como premisa mayor y la institucionalización de los
acuerdos en una infinidad de normas que unido al pragmatismo de sus dirigentes
le permita avanzar sin pausa en la materialización de la nueva Polis.( “Lo nacional es la base de la integración continental
y Universal”; “el aporte de la nación al universalismo es lo que evita el desarraigo espiritual y material; esto es la
miseria del individualismo”). La necesidad de reafirmarse frente “a los otros” y las raíces comunes por
encima de las particularidades culturales de cada nación permiten vislumbrar,
cualquiera fuere el diseño institucional que se consagre, que asistimos a la
aurora de un nuevo salto cualitativo en las formas de organización política
desde que apareciera la polis griega.
La integración es, por lo
tanto, una exigencia de los pueblos, una necesidad y hasta fatalidad histórica
que demandará aún mucho tiempo y esfuerzo.
La idea de regular problemas
comunes, de un ámbito de coincidencia de las finalidades comunes de todos y
cada una de las naciones y pueblos del mundo, deberá vertebrarse desde los
bloques regionales hasta alcanzar una matriz única, que no podrá ser la actualmente
diseñada en la Naciones Unidas, pues ella responde sólo a los intereses de una
sinarquía de naciones que buscan sólo la protección de sus propios intereses.
ii.- La reformulación de los
organismos internacionales
Erradicar la pobreza, educación universal, igualdad de géneros,
reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA,
la sostenibilidad medio ambiental, fomentar la asociación mundial, son
objetivos declarados por las Naciones Unidas, cuyo éxito dista de ser alcanzado.
Por el contrario, el hambre, la muerte por inanición, las
guerras, el tráfico de drogas y armas son los temas dominantes en un mundo cuya
estructura organizacional se encuentra agotada.
No escapa al conocimiento básico que se impone un cambio radical
en la filosofía y en la actuación de los organismos internacionales que
vinculan naciones, pero desoye el sentir de los pueblos. La ONU (Organización de Naciones Unidas), los
organismos multilaterales de crédito (FMI, BM, BID etc.) y la OMC (Organización
Mundial de Comercio), cooptados por un sistema dominante oculto diseñado por el
poder económico se ha transformado en una “oligarquía autoelegida’’ que diseña
la interdependencia de las naciones, conforme a los intereses de la misma.
El veto en las Naciones Unidas, no es sino la expresión más
nítida de esa estrategia global administrada por los países centrales. Pero aún
cuando ese ámbito no responda adecuadamente a los intereses de éstos, no dudan
en apartarse de las reglas que ellos mismos han dictado, para defender sus
intereses de modo unilateral, arrastrando en sus decisiones a muchos países
periféricos.
De igual modo, se atribuyen, mediante el método panóptico, el
derecho exclusivo y excluyente de realizar determinadas actividades, como el
desarrollo nuclear, la cuestión ambiental, o interpretar el alcance de los
derechos humanos y los crímenes de guerra, marcando claramente quien dicta, en
definitiva, las reglas de juego en un mundo interdependiente, complejo y
difuso.
Reformular el diseño de estos organismos es un paso previo y
necesario en el camino a un nuevo orden mundial en la búsqueda de la sociedad
civil y política planetaria.
Conclusión
La modificación de las estructuras sociales en el mundo implica
que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de
sociedad alguna y que la justicia social debe erigirse en la base de todo el
sistema.[1]
Un visión planetaria debe ser vista desde las raíces de nuestra
nacionalidad. Lo que hagamos en la búsqueda de esa unión fraternal debe tener
como epicentro las necesidades y requerimientos de la sociedad misma.
Exige por lo tanto, el reencuentro con las propias
particularidades que nos identifican, sin perder de vista cuáles son los temas
de agenda que definirán el perfil del mundo y la existencia de la especie
humana en el planeta.
Una visión humanista que tenga como norte la convivencia
fraterna, el respeto por el entorno del cual formamos parte, y una racional y
adecuada explotación de los recursos naturales, la producción de alimentos y la
lucha contra los flagelos que amenazan nuestra existencia: el hambre, la droga,
el pasivo ambiental, las enfermedades.
Alcanzar acuerdos sólidos acerca del carácter de patrimonio
común de los recursos críticos, sin perjuicio de la soberanía sobre los mismos
de aquellos países que los poseen, exige la reformulación de los organismos
internacionales, los que deben estar orientados a satisfacer las demandas de
los pueblos, más que de las naciones mismas.
La
respuesta, que es política, siempre se genera desde la prudencia, el auxilio de
la técnica y necesariamente mediante la observancia preferencial de los
valores.
Una
visión humanista no debe entenderse como una expresión romántica o meramente utópica acerca de cómo se administra la
interdependencia en el mundo actual. El control de las acciones de los
vasallos, la imposición de programas económicos y el esfuerzo denodado para
evitar uniones regionales no deseadas tipifican el rol dominante de los países
centrales (básicamente, EEUU, y el overground circundante). Una estrategia que
no esconden sus teóricos. Brzezinsky, en “The Grand Cheesboard” afirma: “los
tres grandes imperativos de la estrategia geopolítica son: evitar la
confabulación de los vasallos y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad,
conseguir que los subordinados sigan siendo influenciables y maleables, y
evitar que los bárbaros se coaliguen”. Como puede apreciarse, la previsibilidad
que no importa certeza, pero sí denuncia una dirección y un sentido no puede
combatirse desde el candor ni de la horizontalidad aséptica de quienes creen
–sinceramente- que una sociedad puede reorganizarse al margen de la política y
de los políticos.
Una tarea en la que nuestro país debe involucrarse sin demoras.
Así responderá con creces a su historia, al legado de nuestros líderes, y a la
idea central de construir una comunidad organizada, local y global.
Formar parte de esa nueva categoría histórica que está
alumbrando dependerá, no tanto de los condicionamientos externos, sino de la
propia voluntad de cambio que nuestros líderes sean capaces de promover en el
espíritu de una comunidad que se sabe dueña de un pasado común y un futuro
indivisible.
[1] Carlos
Fernández Pardo y Leopoldo Frenkel; Perón, La unidad nacional entre el conflicto y la reconstrucción
-1971-1974, 1ra ed. Córdoba: del Copista, 2004, pág. 353
a).- La cuestión del
Hábitat Humano
b).- Hacia un nuevo humanismo
Conclusión
Formar parte de esa nueva categoría histórica que está
alumbrando dependerá, no tanto de los condicionamientos externos, sino de la
propia voluntad de cambio que nuestros líderes sean capaces de promover en el
espíritu de una comunidad que se sabe dueña de un pasado común y un futuro
indivisible.
[1] Carlos
Fernández Pardo y Leopoldo Frenkel; Perón, La unidad nacional entre el conflicto y la reconstrucción
-1971-1974, 1ra ed. Córdoba: del Copista, 2004, pág. 353
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