La política como profesión
Nota preliminar del traductor
En lo esencial, La Política como Profesión –
con frecuencia traducida como La Política como Vocación por esa
ambivalencia de la palabra alemana "Beruf", a veces difícil de
volcar a otro idioma - es una conferencia que Max Weber pronunció, apenas unos
80 días después de finalizada la Primera Guerra Mundial, durante el caótico
invierno de 1919, por invitación de la Asociación Libre de Estudiantes de
Munich. Más tarde, Weber amplió su exposición antes de darla a la imprenta y la
publicó por vez primera en su forma actual durante el verano del mismo año.
La conferencia como tal, formaba parte de un ciclo
a cargo de diversos oradores con el fin de orientar a una juventud que recién
había dejado las armas y se veía ante un país completamente trastornado, tanto
por el impacto de la guerra en sí como por la muy inestable, volátil y hasta
peligrosa situación surgida con la postguerra.
De hecho, Alemania estaba poco menos que postrada y
en un muy serio conflicto interno consigo misma. La monarquía, encabezada por
el Káiser Federico Guillermo II había caído como resultado de una revolución
que comenzó con el motín de los marinos que se negaron a sacar la flota de
guerra alemana al Mar del Norte para combatir a los ingleses. En pocos días la
revuelta se extendió por todo el país, forzando la abdicación del Káiser a
principios de Noviembre de 1918. Los hechos emularon de algún modo lo sucedido
casi exactamente un año antes, en Noviembre de 1917, cuando estalló la
revolución bolchevique en Rusia bajo el liderazgo de Lenin y Trotsky, forzando
la abdicación del Zar que, a diferencia del Káiser, fue asesinado junto con
toda su familia poco tiempo después.
Una vez abdicado el Káiser y derrocada la
monarquía, el 9 de Noviembre de 1918 se dio la curiosa situación que se
declararan dos repúblicas simultáneamente: Philipp Scheidemann proclamó una de
ellas y apenas dos horas más tarde, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg de la Liga
Espartaquista proclamaron la otra. A pesar de las revueltas y el desorden
general imperante, los líderes del Partido Socialdemócrata alemán consiguieron
estabilizar de algún modo la situación hacia enero de 1919, en no escasa medida
con la represión del llamado “alzamiento espartaquista”, así denominado por
haber sido impulsado – entre otros – por la ya mencionada Liga Espartaquista,
la antecesora directa de lo que luego sería el Partido Comunista Alemán. El
proceso desembocó finalmente en una altamente inestable república – la
denominada República de Weimar – que, a su vez, sería eliminada después de los
avances electorales de los nacionalsocialistas y la llegada al poder de Hitler
en Enero de 1933.
Pero volviendo 1919, el auditorio ante el cual
Weber pronunció su conferencia estaba compuesto por jóvenes que, en su gran
mayoría, habían sido protagonistas directos o indirectos de los hechos de
aquellos años. Jóvenes que, de un modo u otro, aspiraban a producir los cambios
políticos que la realidad estaba pidiendo poco menos que a los gritos. Había
entre ellos anarquistas, nacionalistas, comunistas, conservadores, socialistas,
pacifistas, creyentes, ateos, protestantes, católicos y todo el variopinto
espectro de “ismos” y tendencias que siempre se forma en tiempos de profunda
crisis. La intolerancia política, el fanatismo extremo, la violencia desatada
en las calles con una nada escasa cantidad de muertos en todos los bandos, y la
más que heterogénea composición ideológica de su auditorio pueden dan una idea
cabal del coraje civil realmente extraordinario que tenía que tener un hombre
como Weber para plantarse ante su público y dirigirse a él en los términos y de
la manera en que lo hizo.
Lo que dijo fue lo siguiente:
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
La conferencia que hoy, accediendo a los deseos de
ustedes, he de pronunciar, necesariamente habrá de defraudarlos en muchos
sentidos. De una exposición sobre la política como profesión esperarán ustedes,
incluso involuntariamente, una toma de posición frente a los problemas
actuales. Esto, sin embargo, es cosa que haré sólo al final, de un modo
puramente formal y en conexión con determinadas cuestiones relativas a la
importancia de la actividad política dentro del marco general de la conducta
humana. Por el contrario, en la exposición de hoy deberán quedar completamente
excluidas todas las cuestiones relacionadas con cual [1]
política habría que aplicar, es decir: cuales son los contenidos que uno
debe integrar en su actividad política. Estas cuestiones nada tienen que
ver con el problema general de qué es y qué puede significar la política como
profesión. Pasemos, pues, a nuestro tema.
¿Qué entendemos por política? El concepto es
extraordinariamente amplio y abarca cualquier género de actividad directiva
autónoma. Se habla de la política de divisas de los bancos, de la política de
descuento del Reichsbank, de la política de un sindicato en una huelga, y se
puede hablar de la política escolar de una ciudad o de una aldea, de la
política que la presidencia de una asociación ejecuta en la dirección de la
misma; incluso de la política de una esposa inteligente que trata de dirigir a
su marido. Naturalmente, no es este amplio concepto el que servirá de base a
nuestras consideraciones en la tarde de hoy. Por política entenderemos
solamente la dirección – o la influencia sobre la dirección – de una comunidad
política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado.
Pero, desde el punto de vista de la consideración
sociológica, ¿qué es una comunidad “política”? ¿Qué es un “Estado”? Tampoco
éste se deja definir sociológicamente a partir del contenido de lo que hace.
Casi no hay tarea que aquí o allá no haya sido acometida por una comunidad
política y, por otra parte, tampoco existe alguna tarea de la que puede decirse
que haya sido siempre, de modo completo y exclusivo competencia propia
de esas comunidades políticas que hoy llamamos Estados o de aquellas que, históricamente,
fueron las antecesoras del Estado moderno. En última instancia, el Estado
moderno sólo es definible sociológicamente a partir de un medio
específico que él, como toda comunidad política, posee: la violencia física.
“Todo Estado se basa sobre la violencia”, dijo Trotsky en Brest-Litowsk [2].
Objetivamente, esto es correcto. Si solamente existiesen estructuras sociales
que ignorasen la violencia como medio, el concepto de “Estado” habría
desaparecido; y en ese caso se habría instaurado lo que, en este
sentido específico de la palabra, llamaríamos “anarquía”. Naturalmente, la
violencia no es, ni el medio normal ni el único medio empleado por el Estado, –
nadie habla de eso – pero sí es el medio que le es específico. Justamente en la
actualidad es especialmente íntima la relación del Estado con la violencia. En
el pasado las más diversas comunidades – comenzando por el clan –
conocieron la violencia como un medio completamente normal. Hoy, por el
contrario, tendremos que decir que Estado es aquella comunidad humana que,
dentro de un determinado territorio (el “territorio” pertenece a la
caracterización), reclama para sí (con éxito) el monopolio de la violencia
física legítima. Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás
asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física
en la medida en que el Estado, por su parte, lo permite. El Estado es
considerado como la única fuente del “derecho” a la violencia. “Política”
significaría, pues, para nosotros: la intención de participar del poder, o de
influir en la distribución del poder, ya sea entre los Estados, ya sea dentro
de un Estado, o bien entre los grupos de personas a las que el Estado abarca.
En lo esencial, esto se corresponde con la
terminología habitual. Cuando se dice que una cuestión es “política”, o que un
ministro o un funcionario es un “político”, o que una decisión está “políticamente”
condicionada, lo que siempre se quiere significar es que la respuesta a la
cuestión, o la determinación de la esfera de actividad de aquel
funcionario, o las condiciones de la decisión, dependen esencialmente de los
intereses relacionados con la distribución, la conservación o los
desplazamientos del poder. El que hace política aspira al poder; ya sea al
poder como medio al servicio de otros objetivos – sean éstos idealistas o
egoístas – o bien al poder “por el poder mismo”, para gozar de la sensación de
prestigio que el poder confiere.
El Estado, al igual que todas las comunidades
políticas que lo han precedido a lo largo de la Historia, es una relación de dominio
de hombres sobre hombres, basada sobre el medio de la violencia legítima (es
decir: considerada legítima). Por consiguiente, para que perdure, es preciso
que las personas dominadas acaten la autoridad que reclaman para sí quienes en
un momento dado dominan. ¿Cuándo y por qué hacen esto? ¿Sobre qué argumentos
justificativos intrínsecos y sobre qué medios externos se apoya esta
dominación?
Por de pronto y para comenzar con ellas, existen en
principio tres justificaciones intrínsecas – vale decir: fundamentos para
la legitimación de un dominio. En primer lugar, la legitimidad del
“eterno ayer”, de la costumbre consagrada tanto por su validez desde tiempos
inmemoriales como por la consuetudinaria predisposición de los hombres a
respetarla. Es la legitimidad “tradicional” que ejercían el patriarca y el
príncipe patrimonial de viejo cuño. Después, está la autoridad de la gracia
personal y extraordinaria (el carisma), con la correlativa adhesión
completamente personal y la igualmente personal confianza en la clarividencia,
el heroísmo u otras cualidades de mando de una persona. Es el mando
“carismático” como el que ejerce el profeta o – en el terreno político –
el jefe militar elegido, el gobernante plebiscitado, el gran demagogo, o el
líder político partidario. Por último está el dominio en virtud de la “legalidad”,
en virtud de la fe en la vigencia de estatutos legales y en la “aptitud”
objetiva cimentada sobre normas establecidas racionalmente; es decir: en la
predisposición hacia la obediencia de obligaciones legalmente establecidas. Es
el dominio que ejercen el moderno “servidor del Estado” y todos aquellos
titulares del poder que en este sentido se le parecen.
Es fácil comprender que, en la realidad, la
subordinación está condicionada por muy poderosos motivos de temor y esperanza
– temor, ya sea a la venganza por parte de poderes mágicos o bien por parte del
detentador del poder; esperanza de obtener una recompensa, terrena o
ultraterrena – y, además, por intereses de la más diversa índole. Veremos
esto en seguida. Pero al investigar los motivos “legitimantes” de la
subordinación nos topamos siempre con estos tres tipos “puros”.
Estas concepciones de la legitimidad y su
fundamentación intrínseca son de suma importancia para la estructura del
gobierno. Por supuesto, los tipos puros se encuentran muy raramente en la realidad,
pero hoy no podemos ocuparnos aquí de las altamente complejas modificaciones,
transiciones y combinaciones de estos tipos puros. Esto corresponde a los
problemas de la “teoría general del Estado”. Lo que hoy y aquí nos interesa es,
sobre todo, el segundo de estos tipos: el dominio del “carisma” puramente
personal del “líder” producido por la adhesión de quienes le obedecen. Es que
aquí tiene sus raíces la idea de la profesión vocacional en su más alta
expresión. La entrega al carisma del profeta, del jefe en la guerra, del
realmente gran demagogo en la Ekklesia o el Parlamento, significa
precisamente que esta persona es considerada como alguien que está íntimamente
“llamado” a ser conductor de hombres, y estos hombres no le obedecen por la
fuerza de la costumbre o por el imperio de una norma legal, sino porque creen
en él. Por su parte, él vive para su causa, “sueña con su obra”, si es algo más
que un estrecho y fatuo advenedizo del momento; pero en sus partidarios, sus
discípulos, sus seguidores, sus correligionarios partidarios completamente
personales, la adhesión se dirige hacia su persona y hacia sus cualidades
personales.
El liderazgo, en todos los ámbitos y en todas las
épocas históricas, ha aparecido en las figuras más importantes de la
antigüedad: por un lado en la del mago o el profeta y, por el otro, en la del
príncipe guerrero, el jefe bandolero, o el condotiero. Lo propio de Occidente
es – sin embargo y esto es lo que aquí más nos incumbe – el liderazgo político,
que apareció, primero en la figura del “demagogo” libre, surgido en el ámbito
del Estado-ciudad exclusivamente propio de Occidente, sobre todo de la cultura
mediterránea; y más tarde en la del “líder partidario” del entorno
parlamentario, que surgió en el ámbito del Estado constitucional, institución
que también es exclusivamente propia de Occidente.
Naturalmente, estos políticos por “profesión” – en
el más propio sentido del término –nunca y en ningún lado son las únicas
figuras determinantes en el mecanismo político de la lucha por el poder.
Altamente decisivo en esto es, más bien, la clase de los medios auxiliares que
tienen a su disposición. ¿Cómo comienzan los poderes políticos predominantes a
afirmar su dominio? La pregunta es válida para cualquier clase de dominio y,
por lo tanto, también para el dominio político en todas sus formas; tanto para
la forma tradicional, como para la legal o la carismática.
Toda empresa de gobierno que pretenda lograr una
administración continua necesitará, por un lado la disposición de la actitud
humana a obedecer a aquellos jefes que pretenden ser portadores del poder
legítimo y, por el otro lado y por medio de esta obediencia, la capacidad
de disponer de aquellos recursos concretos que, dado el caso, resultarán
necesarios para la ejecución de la violencia física, es decir: los recursos
administrativos humanos y los recursos administrativos materiales.
Naturalmente, el cuerpo administrativo – que
representa el aspecto visible externo de la empresa de dominio político al
igual que en cualquier otra empresa – no está vinculado con el dueño del poder
por esas ideas de legitimidad que mencionamos antes, sino por dos medios que
apelan al interés personal: la retribución material y el honor social. El feudo
de los vasallos, las prebendas de los funcionarios patrimoniales, el salario de
funcionarios públicos modernos, el honor del caballero, los privilegios
estamentales, el prestigio de la función pública; constituyen la recompensa del
cuerpo administrativo que, junto con el temor a perderla, forman el fundamento
último y decisivo de la solidaridad de este cuerpo con el dueño del poder. Esto
es válido también para el liderazgo carismático: honor militar y botín para los
compañeros del guerrero; los “spoils”[3]
para el séquito del demagogo, es decir: explotación de los dominados mediante
el monopolio de los puestos públicos, beneficios dependientes de la política y
premios honoríficos que halagan la vanidad.
Para el mantenimiento de todo dominio coercitivo se
requieren ciertos bienes materiales externos, en un todo igual que en una
empresa económica. Todos los regímenes estatales pueden, pues, clasificarse
según dos criterios: o bien el cuerpo de personas con cuya obediencia el
titular del poder debe poder contar – sean éstas empleados, funcionarios o lo
que fuere – son propietarias de los medios administrativos – se hallen
estos medios constituidos por dinero, edificios, material bélico, flotas de
vehículos, caballos o lo que fuere, – o bien el cuerpo de funcionarios se halla
“separado” de los medios administrativos del mismo modo en que el empleado o el
proletario dentro de la actual empresa capitalista se hallan “separados” de los
medios materiales de producción. De lo que se trata es de establecer si
el titular del poder tiene la administración bajo una dirección propia,
por él organizada, y encarga esa administración a sirvientes personales,
empleados, favoritos u hombres de confianza, que no son propietarios y que no
poseen por derecho propio los medios materiales de la empresa siendo que éstos
les son asignados por el gobernante; o bien si se trata del caso contrario. La
diferencia se observa en todas las organizaciones administrativas del pasado.
A la comunidad política en la cual los medios
administrativos materiales están, ya sea en forma total o parcial, en posesión
del cuerpo administrativo dependiente, lo denominaremos comunidad estructurada
“estamentalmente”. Por ejemplo, en la comunidad feudal el vasallo,
dentro de su feudo, pagaba de su propio bolsillo los gastos de la
administración y de la justicia, se equipaba y se aprovisionaba para la guerra;
a su vez, los vasallos que de él dependían hacían lo mismo. Esto, naturalmente,
tenía sus consecuencias para la posición de poder del Señor, que se basaba tan
sólo en el vínculo de la lealtad personal y en el hecho de que la posesión del
feudo y el honor social del vasallo derivaban su “legitimidad” del Señor.
En todas partes, hasta en las formaciones políticas
más antiguas, encontramos así el régimen particular del Señor: esclavos,
empleados domésticos, sirvientes, “favoritos” personales, todos personalmente
dependientes de él. Por medio de prebendarios remunerados en dinero y con lo
proveniente de sus propios almacenes este Señor intenta concentrar la
administración en sus manos y organizar un ejército puramente personal,
dependiente de su persona, desde el momento en que los medios, el equipamiento
y las provisiones provienen de su propio bolsillo, de los beneficios de su
patrimonio, de sus almacenes, sus depósitos y sus arsenales. Mientras que en el
caso de la comunidad “estamental” el Señor gobernaba con la ayuda de una
“aristocracia” independiente, con la cual por lo tanto compartía el poder, en
este caso se apoya en dependientes domésticos o en plebeyos, es decir: en
estratos sociales desposeídos y desprovistos de un honor social privativo,
enteramente ligados a él en lo material y que no cuentan con ningún poder
competidor propio. Todas las formas de dominio patriarcal y patrimonial, el
despotismo de los sultanes y el Estado burocrático, pertenecen a este tipo. En
especial es de esta clase el orden burocrático del Estado que, con su
desarrollo más racional, caracteriza justamente al Estado moderno.
En todas partes el desarrollo del Estado moderno
comienza cuando el príncipe inicia la expropiación de los titulares “privados”
de poder administrativo que existen a su lado: los propietarios individuales de
medios de administración y de guerra, de recursos financieros y de bienes
políticamente utilizables de toda especie. Todo este proceso es completamente
análogo al desarrollo de la empresa capitalista mediante la progresiva
expropiación de todos los productores independientes. Al final del proceso
vemos cómo en el Estado moderno la capacidad de disponer de la totalidad de los
medios de la empresa política se concentra en la cúspide, y no hay ya ni un
solo funcionario que sea propietario del dinero que gasta o de los edificios,
recursos, instrumentos o máquinas de guerra que utiliza. En el “Estado” moderno
está, pues, completamente realizada – y esto hace a la esencia de su concepto –
la “separación” entre los medios administrativos materiales y el cuerpo
administrativo, es decir: funcionarios y empleados administrativos. Aquí es
dónde se inserta la evolución más reciente que trata de conducir, ante nuestros
propios ojos, la expropiación de este expropiador de los medios políticos y del
poder político. Esto es lo que la revolución [4]
ha logrado, al menos en la medida en que el puesto de las autoridades
constituidas ha sido ocupado por dirigentes que, por usurpación o por elección,
se han apoderado del poder de disponer del cuerpo administrativo y de los
medios administrativos materiales y – no importa ahora con cuanto derecho –
derivan su legitimidad de la voluntad de los dominados.
Una cuestión distinta es la de si, sobre la base de
este – al menos aparente – éxito, esta revolución puede alentar la esperanza de
realizar la expropiación también dentro de las empresas capitalistas cuya
dirigencia, a pesar de las amplias analogías, se rige por leyes muy diferentes
de las de la administración política. Hoy no nos pronunciaremos sobre esto.
Para nuestra consideración actual quisiera fijar tan sólo lo puramente conceptual;
esto es: que el Estado moderno es una comunidad de dominio del tipo
institucional que, dentro de un territorio dado, ha tenido éxito en su
tendencia a monopolizar la violencia física legítima como medio de dominación y
que, a este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de sus
dirigentes, ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes
disponían de ellos por derecho individual, y los ha sustituido colocándose a
si mismo en la cúspide más elevada de la jerarquía estatal.
Ahora bien, en el transcurso de este proceso
político de expropiación que se desarrolló en todos los países de la tierra con
diverso éxito, aparecieron, inicialmente al servicio de los príncipes, las
primeras categorías de “políticos profesionales” en un segundo sentido,
constituidas por personas que ya no querían ser gobernantes ellas mismas como
los líderes carismáticos, sino que se pusieron al servicio de los
gobernantes políticos. En la disputa entre el príncipe y los estamentos, estas
personas se pusieron del lado del príncipe e hicieron del gerenciamiento de la
política del príncipe un medio material para ganarse la vida por un lado, y por
el otro, un objetivo ideal de vida. Otra vez, solamente en Occidente
hallamos esta clase de políticos profesionales también al servicio de
otros poderes aparte del de los príncipes. En el pasado constituyeron el
instrumento más importante que los príncipes tuvieron para la expropiación del
poder y de la política.
Antes de continuar, aclaremos unívocamente y en
todo sentido la situación planteada por la existencia de estos “políticos
profesionales”. Se puede hacer “política” – es decir: se puede tratar de
influir sobre la distribución del poder tanto entre las diferentes estructuras
políticas como dentro de ellas – ya sea como un político “ocasional” a modo de
profesión secundaria, o bien como político de profesión principal, exactamente
igual que en la actividad económica. Todos somos políticos “ocasionales” cuando
emitimos nuestro voto o manifestamos alguna expresión de voluntad similar, como
por ejemplo cuando aplaudimos o protestamos en una reunión “política”, cuando
pronunciamos un discurso “político”, etc. etc. – y para muchas personas toda la
relación con la política se limita a esto. Políticos de “actividad profesional
secundaria” son hoy, por ejemplo, todos los hombres de confianza y todos los
dirigentes de asociaciones políticas partidarias que realizan su actividad –
como es completamente usual – sólo en caso necesario y sin que la misma
constituya, ni en un sentido material ni en un sentido ideal, su “medio de
vida” principal. También lo son aquellos miembros de cuerpos consultivos
públicos y de organismos asesores similares que sólo asumen sus funciones
cuando son requeridos a hacerlo. Y también pertenecen a esta categoría estratos
bastante amplios de nuestros parlamentarios que sólo hacen política durante la
época de las sesiones.
En el pasado hallamos estratos de este tipo sobre
todo en los estamentos. Por “estamentos” habremos de entender a los poseedores
individuales de medios materiales militares, de medios materiales
administrativos importantes, o de un poder señorial a título personal. Gran
parte de estas personas estuvo muy lejos de poner su vida, total o
principalmente, ni siquiera más que ocasionalmente, al servicio de la política.
Por el contrario, aprovecharon su posición de poder para obtener rentas o
beneficios directos y se volvían políticamente activos al servicio de la
comunidad política solamente cuando el Señor o sus propios pares así lo exigían
en forma especial. Tampoco fue diferente el caso de una parte de aquellas
fuerzas auxiliares a las cuales el príncipe recurría en su lucha por crear su
empresa política individual y que debían quedar a su disposición. Tuvieron este
carácter los “consejos locales”[5] y,
retrocediendo aun más, una gran parte de los consejeros reunidos en la “Curia”
y en los otros cuerpos consultivos del príncipe.
Pero, naturalmente, al príncipe no le alcanzaron
estas fuerzas auxiliares profesionalmente ocasionales o secundarias. Tuvo que
tratar de constituir un equipo de auxiliares total y exclusivamente dedicados a
su servicio, es decir: un equipo formado por personas que tuviesen este
servicio por actividad profesional principal. En una medida muy grande,
la estructura de la construcción política dinástica – y no sólo ella,
toda la impronta de la cultura afectada – dependió de la
procedencia de estas fuerzas auxiliares. Con mayor razón aún se vieron en la
misma necesidad aquellas comunidades políticas que constituían instituciones
públicas (denominadas) “libres” que habían eliminado totalmente o en gran
medida el poder del príncipe – “libres” en todo caso, no en el sentido de
carecer de un gobierno coercitivo sino en el sentido de no hallarse bajo una
única fuente de autoridad representada por el poder del príncipe hallándose
este poder legitimado por la tradición y (en la mayoría de los casos)
consagrado por la religión. Estas comunidades nacen enteramente en Occidente y
su núcleo inicial fue la ciudad como comunidad política, tal como ésta surgió
originalmente en el ámbito cultural mediterráneo. En todos estos casos ¿qué
características tuvieron los políticos “profesionales”?
Hay dos formas de convertir la política en una
profesión. O bien se vive “para” la política, o bien se vive “de” la política.
La contraposición de ningún modo es excluyente. Por el contrario, generalmente
se hacen las dos cosas; como mínimo en forma ideal pero, en la mayoría de los
casos, también en forma material. El que vive “para” la política, se “gana la
vida” con ello en un sentido íntimo: o bien disfruta del mismo poder que ejerce,
o bien alimenta su equilibrio interno y su autoestima con la conciencia de
estar dándole un sentido a su vida mediante un servicio a la “causa”. En
este sentido íntimo, toda persona seria que vive para algo vive también de ese
algo. La diferenciación también hace referencia a un aspecto mucho más burdo de
la situación, es decir: al aspecto económico. “De” la política vive quien
aspira a hacer de ella una fuente constante de ingresos; “para” la
política vive quien no aspira a ello. A fin de que alguien pueda vivir “para”
la política en este sentido económico, en el régimen que regula la propiedad
privada deben preexistir algunas condiciones – muy triviales, si ustedes
quieren. Concretamente: bajo condiciones normales, la persona en cuestión tiene
que ser económicamente independiente de los ingresos que la política puede
ofrecerle. Esto significa sencillamente: tiene que ser acaudalado o bien estar
en una posición que le brinda ingresos suficientes. Al menos, ésa es la
situación bajo condiciones normales.
Es cierto que ni el séquito de los príncipes
guerreros ni el de los héroes revolucionarios callejeros se preocupa por las
condiciones de la economía normal. Ambos viven del botín, del robo, de
confiscaciones, de contribuciones y de la imposición de medios de pago carentes
de valor – todo lo cual es esencialmente lo mismo. Pero éstos son,
necesariamente, fenómenos excepcionales y en la economía cotidiana normal sólo
una fortuna propia brinda el servicio adecuado. Sin embargo, con esto sólo no
basta. Aparte de ello, la persona tiene que estar “disponible”; es decir: sus
ingresos no deben depender de una dedicación completa, o al menos sustancial,
de su capacidad de trabajo y de su pensamiento a la obtención de esos ingresos.
En este sentido quien más completamente disponible se halla es el rentista; es
decir: aquella persona que goza de un ingreso completamente independiente de su
trabajo, ya sea como los terratenientes del pasado, o bien los latifundistas y
los patricios de la actualidad; ya sea que este ingreso provenga de rentas de
la tierra – en la antigüedad y durante el medioevo también de las rentas
producidas por esclavos y siervos – o bien de valores bursátiles o de fuentes
modernas de rentas similares.
Ni el trabajador ni – y esto es de tener en muy cuenta
– tampoco el empresario – tampoco y justamente el moderno gran
empresario – están disponibles en este sentido. Porque precisamente el
empresario está ligado a su empresa – el industrial mucho más que el agrícola,
dado el carácter estacional de la agricultura – y por lo tanto no está
disponible. En la mayoría de los casos al empresario industrial le resulta muy
difícil delegar sus tareas en otra persona, aunque sea en forma temporal.
Tampoco está disponible, por ejemplo, el médico – y tanto menos mientras más
excelente sea y más ocupado esté. Más fácil le resultará ya al abogado, aunque
más no sea por razones puramente técnico-profesionales, y es por ello que el
abogado, como político profesional, ha desempeñado un papel incomparablemente
mayor y con frecuencia directamente predominante. No continuaremos con esta
casuística. En lugar de ello aclaremos algunas consecuencias.
La dirección de un Estado o de un partido político
por personas que (en el sentido económico de la palabra) viven exclusivamente
para la política y no de la política, implica necesariamente el reclutamiento
“plutocrático” de los estratos políticos dirigenciales. Esta afirmación, por
supuesto, no implica su recíproca, es decir: no implica que una dirección plutocrática
de esta clase, además del estrato políticamente dominante, no considerarían
también el vivir “de” la política y no utilizarían habitualmente su posición de
poder político también para sus intereses económicos privados. No se trata de
esto, en absoluto. Nunca existió un estrato que no haya hecho esto de alguna
manera. La afirmación sólo significa que, en este caso, los políticos
profesionales no tienen la necesidad de buscar directamente una remuneración por
sus servicios políticos como sí tiene que aspirar a lograrlo necesariamente
cualquiera que carece de medios. Y por el otro lado tampoco significa que los
políticos carentes de fortuna personal tendrían sólo, o tan siquiera
principalmente, como objetivo la cobertura de sus propias necesidades económicas
privadas mediante la política y que no pensarían en “la causa”, o que al menos
no lo harían en forma principal. Nada sería más incorrecto. De un modo
conciente o inconciente, la preocupación por la “seguridad” económica de la
existencia constituye, para el hombre pudiente, un punto cardinal en toda la
orientación de su vida. Por otra parte, el idealismo político más desaprensivo
e incondicional – sobre todo en épocas extraordinarias, es decir:
revolucionarias – se encuentra, si bien no en forma exclusiva pero sí
mayormente, justo en aquellos estratos que, en virtud de su carencia de
patrimonio, se hallan por completo fuera del ámbito que sostiene el orden
económico de una sociedad determinada. La afirmación sólo significa que un
reclutamiento no plutocrático de los candidatos a la dirigencia política y a su
séquito se halla condicionado por el requisito obvio de que la política le
deberá brindar a estos candidatos unos ingresos regulares y confiables.
La política puede ser, o bien a título “honorario”
y entonces puede quedar a cargo de aquellas personas que suelen llamarse
“independientes”, es decir pudientes y principalmente rentistas; o bien la
dirección política se hace accesible a personas carentes de patrimonio y, en
ese caso, dichas personas deben ser remuneradas. El político profesional que
vive de la política puede ser: o bien un “prebendario” puro o bien un
“funcionario” asalariado. O bien percibe ingresos provenientes de aranceles o
emolumentos – las propinas y los sobornos no son más que variantes irregulares
y formalmente ilegales de esta categoría de ingresos – o bien recibe una
retribución en especie, o en dinero, o ambas cosas en forma simultánea. Puede
asumir un carácter “empresarial”, como el condotiero, el arrendatario o el
comprador de cargos del pasado, o bien puede ser como el boss
norteamericano que considera sus gastos como una inversión de capital a la que
le hará rendir utilidades mediante la utilización de sus influencias. O bien
puede percibir un sueldo fijo, como lo recibe el redactor de una publicación
partidaria, un secretario del partido, un ministro moderno u otro empleado
político.
En el pasado, la remuneración típica de los
príncipes, los conquistadores vencedores o los jefes de partido exitosos,
consistió en el otorgamiento de feudos, territorios, prebendas de toda clase y,
con el desarrollo de la economía monetaria, especialmente de estipendios
graciables. Hoy los dirigentes partidarios reparten entre sus leales seguidores
cargos de todo tipo, ya sea en el partido, en diarios, en sindicatos, en cajas
del seguro social, en municipios, en las gobernaciones o en el Estado. Todas
las luchas partidarias no son tan sólo combates por objetivos concretos sino,
por sobre todo y también, luchas por la concesión de los cargos. En Alemania,
todas las disputas entre tendencias regionalistas o centralistas giran
principalmente alrededor de la cuestión de quién tendrá en sus manos la
adjudicación de cargos; si serán los berlineses, los de Munich, los de
Karlsruhe o los de Dresden. Una disminución en la participación de los cargos
es algo que los partidos políticos sufren más que las trabas para la
realización de sus fines objetivos. En Francia, el desplazamiento de un prefecto
siempre representó una crisis mayor y produjo más ruido que la modificación de
un programa de gobierno que por regla no tiene más significado que el casi
puramente fraseológico. Algunos partidos políticos, como por ejemplo y en
especial los norteamericanos desde la desaparición de las antiguas
controversias sobre la interpretación de la Constitución, se han convertido en
simples partidos cazadores de cargos que cambian sus programas concretos según
las posibilidades de pescar votos. En España, hasta hace algunos años atrás y
mediante “elecciones” fabricadas desde arriba, los dos grandes partidos se
alternaban de acuerdo a turnos fijos establecidos convencionalmente a fin de
proveer cargos a sus seguidores. En el ámbito colonial español, tanto en las llamadas
“elecciones” como en las llamadas “revoluciones”, de lo que se trata siempre es
del comedero estatal del que los vencedores pretenden ser alimentados. En
Suiza, en virtud de la proporcionalidad de votos, los partidos políticos se
reparten entre ellos los cargos en forma pacífica y algunos de nuestros
“revolucionarios” proyectos de reforma constitucional – como por ejemplo el
primero que se presentó para Baden – quisieron extender este sistema a los
cargos ministeriales, con lo que se trató al Estado y a sus cargos como si
fuesen instituciones distribuidoras de prebendas. Sobre todo el Partido de
Centro se entusiasmó con la idea y, en Baden, llegó hasta a convertir en un
punto del programa partidario la distribución proporcional de los cargos según
las diferentes confesiones, es decir: sin considerar siquiera el desempeño
electoral de cada partido. Con el aumento de la cantidad de cargos a
consecuencia de la burocratización general y con la creciente apetencia por los
mismos como una forma específicamente asegurada de proveer a la
existencia, esta tendencia crece para todos los partidos políticos y, con ello,
estos partidos resultan cada vez más vistos por sus seguidores como medios para
alcanzar el fin de procurarse el sustento mediante un cargo.
Frente a todo esto, sin embargo, está la evolución
de la burocracia moderna tendiente a constituir un cuerpo de trabajadores
intelectuales altamente capacitados a través de un largo proceso educativo
previo y que posee un altamente desarrollado sentido del honor
corporativo volcado al interés por la integridad, sin lo cual pendería sobre
nosotros el peligro de terminar en una terrible corrupción y en un filisteísmo
vulgar viéndose amenazada incluso hasta la eficacia puramente técnica del
aparato estatal cuya importancia ha aumentado en forma continua y seguirá
aumentando, especialmente con una socialización cada vez mayor. La
administración amateur a cargo de políticos depredadores que en los Estados
Unidos no conocía al funcionario de carrera y que permitía cambiar, según el
resultado de una elección presidencial, a cientos de miles de funcionarios y
hasta a los carteros, ha sido perforada hace rato por el Civil Service
Reform. [6]
Esta evolución está impulsada por las necesidades ineludibles, puramente
técnicas, de la administración. En Europa, el cuerpo de funcionarios
profesionales, organizados según especialidades, surgió progresivamente a lo
largo de un desarrollo que llevó medio milenio. Comenzó en las ciudades y
señorías italianas; en las monarquías empezó en los Estados de los
conquistadores normandos. El paso decisivo se dio en las finanzas de los
príncipes. En las reformas del emperador Maximiliano puede apreciarse lo
difícil que fue para los funcionarios – incluso a pesar de la presión ejercida
por la miseria extrema y la dominación turca – lograr el apartamiento del
príncipe de este ámbito que era el que menos soportaba el diletantismo de un
gobernante quien, por aquél entonces, era aún por sobre todo un caballero. Por
otra parte, la evolución de la tecnología bélica impuso al oficial profesional;
el refinamiento del procedimiento judicial impuso al jurista capacitado. En
estos tres ámbitos y dentro de los Estados desarrollados, el cuerpo de
funcionarios profesionales obtuvo definitivamente la victoria en el Siglo XVI.
De esta forma, con la hegemonía del absolutismo de los príncipes por sobre los
estamentos se inició de un modo simultáneo una progresiva abdicación de estos
príncipes a favor de los funcionarios profesionales quienes, a su vez, les
habían posibilitado en absoluto a los príncipes aquella victoria sobre los
estamentos.
En forma simultánea con el ascenso del funcionariado
profesional se produjo también – aunque en transiciones mucho más
imperceptibles – la evolución de los “políticos dirigentes”. Por
supuesto, desde siempre y en todo el mundo existieron consejeros del príncipe
similares que resultaron decisivos de hecho. En Oriente, la necesidad de
desvincular dentro de lo posible al sultán de la responsabilidad personal por
el éxito del gobierno generó la típica figura del “gran visir”. En Occidente,
sobre todo bajo la influencia de los informes de los embajadores venecianos
apasionadamente leídos en los círculos diplomáticos, la diplomacia se convirtió
en un arte concientemente cultivado por la época de Carlos V – es decir:
en la época de Maquiavelo – y sus adeptos, mayormente formados en el humanismo,
se trataban mutuamente como miembros de un estrato culto compuesto por
iniciados, en forma similar a los funcionarios humanistas chinos del último
período feudal, anterior a la formación del imperio unificado en el Siglo III
AC. La necesidad de disponer de una dirección formalmente unificada en un solo
estadista dirigente de toda la política, incluso la interna, apareció de
manera definitiva e ineludible, sólo con el desarrollo constitucional.
Naturalmente, hasta ese momento siempre habían existido personalidades
individuales de esa clase en calidad de consejeros o más bien – según las
cuestiones – como guías de los príncipes. Pero la organización de las
autoridades, incluso en los Estados más avanzados, había transitado hasta allí
por otros caminos: las más altas autoridades administrativas surgieron
originalmente como cuerpos colegiados. En teoría, y de manera
progresivamente decreciente en los hechos, estos cuerpos sesionaban bajo la
presidencia personal del príncipe que era quién tomaba las decisiones. Este
sistema colegiado daba lugar a dictámenes y contra-dictámenes, y a votos
interesados de mayorías y minorías. Además, junto a las máximas autoridades
oficiales, el príncipe se rodeaba de un conjunto de personas designadas según
un puro criterio de confianza personal – el “gabinete” – y era a través de éste
que el príncipe hacía conocer sus decisiones ante las resoluciones del Consejo
de Estado – o como fuera que se llamase la máxima institución estatal. Fue con
este sistema que el príncipe, cada vez más empujado a la posición de diletante,
trató de sustraerse a la presión inevitablemente creciente de la capacidad
profesional de los funcionarios y mantener así la dirección suprema en sus
manos. Esta lucha solapada entre los funcionarios profesionales y la autocracia
se produjo en todas partes. La situación cambió recién frente a los parlamentos
y frente a las aspiraciones de poder de los líderes partidarios.
Condiciones de muy diferente índole condujeron, sin
embargo, al mismo resultado aparente. Por supuesto que con ciertas diferencias.
Allí en dónde las dinastías conservaron en sus manos el poder real – como por
ejemplo en Alemania – los intereses del príncipe estuvieron solidariamente
unidos a los de los funcionarios en contra del parlamento y sus
pretensiones de poder. Los funcionarios estaban interesados en que los puestos
directivos – por lo tanto también los ministeriales – fuesen cubiertos por
personas provenientes de sus filas, convirtiéndose de este modo en
oportunidades de ascenso para el funcionario. El monarca, por su parte, tenía
interés en poder nombrar a sus ministros según su propio criterio y de poder
elegirlos de entre las filas de los funcionarios que le eran leales. Y ambas
partes estaban interesadas en que la dirección política enfrentara al
parlamento de un modo unificado y cerrado, es decir: en que el sistema
colegiado fuese sustituido por un jefe de gabinete único. Además de esto,
aunque más no fuese para quedar formalmente al margen de la lucha partidaria y
de sus ataques, el monarca necesitaba una persona responsable que lo cubriera
enfrentando al parlamento, tomando la palabra y negociando con los partidos. En
esto, todos los intereses confluyeron en la misma dirección y surgió así un
funcionario-ministro con conducción unificada.
La evolución del poder parlamentario se orientó con
mayor fuerza todavía en dirección a la unificación allí en dónde – como en
Inglaterra – ese poder consiguió imponerse al monarca. Aquí el “gabinete” – con
el dirigente parlamentario, el “leader”, a la cabeza – evolucionó hasta
convertirse en el comité del partido circunstancialmente mayoritario; un
poder oficialmente ignorado por las leyes pero el único poder político decisivo
en los hechos. Los cuerpos colegiados oficiales, como tales, sencillamente ya
no eran órganos del poder realmente vigente – el partido – y por lo
tanto ya no podían ser titulares del verdadero gobierno. Para afirmar su poder
en el interior y para poder ejecutar una gran política hacia el exterior, un
partido político dominante necesitaba disponer de un órgano enérgico, compuesto
exclusivamente por sus verdaderos dirigentes; y ése, precisamente, fue el
gabinete. Por otra parte, frente al público, y sobre todo frente al público
parlamentario, necesitaba tener un líder responsable por todas las decisiones;
y ése fue el jefe de gabinete. Este sistema inglés fue adoptado luego en el
Continente bajo la forma de los ministerios parlamentarios y solamente en
Norteamérica y en las democracias influenciadas por ella se le opuso un sistema
completamente heterogéneo que colocó al dirigente del partido victorioso,
elegido por votación popular directa, a la cabeza de un aparato formado por
funcionarios que él mismo designa y que depende de la aprobación parlamentaria
sólo en materia de presupuesto y legislación.
La transformación de la política en una “empresa”,
que exigió una capacitación en la lucha por el poder y en los métodos del poder
como la que llevaron a cabo los partidos políticos modernos, determinó la
división de los funcionarios públicos en dos categorías, no tajantes pero en
todo caso claramente separadas: funcionarios profesionales, de un lado y
“funcionarios políticos” del otro.
Los funcionarios “políticos” propiamente dichos se
caracterizan por el hecho de que pueden ser transferidos o despedidos en
cualquier momento, o bien “puestos a disposición” como los prefectos franceses
y los funcionarios similares de otros países, en diametral contraposición a la
“independencia” de los funcionarios con cargos judiciales. En Inglaterra, los
funcionarios políticos son todos los que, en virtud de una convención
firmemente establecida, se alejan de sus cargos cuando cambia la mayoría
parlamentaria y, por ende, el gabinete. A esta clase de funcionarios pertenecen
por regla general aquellos cuyo ámbito de responsabilidades abarca la
“administración interna” general; y la componente “política” en esto reside en
el mantenimiento del “orden” en el país; es decir; en el mantenimiento de las
relaciones de poder existentes. En Prusia, después del decreto de Puttkamer y
ante una irregularidad, estos funcionarios tenían el deber de “representar a la
política del gobierno” y – al igual que en Francia los prefectos – fueron
utilizados como aparato oficial para influenciar las elecciones. Sin embargo,
en el sistema alemán – a diferencia de otros países – la mayoría de los
funcionarios “políticos” poseía la misma calidad que la de todos los demás, en
la medida en que el acceso al cargo estaba condicionado a la posesión de un
título académico, a exámenes de capacitación y a una cierta experiencia previa.
Entre nosotros, esta característica específica del funcionario profesional
falta solamente entre los jefes del aparato político: los ministros. En el
antiguo régimen [7],
en Prusia se podía ser ministro de Cultura sin haber asistido jamás a un
instituto de enseñanza superior, mientras que consejero referente se podía
llegar a ser básicamente sólo tras la aprobación de los exámenes establecidos.
Por ejemplo, bajo la gestión de Althoff en el ministerio de educación prusiano,
profesionales capacitados como el jefe de departamento o el consejero referente
se hallaban infinitamente mejor informados sobre los problemas técnicos reales
de la cartera que su jefe. En Inglaterra, esto tampoco fue diferente. Por
consiguiente y en cuanto a los requerimientos cotidianos, este jefe era el más
poderoso; lo cual, en sí, no constituye un contrasentido. Sucedía simplemente
que el ministro era el representante político de la constelación de
poder existente y debía representar los parámetros de la misma, ya sea
adecuando las propuestas de sus subordinados o bien dándoles las
correspondientes directivas de índole política.
En realidad, lo que ocurre en una empresa económica
privada es muy similar. El “soberano” de la empresa – la asamblea de
accionistas – tiene tan poca influencia en la conducción de la empresa como un
“pueblo” regido por funcionarios profesionales; y las personas que deciden la
política de la empresa – las que están en el “Directorio” dominado por los
bancos – sólo dan las directivas y seleccionan el personal administrativo
superior, sin estar ellos mismos en condiciones de dirigir técnicamente a la
empresa. En este sentido tampoco representa nada fundamentalmente nuevo la
estructura actual del Estado revolucionario que pone el poder sobre la
administración en manos de absolutos diletantes, dado que éstos disponen de las
ametralladoras, y que pretendería utilizar a los funcionarios profesionales tan
sólo como mentes y brazos ejecutores. La dificultades de este nuevo sistema no
se hallan aquí sino en otra parte; pero hoy las pasaremos por alto.
Lo que nos ocupará aquí será mucho más la
característica típica del político profesional, tanto del “líder” como la de
sus seguidores. La misma ha cambiado y aún hoy es muy diversa.
En el pasado, como hemos visto, los “políticos
profesionales” surgieron en la lucha del príncipe contra los estamentos y al
servicio del primero. Consideremos, pues, brevemente sus tipos principales.
Para enfrentar los estamentos el príncipe se apoyó
en estratos útiles de carácter no estamental. A estos estratos pertenecieron,
por de pronto, los clérigos – tanto en la India Occidental como en la
Oriental, en la China budista y en el Japón y en la Mongolia lamaísta,
exactamente igual que en las regiones cristianas del Medioevo. Técnicamente,
porque sabían leer y escribir. En todas partes, la importación de brahmanes,
monjes budistas, de lamas, o la incorporación de obispos y sacerdotes para
utilizarlos como consejeros políticos ocurrió con la intención de obtener
recursos humanos administrativos que supiesen leer y escribir y que pudiesen
ser utilizados en la lucha del emperador, del príncipe o del khan contra
la aristocracia. El clérigo, especialmente el célibe, se hallaba fuera del
ámbito de los intereses políticos y económicos normales, y no caía, como el
feudatario, en la tentación de oponerse al príncipe aspirando a un poder
político propio para legárselo a sus descendientes. El clérigo, por las
cualidades de su propia condición estamental, estaba “separado” de los medios
materiales inherentes a la administración del príncipe.
Un segundo estrato, similar a éste, lo
constituyeron los literatos de formación humanística. Hubo un tiempo en que se
aprendía a componer discursos en latín y versos en griego para llegar a ser
consejero político y, sobre todo, historiógrafo político de un príncipe. Fue la
época del primer florecimiento de las escuelas humanistas, cuando los príncipes
fundaban cátedras de “poética”. Entre nosotros fue una época que pasó
rápidamente y, aunque influenció en forma perdurable nuestro sistema educativo,
en lo político no tuvo consecuencias profundas. Diferente fue el caso del
Lejano Oriente. El mandarín chino es – o, mejor dicho, fue originalmente –
aproximadamente lo mismo que el humanista de nuestro Renacimiento: un literato
humanísticamente formado en los monumentos literarios del pasado remoto que
había rendido los exámenes correspondientes. Si leen ustedes los diarios de
Li-Hung-Chang, hallarán que lo que más lo enorgullece es el haber escrito
poemas y el haber sido un buen calígrafo. Este estrato, con sus convenciones
desarrolladas a partir de la antigüedad china, ha determinado el destino de
toda la China y quizás nuestro destino hubiese sido similar si, en su momento,
los humanistas hubiesen tenido la menor posibilidad de imponerse con el mismo
éxito.
El tercer estrato fue el de la nobleza cortesana.
Los príncipes, una vez que lograron despojar a la nobleza de su poder político
estamental, la atrajeron a la corte y la utilizaron en el servicio político y
en el diplomático. La transformación de nuestro sistema educativo en el Siglo
XVII estuvo influenciada también por el hecho de que el lugar de los literatos
humanistas fue ocupado por nobles cortesanos convertidos en políticos
profesionales al servicio de los príncipes.
La cuarta categoría fue una construcción
específicamente inglesa; un patriciado que abarcó tanto a la pequeña nobleza
como a la burguesía rentista de las ciudades – técnicamente denominado “gentry”;
un estrato que originalmente utilizó el príncipe contra los barones poniéndolo
en posesión de los cargos del “selfgovernment” (autogobierno) para luego
quedar cada vez más dependiente del mismo. Este estrato mantuvo la
posesión de todos los cargos de la administración local aceptándolos en forma
gratuita en interés de su propio poder social y ha librado a Inglaterra de la
burocratización, que fue el destino de todos los Estados del continente.
Un quinto estrato fue típico de Occidente, en
especial del continente europeo, y resultó de importancia decisiva para toda su
estructura política: el estrato de los juristas con formación universitaria. No
hay nada que demuestre con mayor nitidez la poderosa influencia del Derecho
Romano, tal como lo había transformado el burocrático Estado romano tardío, que
el hecho de que en, en el ámbito político y todas partes, fuesen juristas
universitarios los portadores de la revolución orientada al desarrollo del
Estado racionalizado. Incluso en Inglaterra, aunque allí las grandes
corporaciones nacionales de juristas interfirieron en la recepción del Derecho
Romano. En ningún otro lugar de la tierra es posible hallar algo análogo.
Ni los inicios del pensamiento jurídico de la escuela de Mimamsa en la India,
ni tampoco el cultivo del pensamiento jurídico antiguo en el Islam,
consiguieron evitar que al pensamiento jurídico racional se le superpusieran
formas de pensamiento teológicas. Por sobre todo no se racionalizó por completo
el procedimiento judicial. Eso es algo que sólo consiguieron los juristas
italianos por medio de la recepción de la antigua jurisprudencia romana, que
fue el producto de la estructura excepcional de un Estado-ciudad que logró
elevarse a la categoría de Imperio mundial, a lo cual se agregó el “usus
modernus” de los pandectistas [8]
y canonistas del Medioevo tardío, y de las teorías iusnaturalistas nacidas del
pensamiento jurídico y cristiano que se secularizaron después. Los grandes
representantes de este racionalismo jurídico fueron el podestá italiano,
los juristas del rey de Francia que crearon los medios formales que le
permitieron al rey socavar el dominio de los Señores, los canonistas y teólogos
de orientación iusnaturalista del conciliarismo,[9]
los juristas cortesanos y los jueces cultos de los príncipes continentales, los
monarcómacos [10]
y los profesores de Derecho natural holandeses, los juristas de la Corona y del
parlamento en Inglaterra, la nobleza togada de los parlamentos franceses y,
finalmente, los abogados de la época de la Revolución. Sin este racionalismo
jurídico resultan impensables tanto el surgimiento del Estado absolutista como
la Revolución. Si revisan ustedes las peticiones de los parlamentos franceses o
los cahiers de los Estados Generales franceses desde el Siglo XVI hasta
el año 1789, en todas partes hallarán lo mismo: espíritu juridicista. Y si
investigan la profesión de los miembros de la Convención francesa hallarán – a
pesar de que la misma fue elegida por medio del mismo Derecho electoral – a un
único proletario, muy pocos empresarios burgueses pero, en contrapartida,
una gran masa de juristas de toda clase sin los cuales sería inimaginable todo
ese espíritu específico que animó a estos intelectuales radicales y a sus
proyectos. Desde entonces, el abogado moderno y la moderna democracia
sencillamente van juntas. Y abogados en el sentido actual, como estamento
independiente, existen a su vez sólo en Occidente y desde la Edad Media, dónde
evolucionaron a partir del “vocero” del procedimiento judicial formal germánico
bajo la influencia de la racionalización de dicho proceso.
La importancia del abogado en la política
occidental, desde el surgimiento de los partidos políticos, no es nada casual.
Es que la actividad política desarrollada a través de partidos significa
justamente un emprendimiento por parte de personas con intereses – enseguida
veremos qué es lo que eso significa. Y el llevar adelante con eficacia los
asuntos de una persona que tiene intereses es la función del abogado
capacitado. En esto – como lo ha demostrado la superioridad de la propaganda
enemiga [11]
– el abogado supera a cualquier “funcionario”. Por cierto que el abogado puede
conducir una causa sustentada en argumentos lógicos débiles – o sea: una causa
“mala” en este sentido – y, a pesar de ello, lograr un éxito; es decir: puede
hacerlo técnicamente “bien”. Pero también sólo él puede llevar al éxito una
causa apoyada en argumentos lógicamente “fuertes”, con lo que sólo él puede
conducir una “buena” causa de una manera técnicamente “buena”.Con demasiada
frecuencia el funcionario como político, al llevar adelante técnicamente “mal”
una causa en ese sentido “buena”, termina convirtiéndola en “mala”.
Sucede que la política actual, en una medida predominante, se desarrolla en
público por medio de la palabra hablada y escrita. Determinar el peso de esta
palabra es algo que se encuentra específicamente dentro del ámbito de tareas
propio del abogado, y no compete en absoluto al funcionario profesional que no
es ningún demagogo, siendo que por su objetivo debería serlo, y que suele ser
un pésimo demagogo si a pesar de todo lo intenta.
El funcionario auténtico – y esto es decisivo para
juzgar nuestro régimen anterior – por su profesión específica no debe hacer
política sino “administrar”, sobre todo de un modo imparcial, es decir:
de un modo a-partidario. Esto es válido incluso para el llamado
funcionario administrativo “político”, al menos de modo oficial, siempre que no
se encuentre amenazada la “razón de Estado”, esto es: los intereses vitales del
orden imperante. El funcionario auténtico debe desempeñar su cargo sine ira
et studio, “sin ira y sin prejuicio”. Lo que no debe hacer es justamente lo
que el político, tanto el líder como sus seguidores, deben hacer siempre y
necesariamente: luchar. Porque el tomar partido, la lucha, la pasión –
la ira et studium – son el ámbito del político. Sobre todo, del líder
político. La actividad de él se desarrolla bajo un principio justamente
contrario al de la responsabilidad que rige la actividad del
funcionario.
El honor del funcionario reside en su capacidad de
ejecutar – a pesar de sus propias ideas – de modo concienzudo y preciso una
orden de su superior jerárquico que a él le puede parecer falsa, pero en la
cual la autoridad insiste, y hacerlo de una manera tan responsable ante quien
ha dado esa orden como si la misma se correspondiese con las propias
convicciones de quien la ejecuta. Sin esta disciplina moral y sin esta
abnegación en el más elevado sentido del concepto, todo el aparato se
desintegraría. En contrapartida, el honor del líder político – es decir: del
estadista en posición directiva – reside en hacerse personalmente
responsable por sus acciones, siendo que no puede, ni debe, rechazar o
transferir dicha responsabilidad.
Precisamente los funcionarios con un alto sentido
moral son malos políticos, como los que por desgracia han ocupado entre
nosotros reiteradamente cargos directivos. Son irresponsables en el
sentido político de la palabra y por tanto, desde este punto de vista, se
hallan éticamente en un bajo nivel. Es lo que hemos llamado “funcionariocracia”
y realmente no recae ninguna mancha sobre el honor de nuestros funcionarios si,
con un criterio político y evaluando desde el punto de vista del éxito, ponemos
al desnudo la falsedad de este sistema. Pero retornemos a la tipología de las
figuras políticas.
Desde el surgimiento del Estado constitucional y
por completo desde la instauración de la democracia, el “demagogo” es la figura
típica del líder político en Occidente. El matiz desagradable de la palabra no
debe hacernos olvidar que no fue Cleón sino Pericles el primero en llevar este
nombre. Careciendo de cargos, o bien ocupando el único cargo electivo de
estratega supremo – en contraposición con los cargos ocupados por sorteo en la
democracia antigua – Pericles dirigió a la Ekklesia soberana del demos
de Atenas. Si bien la demagogia moderna también utiliza el discurso – y en
enorme medida si pensamos en los discursos que un candidato moderno debe
pronunciar a lo largo de una campaña electoral –la palabra impresa se emplea de
una manera más persistente aun. El publicista político y por sobre todo el periodista
es el representante actual más importante del género.
En el marco de esta exposición sería completamente
imposible trazar, siquiera un esbozo, de la sociología del periodismo político
moderno. El tema es, en todo sentido, un capítulo aparte. No obstante, es
indispensable mencionar algunas pocas cosas. El periodista comparte con todos
los demagogos – y dicho sea de paso, también con los abogados (y los artistas),
al menos en el Continente, a diferencia del estado de cosas en Inglaterra y
también en la Prusia de antaño – el destino de carecer de una clasificación
social en firme. Pertenece a una especie de casta paria que la “sociedad”
siempre evalúa según sus representantes éticamente más bajos. De allí que
sean usuales las ideas más extrañas acerca de los periodistas y su trabajo. No
todos tienen conciencia de que un producto periodístico realmente bueno
requiere por lo menos tanto “intelecto” como cualquier otro producto
intelectual, por supuesto que bajo condiciones creativas diferentes, sobre todo
por la necesidad de producirlo a pedido, inmediatamente, y de tal modo que sea eficaz
en sus resultados. Casi nunca se reconoce que la responsabilidad del periodista
es mucho mayor. Como tampoco se reconoce que el sentido de
responsabilidad de todo periodista honorable no es, en promedio, de ningún modo
menor que el del académico sino aún mayor, tal como lo ha demostrado la guerra.
Y esto es así porque, como es natural, los que se recuerdan son precisamente
los productos de los periodistas irresponsables, dado que las consecuencias de
los mismos son con frecuencia tremendas. Nadie quiere creer que la discreción
del buen periodista es, en promedio, mucho mayor que la de las demás personas.
Y, sin embargo, es así. Las tentaciones incomparablemente más intensas a
las que esta profesión está expuesta, y las demás condiciones bajo las que se
ejerce el trabajo periodístico en la actualidad, han originado esas
consecuencias en virtud de las cuales el público se ha acostumbrado a
considerar a la prensa con una mezcla de desprecio y una presunción de
deplorable cobardía. Sobre lo que cabría hacer al respecto no podemos hablar
hoy. Aquí lo que nos interesa es la cuestión del destino profesional político
del periodista, de sus posibilidades de acceder a una posición política
directiva. Hasta ahora, esto sólo tuvo perspectivas favorables dentro del
partido socialdemócrata. Pero, incluso dentro del mismo, el puesto de redactor
ha tenido muy predominantemente el mismo carácter que el de un funcionario
común y no ha sido la base para una posición de liderazgo.
En los partidos burgueses y tomadas en promedio,
las posibilidades de acceder al poder político por este camino son ahora más
bien menores de lo que eran en la pasada generación. Naturalmente, todo
político importante siempre ha tenido necesidad de influencias sobre la prensa
y de relaciones con ella. Pero que surgiesen líderes partidarios de las
filas de la prensa fue algo que nadie esperaba y es, por cierto, excepcional.
La razón de ello reside en que el periodista está cada vez menos “disponible”,
en especial el periodista pobre y por lo tanto más dependiente de su trabajo,
como resultado del enorme aumento de la intensidad y permanente actualidad de
la empresa periodística. La necesidad de ganar el sustento con la redacción de
artículos diarios, o al menos semanales, es para el político como una rueda de
molino colgada al cuello, y conozco ejemplos de personas con vocación de
liderazgo quienes, con ello, se han visto casi constantemente paralizados en su
acceso al poder, tanto por factores externos como, por sobre todo, internos. Un
capítulo aparte merece el hecho que, bajo el antiguo régimen, las relaciones de
la prensa con los poderes predominantes en el Estado y en los partidos político
fueron tan perjudiciales para el periodismo que ya no podían ser peores. En los
países enemigos las condiciones fueron distintas. Pero también allí, como
aparentemente en todos los Estados modernos, parece ser válido decir que la
influencia política del trabajador periodístico es cada vez menor mientras que
la del magnate capitalista de la prensa – por ejemplo de la especie de un
“Lord” Northcliffe [12]
– es cada vez mayor. En todo caso, entre nosotros y hasta ahora, los típicos
cultivadores de la indiferencia política fueron, por regla, los grandes
consorcios periodísticos capitalistas, que se apoderaron sobre todo de los
periódicos dependientes de “pequeños avisos”, es decir: los de la
“publicidad general”. No había nada para ganar con una política independiente;
sobre todo no se ganaba con ella la benevolencia comercialmente lucrativa de
los poderes políticos imperantes. El negocio de los avisos fue así el camino
por el cual durante la guerra se intentó ejercer una influencia política en
gran escala sobre la prensa y, por lo que parece, es el camino por el que se quiere
seguir intentándolo. Aun cuando es de esperar que la gran prensa se sustraiga a
ello, la situación de los pequeños periódicos es mucho más difícil. En todo
caso y en la actualidad, por más atractivo que pueda tener en otros aspectos la
carrera periodística y sea cual fuere la medida de su influencia y sus
posibilidades de repercusión, en nuestro medio no es – quizás ya no, quizás
todavía no – un camino normal de ascenso para el líder político. Es difícil
decir si el abandono del principio del anonimato propuesto por algunos
periodistas, aunque no todos, podría cambiar algo en esto. Por desgracia,
lo que vimos en la prensa alemana durante la guerra en cuanto a la “dirección”
de periódicos por parte personalidades con talento literario, especialmente contratados
que aparecían constante y expresamente firmando con su propio nombre, ha
demostrado a través de algunos de los casos más conocidos que por este camino
no se logra, con tanta seguridad como podría creerse, un mayor sentido de
responsabilidad. Fueron, sin distinción de partidos, en parte justamente los
periódicos sensacionalistas de peor nivel los que por este camino intentaron e
incluso consiguieron una mayor tirada. Estos señores, tanto editores como
periodistas amarillos, habrán podido ganar fortunas; pero respetabilidad seguro
que no. Todo lo anterior, sin embargo, no invalida el principio: La cuestión es
muy complicada y el fenómeno señalado tampoco tiene validez general. Pero hasta
ahora ése no ha sido el camino hacia un auténtico liderazgo o hacia un
ejercicio responsable de la política. De qué manera se desarrollarán los
acontecimientos futuros es algo que está por verse. En todo caso, la carrera
periodística sigue siendo a pesar de todo una de las vías más importantes de la
actividad política profesional. Una vía que no es para cualquiera. Menos
todavía para personas de débil carácter que sólo pueden lograr su equilibrio
emocional mediante una posición social segura. Si bien la vida del joven
académico se halla sujeta al azar, existen a su alrededor convenciones
estamentales firmemente construidas que lo protegen del descarrilamiento. En
cambio, la vida del periodista es directamente azarosa en todo sentido, y esto
bajo unas condiciones que ponen a prueba su sentido íntimo de seguridad de una manera
en que pocas situaciones podrían hacerlo. Las frecuentemente amargas
experiencias de la vida profesional quizás ni siquiera sean lo peor.
Precisamente el periodista exitoso es el que está expuesto a exigencias íntimas
especialmente difíciles. No es para nada una nimiedad el transitar por
los salones de los poderosos de la tierra, en aparente pie de igualdad con
ellos y con frecuencia en medio de una adulación general originada por el miedo
que se le tiene al periodista, sabiendo al mismo tiempo que, apenas se ha
salido por la puerta, quizás el anfitrión sienta que tiene que disculparse ante
sus invitados por su trato con los “granujas de la prensa”. Como por cierto que
no es ninguna nimiedad el tener que pronunciarse en forma rápida y convincente
sobre todos y cada uno de los asuntos que el “mercado” reclama, y hasta sobre
todos los problemas imaginables de la vida, no sólo sin caer en la banalidad
más absoluta, sino sobre todo sin caer en la indignidad de desnudarse en
público con todas sus inexorables consecuencias. Lo asombroso no es que haya
muchos periodistas humanamente descarriados o degradados, sino que, a pesar de
todo y aun cuando al observador externo le resulte difícil imaginarlo, lo
asombroso es que justamente este estrato contenga un número tan grande de
personas valiosas e íntegramente auténticas.
Mientras que el periodista como tipo de político
profesional tiene ya un pasado dentro de todo bastante considerable, la figura
del funcionario de partido pertenece al desarrollo de las últimas
décadas y, en parte, al de los últimos años. Tendremos que dedicarnos a
examinar los partidos políticos y las organizaciones partidarias para
comprender el puesto que ocupa esta figura en su evolución histórica.
En todas las asociaciones políticas de algún modo
extensas – es decir: con extensión y ámbito de tareas superiores a los de los
pequeños cantones rurales – y dónde los titulares del poder surgen a través de
elecciones periódicas, la empresa política es necesariamente una empresa de personas
con intereses. Esto significa que un número relativamente pequeño de
interesados en la vida política, esto es: interesados en participar del poder
político, reclutan seguidores mediante el proselitismo libre, se posicionan a
si mismos o a sus protegidos como candidatos elegibles, recaudan los medios
financieros y se lanzan a la caza de votos. Es inimaginable cómo en grandes
asociaciones se podrían organizar técnicamente elecciones en absoluto sin esta
actividad. En la práctica esto significa dividir a los ciudadanos con derecho a
voto en elementos políticamente activos y políticamente pasivos. Pero, siendo
que esta diferenciación es voluntaria, no es posible eliminarla por
reglamentaciones tales como el voto obligatorio, la representación
“corporativa” o medidas similares que, expresamente o de hecho, constituyen
propuestas dirigidas contra esta realidad y, con ello, contra el dominio de los
políticos profesionales. El liderazgo y sus seguidores como elementos activos
de un reclutamiento libre, así como, a través de los seguidores, el electorado
pasivo que concurre a la elección del líder, son todos elementos vitales y
necesarios de cualquier partido. Lo que varía es su estructura. Por ejemplo,
los “partidos” de las ciudades medievales, como los güelfos y los gibelinos,
fueron séquitos puramente personales. Véase el Statuto della parte Guelfa,
la confiscación de los nobili, – originalmente esto incluía todas
aquellas familias que vivían al modo de los caballeros y que, por lo tanto,
podían tener un feudo – su exclusión de los cargos públicos y del derecho al
voto, véanse las asambleas partidarias inter-locales y las organizaciones
rígidamente militares y los premios a los denunciantes. Cuando uno examina todo
eso no puede dejar de pensar en el bolchevismo con sus soviets, sus
organizaciones militares estrictamente filtradas, y con – sobre todo en Rusia –
sus organizaciones de espías, con la confiscación, el desarme y la
privación de derechos políticos a los “burgueses”, es decir: empresarios,
comerciantes, rentistas, sacerdotes, descendientes de la dinastía de los zares
y agentes de policía. Y más asombrosa todavía resulta la analogía cuando, por
un lado, se ve que la organización militar del partido güelfo fue una milicia
por matrícula compuesta totalmente de caballeros en la que los nobles ocuparon
casi todos los puestos de liderazgo mientras, por el otro lado, los soviéticos
mantienen – o más bien reintroducen – al empresario altamente retribuido,
al salario a destajo y a la disciplina militar y laboral mientras se dedican a
la búsqueda de capital extranjero [13].
En una palabra: las analogías se vuelven notables cuando se observa que han
debido retomar prácticamente todas aquellas cosas que combatieron por
considerarlas instituciones burguesas para en absoluto mantener funcionando al
Estado y la economía, siendo que más allá de ello han puesto de nuevo en funcionamiento
a los agentes de la antigua Ochrana [14]
como instrumento principal del poder de coerción del Estado. Pero de lo que
aquí tenemos que ocuparnos no es de estas organizaciones de la violencia, sino
de políticos profesionales que aspiran a llegar al poder a través de la sobria
y “pacífica” promoción del partido en el mercado electoral.
También estos partidos, en nuestro actual sentido
general, comenzaron siendo, como por ejemplo en Inglaterra, simples séquitos de
la aristocracia. Cada vez que, por los motivos que fuesen, un peer
cambiaba de partido, pasaban igualmente al mismo partido todos los que de él
dependían. Las grandes familias de la nobleza, y no en última instancia incluso
el rey, tuvieron hasta el Reform Bill, [15]
el patronazgo sobre una enorme masa de circunscripciones electorales. Similares
a estos partidos aristocráticos son los partidos de notables que se
desarrollaron en todas partes con el surgimiento del poder de la burguesía. Los
círculos con “cultura y propiedad”, bajo la guía espiritual de los típicos
estratos de intelectuales de Occidente, se dividieron en los partidos que
dirigían, en parte según intereses de clase, en parte según tradición familiar
y en parte por condicionamientos puramente ideológicos. Sacerdotes, maestros,
profesores, abogados, médicos, farmacéuticos, agricultores prósperos,
industriales – y en Inglaterra todo ese estrato que se adscribe a los gentlemen
– formaron por de pronto asociaciones ocasionales, o bien y en todo caso clubes
políticos locales. En tiempos revueltos apareció la pequeña burguesía;
esporádicamente alguna vez apareció el proletariado cuando le surgieron líderes
aunque los mismos, por regla, no provinieron de sus filas. En este estadio,
afuera, en las provincias, aun no existen en absoluto los partidos con organización
regional como asociaciones permanentes. La cohesión la logran únicamente los
parlamentarios y los dignatarios o notables locales son decisivos a la hora de
designar candidatos. Los programas surgen, en parte a través de las proclamas
electorales de los candidatos, en parte por adhesión a congresos de notables, o
bien por adhesión a resoluciones parlamentarias. La dirección de los clubes
tiene lugar al margen de la actividad profesional y a título honorífico como
tarea ocasional. Allí en dónde la dirección no existe (que es en la mayoría de
los casos), los pocos permanentemente interesados en tiempos normales promueven
la política de un modo completamente informal. Sólo el periodista es un
político profesional pago; sólo la empresa periodística es, en absoluto, una
empresa política constante. Al lado de la misma sólo está la sesión
parlamentaria. Los parlamentarios y los líderes partidarios del parlamento
saben a qué notables locales hay que dirigirse cuando de pronto se desea llevar
a cabo una acción política. Pero sólo en las grandes ciudades existen
asociaciones permanentes de los partidos, con modestos aportes de sus miembros,
reuniones periódicas, y asambleas públicas para la rendición de cuentas de los
diputados. La vida se manifiesta solamente en tiempos de elecciones.
La fuerza que impulsa el establecimiento de
vínculos partidarios cada vez más estrechos es el interés de los parlamentarios
en la posibilidad de lograr compromisos electorales regionales, programas
aceptados por amplios círculos de todo el país y, en absoluto, una agitación
unificada en el país. Pero si bien ahora se extiende incluso por las ciudades
medianas una red de asociaciones partidarias locales y, paralelamente, de
“hombres de confianza” con los cuales el miembro del parlamento en su calidad
de director de la oficina central del partido intercambia una correspondencia
constante, en principio no obstante, el carácter del aparato partidario
permanece sin modificar y sigue siendo una asociación de notables. Todavía
faltan funcionarios asalariados fuera de la oficina central. Al frente de las
asociaciones locales siguen estando, sin excepción, personas “respetables” que
las dirigen por el prestigio que de cualquier modo gozan. Son los “notables”
extraparlamentarios que ejercen su influencia en forma paralela al estrato de
dignatarios que ocupan una banca en el parlamento. En todo caso, el nutrimento
intelectual para la prensa y para las reuniones locales lo suministra cada vez
más la correspondencia publicada por el partido. Se vuelven indispensables los
aportes regulares de los miembros; una fracción de los mismos debe cubrir los
costos financieros de la central.
En este estadio se hallaban hasta no hace mucho
tiempo atrás la mayoría de las organizaciones partidarias alemanas. En toda
Francia imperaba parcialmente todavía el primer estadio, con una completamente
inestable agrupación de parlamentarios y un pequeño número de notables locales
en el resto del país, con programas confeccionados por los candidatos mismos o
por sus patronos protectores para cada campaña puntual, si bien en un marco de
mayor o menor adhesión local a las decisiones y programas de los
parlamentarios. Este sistema se fue resquebrajando sólo paulatinamente. El
número de los políticos profesionales para quienes la política constituía la
actividad principal fue, así, reducido y se componía en lo esencial de los
diputados electos, los escasos empleados de la oficina central, los periodistas
y – en Francia – de esos cazadores de puestos que se hallaban en algún “cargo
político” o intentaban conseguir alguno. En lo formal, la política era, de un
modo ampliamente predominante, una actividad secundaria. También la cantidad de
los diputados “ministeriables” se hallaba estrechamente limitada, al igual que
el de los candidatos elegibles, dadas las características del sistema de
notables. En contrapartida, el número de los interesados en la empresa
política, sobre todo materialmente, era muy grande. Es que todas las medidas de
un ministerio, y sobre todo el arreglo de las cuestiones personales, se
decidían teniendo en cuenta su posible influencia sobre las posibilidades
electorales. Además todos buscaban concretar sus deseos, de todo tipo y clase,
a través del diputado de distrito, y el ministro, si el diputado pertenecía a su
mayoría – y eso es lo que justamente trataba todo el mundo de lograr – mal que
bien tenía que prestarle oídos. Cada diputado individual ejercía el patronazgo
de los cargos y, en absoluto, todo el patronazgo de los asuntos de su
circunscripción electoral mientras, por su parte, mantenía el contacto con los
notables locales para volver a ser elegido.
Las formas más modernas de organización partidaria
difieren, con agudo contraste, de aquel estado idílico en que dominaban los
círculos de notables y, sobre todo, los parlamentarios. Estas nuevas formas son
hijas de la democracia, del derecho electoral masivo, de las campañas masivas,
de la organización de masas, del desarrollo de una dirección altamente
unificada y de una férrea disciplina. El dominio de los notables y la
conducción por parte de los parlamentarios termina. Se hacen cargo de la
empresa políticos profesionales “de tiempo completo” ubicados fuera de
los parlamentos. Ya sea siendo “empresarios” – como lo fueron esencialmente el boss
norteamericano y también el “election agent” inglés – ya sea como
funcionarios a sueldo fijo. En lo formal se produce una amplia democratización.
Ya no es la fracción parlamentaria la que redacta los programas decisivos y ya
no son los notables locales los que tienen en sus manos la nominación de los
candidatos. Ahora son asambleas de los miembros organizados del partido las que
eligen a los candidatos y envían delegados a las asambleas de nivel superior de
las cuales posiblemente habrá varias hasta llegar a la asamblea general del
partido. Pero, en los hechos, el poder se halla naturalmente en manos de
aquellos que trabajan permanentemente y en forma continua en el seno de
la empresa; o bien en las manos de quienes la marcha de la empresa depende en
forma pecuniaria o personal – por ejemplo, mecenas o líderes de poderosos
clubes políticos con intereses específicos de la clase de Tammany Hall. [16]
Lo decisivo es que todo este aparato humano – “La Máquina”, como muy
descriptivamente se la conoce en los países anglosajones – o más precisamente:
quienes la dirigen, mantiene en jaque a los parlamentarios y se halla en
posición de imponerles su voluntad en un grado bastante elevado. Y esto tiene
una importancia especial en la selección de la conducción del partido. A
partir de aquí será líder aquél a quien siga la máquina, incluso por sobre las
cabezas del parlamento. En otras palabras: la creación de estas maquinarias
implica la entrada en escena de la democracia plebiscitaria.
Por supuesto, la militancia partidaria, en especial
el funcionario partidario y el empresario político, esperan obtener del triunfo
del líder una retribución personal; ya sea cargos u otras ventajas. Lo esperan
de él – no, y en todo caso no sólo, de los diferentes parlamentarios; eso es lo
decisivo. Sobre todo esperan que el efecto demagógico de la personalidad
del líder le haga obtener al partido votos y mandatos – es decir: poder – y con
ello aumente en lo posible la probabilidad de que sus partidarios obtengan la
retribución deseada. Desde el punto de vista ideal, una de las motivaciones que
operan en esto es la satisfacción de trabajar, con dedicación y fe personales,
para un ser humano y no para el programa abstracto de un partido compuesto por
mediocridades. Éste es el elemento “carismático” de todo liderazgo.
Esta forma se impuso en una medida muy diversa y en
continua lucha latente con los notables y los parlamentarios que defendían sus influencias.
Logró imponerse primero en los Estados Unidos y luego en el partido
socialdemócrata, sobre todo en Alemania. Se producen constantemente retrocesos
cada vez que no existe un caudillo ampliamente reconocido y, aun cuando éste
exista, se tienen que hacer concesiones de todo tipo a la egolatría y a los
intereses de los notables del partido. Sobre todo sin embargo, la máquina puede
caer bajo el dominio de los funcionarios del partido en cuyas manos está
el trabajo de todos los días. Según la opinión de algunos círculos
socialdemócratas, su partido habría sido víctima de esta “burocratización”. Por
otra parte, los “empleados” se adaptan de un modo relativamente fácil a la
fuerte personalidad demagógica de un líder. Es que sus intereses materiales e ideales
están intensamente ligados al efecto que esperan del líder en cuanto al aumento
del poder partidario y, además, el trabajo para un líder ya de por sí produce
más satisfacción íntima. Mucho más difícil es el surgimiento de un líder allí
en dónde – como en la mayoría de los partidos burgueses – al lado de los
funcionarios, los “notables” controlan la influencia sobre el partido. Es que
estos notables “tienen puesta” idealmente “la vida” en los puestitos de
presidencia o comité que ocupan. Su accionar está determinado por un
resentimiento contra el demagogo como homo novus, por la fe en la
superioridad de la “experiencia” político-partidaria – que, de hecho, no deja
de tener una gran importancia – y por el temor a que se rompan las viejas
tradiciones del partido. Dentro del partido, estos notables tienen a todos los
elementos tradicionalistas de su parte. Sobre todo el elector rural de
provincia, pero también el pequeño burgués, respeta los nombres de los notables
que le resultan familiares desde siempre y desconfía del desconocido; por
supuesto tan sólo para adherirse a él en forma tanto más inquebrantable después
de que ha alcanzado el éxito. Pasemos, pues, a ver en algunos ejemplos
principales la lucha entre las dos formas estructurales y el surgimiento de la
forma plebiscitaria expuesta particularmente por Ostrogoski.
Empecemos por Inglaterra. Allí, la organización
partidaria fue, hasta 1868, una organización de notables casi pura. En el
campo, los tories se apoyaban en el cura párroco anglicano junto con –
mayormente – el maestro de escuela y, por sobre todo, en los grandes
terratenientes del county en cuestión. Los whigs por su parte
recurrían por lo general a personas tales como el predicador inconformista (allí
en dónde había alguno), el empleado de correos, el herrero, el sastre, el
cordelero, es decir: aquellos artesanos que podían tener influencia política
porque eran los que más hablaban con la gente. En la ciudad los partidos se
segmentaban según opiniones económicas, religiosas o simplemente según la
opinión política usual en la familia. Pero los impulsores de la actividad
política siempre eran los notables. Por sobre ellos se ubicaba el parlamento y
los partidos, con el gabinete y con el “leader” que era el presidente
del consejo de ministros o el de la oposición. Este leader tenía a su
lado al político profesional más importante de la organización partidaria: al
“fustigador” (whip[17]).
En las manos de este personaje estaba el patronazgo de los cargos; a él debían
dirigirse, por lo tanto, los cazadores de puestos y era él quien realizaba las
consultas pertinentes con los diputados de las diferentes circunscripciones
electorales. Lentamente, en estas circunscripciones comenzó a desarrollarse un
estrato de políticos profesionales a medida en que se contrataron agentes
locales que al principio no percibieron remuneración y cuya posición se corresponde
aproximadamente con la de los “hombres de confianza” alemanes. Junto a ellos y
en las mismas circunscripciones fue evolucionando la figura de un personaje
empresario y capitalista: el “election agent” [18],
cuya existencia se hizo inevitable por la moderna legislación inglesa orientada
a asegurar la limpieza de las elecciones. Esta legislación intentó controlar
los costos electorales y frenar al poder del dinero obligando al candidato a
declarar lo que le había costado la elección pues este candidato tenía –
mucho más que antes entre nosotros en Alemania – no sólo la oportunidad de
arruinarse la voz con discursos sino también el placer de gastar de su bolsa.
El election agent le cobraba una suma global y con ello el hombre solía
hacer un buen negocio. En la distribución del poder entre el leader
y los notables del partido, tanto en el parlamento como en el país, el primero
había tenido en Inglaterra desde siempre una posición muy importante que
obedeció a las imprescindibles condiciones que hicieran posible una política en
grande y al mismo tiempo estable. Con todo, sin embargo, la influencia de los
parlamentarios y de los notables del partido seguía siendo considerable.
Éste era aproximadamente el aspecto de la vieja
organización partidaria, mitad administrada por notables, la otra mitad ya
regenteada por empleados y empresarios. Después de 1868, sin embargo, se
desarrolló el sistema del “caucus”; primero para las elecciones locales
de Birmingham y luego en todo el país.[19]
Los que crearon este sistema fueron un clérigo inconformista junto con Joseph
Chamberlain. La ocasión para ello fue la democratización del voto. Para
conquistar a las masas se hizo necesario crear un inmenso aparato de
asociaciones aparentemente democráticas, formar en cada barrio urbano una asociación
electoral, mantener constantemente toda la empresa en movimiento y
burocratizarlo todo rígidamente con una cantidad cada vez mayor de empleados
remunerados por los comités electorales locales en los que, en general, quizás
el 10% de los electores se hallaban organizados y convertidos en intermediarios
elegidos con derecho de cooptación en calidad de representantes formales de la
política partidaria. En esto la fuerza impulsora residió en los círculos de
interés locales, sobre todo en los que tenían intereses en la política comunal
– que en todas partes constituía la más jugosa fuente de oportunidades
materiales – y que aportaban los principales medios financieros. Esta nueva
maquinaria en ciernes, que ya no estaba conducida en forma parlamentaria, se trabó
muy pronto en lucha con los que hasta allí habían detentado el poder, sobre
todo con el whip. Así, apoyándose en los representantes de los intereses
locales logró imponerse de tal forma que el whip tuvo que avenirse y
pactar con ella. El resultado fue una centralización de todo el poder en las
manos de unos pocos y, en última instancia, en una sola persona ubicada en la
cima del partido. Es que, en el partido liberal, todo el sistema surgió en
conexión con el ascenso de Gladstone [20]
al poder. Lo que llevó tan rápidamente esta máquina a la victoria sobre los
notables fue lo fascinante de la “gran” demagogia de Gladstone, la firme fe de
las masas en el contenido ético de su política y sobre todo en el carácter
ético de su personalidad. Apareció así en la política un elemento
césaro-plebiscitario: el dictador del campo de batalla electoral. Y se
manifestó muy pronto. En 1877 se utilizó por primera vez el caucus en
las elecciones nacionales. Con un éxito brillante: el resultado fue la caída de
Disraeli justo en el momento de sus grandes éxitos. Para 1886 la maquinaria
estaba ya tan por completo carismáticamente orientada hacia la persona del líder
que, cuando se planteó la cuestión del home-rule, [21]
la totalidad del aparato, desde la cúspide hasta la base, no se preguntó: “¿Compartimos
objetivamente la posición de Gladstone?”. En lugar de ello bastó la palabra de
Gladstone para que se diera vuelta junto con él diciendo: “lo seguimos, haga lo
que haga”; con lo cual el aparato dejó en la estacada al propio Chamberlain,
que había sido su creador.
Esta maquinaria necesita un considerable aparato de
personal. Hay por lo menos unas 2000 personas que viven directamente de la
política partidaria en Inglaterra. Por supuesto, mucho más numerosos son los
que también intervienen en la política como cazadores de puestos o como
representantes de grupos de interés, especialmente dentro de la política
municipal. Aparte de las posibilidades económicas, existe para el político del caucus
también la posibilidad de halagar su vanidad. Convertirse en un “J.P” [22]
o hasta en un “M.P.” [23]
es, naturalmente, un afán (normal) del orgullo extremo y personas que pueden
demostrar que han tenido una buena educación, siendo por ende “gentlemen”,
acceden a ello. Como máxima tentación existe la oportunidad de alcanzar la dignidad
de peer, [24]
especialmente para grandes mecenas financieros – aunque aproximadamente el 50%
de los aportes a las finanzas de los partidos proviene de donantes anónimos.
¿Cual fue el efecto de todo este sistema? Pues que
en la actualidad, los parlamentarios ingleses, con la excepción de un par de
miembros del gabinete (y algunos solitarios) no son más que ovejas electorales
bien disciplinadas. Entre nosotros, en el Reichstag [25],
al menos se acostumbraba a cuidar la apariencia de estar trabajando por el
bienestar del país sentándose ante el escritorio para ultimar la
correspondencia privada. Gestos de esa clase no se exigen en Inglaterra. El
miembro del parlamento sólo tiene que votar y no cometer una traición al
partido. Debe aparecer cuando el whip lo convoca para hacer lo que hayan
dispuesto, ya sea el gabinete o bien el leader de la oposición. Afuera,
en el resto del país, la maquinaria del caucus está casi irreflexiva y
totalmente en las manos del leader cuando existe un conductor fuerte.
Por sobre el parlamento se ubica, pues, el dictador plebiscitario que coloca a
las masas detrás de sí por medio de “la máquina” y para el cual los
parlamentarios son tan sólo prebendarios políticos que se encuentran en su
séquito.
¿Como se produce, pues, la selección de los
dirigentes? Y en primer término: ¿según cuales aptitudes? En esto – aparte de
las calidades de la voluntad que son decisivas en todo el mundo – lo
determinante es el poder del discurso demagógico. Su estilo ha cambiado desde
las épocas de Cobden, que se dirigía a la razón, pasando por las de Gladstone,
que fue un técnico del aparentemente sobrio “dejar que los hechos hablen por si
mismos”, hasta la actualidad en dónde para movilizar a las masas se trabaja
frecuentemente con medios puramente emocionales como los que utiliza también el
Ejército de Salvación. A la situación imperante se la podría definir como una
“dictadura basada sobre el aprovechamiento de la emocionalidad de las masas”.
Pero el muy desarrollado sistema de la labor en las comisiones del parlamento inglés
posibilita y hasta obliga a todo político que aspira a participar en la
conducción, a trabajar junto a los demás. Todos los ministros destacados
de las últimas décadas han pasado por esta escuela de trabajo real y efectiva.
La práctica de la presentación de informes, con su crítica pública durante las
sesiones, hace de esta escuela una verdadera selección que aparta a los meros
demagogos.
Así es en Inglaterra. Pero el sistema del caucus
inglés fue sólo una forma simplificada si se la compara con la organización
partidaria norteamericana que desarrolló el principio plebiscitario de un modo
especialmente temprano y especialmente puro. Según la idea de Washington,
América del Norte debía ser una comunidad administrada por “gentlemen”.
En aquella época, también en ultramar un gentleman era un terrateniente
o alguien con educación superior. Y así fue al principio. Cuando se formaron
los partidos, los miembros de la Cámara de Representantes comenzaron considerándose
dirigentes al igual que en Inglaterra durante el dominio de los notables. La
organización partidaria fue completamente floja y eso duró hasta 1824. En
algunas comunidades, que también en este caso fueron los primeros sitios de la
evolución moderna, la maquinaria partidaria se hallaba incipiente ya antes de
los 1820. Pero las antiguas tradiciones fueron tiradas por la borda recién con
la elección presidencial de Andrew Jackson, el candidato de los campesinos del
Oeste. El fin formal de la conducción de los partidos por los parlamentarios se
produjo pronto después de 1840 cuando los grandes parlamentarios – Calhoun,
Webster – quedaron separados de la vida política porque afuera, en el país, el
parlamento había perdido casi todo poder frente a la máquina partidaria. Que la
“máquina” plebiscitaria se desarrollara en forma tan temprana en Norteamérica
tuvo sus motivos en el hecho de que allí, y sólo allí, el titular del Ejecutivo
– y de eso se trataba – era un presidente elegido de modo plebiscitario, era el
dueño del patronazgo sobre los cargos, y en sus funciones era casi
independiente del parlamento merced a la “división del poder”. De este
modo, un verdadero botín se presentaba como tentador premio por la victoria
justamente en la elección presidencial. A través del “spoils system”,
elevado de modo completamente sistemático por Andrew Jackson a la categoría de
principio, no se hizo más que sacar las consecuencias de todo ello.
¿Qué significa actualmente para la formación de los
partidos políticos este spoils system – es decir: la adjudicación de
todos los cargos federales a los secuaces del candidato ganador ? Significa que
se enfrentan partidos carentes de convicciones, convirtiéndose en puras
organizaciones de cazadores de cargos, que arman sus cambiantes programas para
cada campaña electoral puntual según las probabilidades de la pesca de votos –
y los cambian en una medida tal que, pese a todas las analogías, no se
encuentra nada similar en otras partes. Los partidos están diseñados total y
completamente según las necesidades de las batallas electorales más importante
para el patronazgo de los cargos: la elección del presidente de la Unión y las
de gobernadores de los distintos Estados. Los programas y los candidatos quedan
establecidos en las “Convenciones Nacionales” de los partidos, sin intervención
de los parlamentarios. Es decir: los establecen los congresos de los partidos,
integrados formalmente de modo muy democrático por representantes elegidos en
asambleas de delegados quienes, a su vez, reciben sus mandatos en las
“primarias” que son las asambleas de los votantes originarios. Ya en las
primarias se elige a los delegados haciendo referencia al nombre del candidato
a la presidencia; dentro de cada partido se desata la más furiosa lucha
por la cuestión de la “nominación”. De cualquier modo, en las manos del
presidente quedan entre 300.000 y 400.000 nombramientos a diferentes puestos
que se ocupan según su decisión, sólo con la consulta a los senadores de los
diferentes Estados. Los senadores son, por lo tanto, políticos poderosos. Por
el contrario, la Cámara de Representantes es relativamente muy débil desde el
punto de vista político siendo que se le ha quitado el patronazgo de los cargos
y los ministros, meros ayudantes del presidente legitimado ante todo el mundo
por el voto popular, pueden ejercer sus funciones de modo independiente de la
confianza o desconfianza del Parlamento; lo cual no es sino una consecuencia de
la “división del poder”.
El spoil system así sostenido fue
técnicamente posible en Norteamérica porque, dada la juventud de la cultura
americana, una administración por diletantes resultó soportable. Porque
300.000 o 400.000 miembros del partido, que en materia de calificaciones no
podían aducir más que los buenos servicios prestados al partido,
conformaban una situación que, naturalmente, no podía sostenerse sin enormes
vicios. La inigualable corrupción y el despilfarro resultantes sólo pudieron
ser soportados por un país que aun tenía posibilidades económicas ilimitadas.
Ahora bien, la figura que con este sistema de la
maquinaria partidista plebiscitaria aparece en escena es el “boss” [26].
¿Qué es el boss? Es un empresario político capitalista que consigue
votos por su propia cuenta y riesgo. Puede haber hecho sus primeras relaciones
como abogado, tabernero o titular de cualquier otra empresa similar, o quizás
hasta como prestamista. A partir de allí ha tejido los hilos de su red
extendiéndola cada vez más hasta “controlar” una determinada cantidad de votos.
Logrado esto, toma contacto con los bosses vecinos y llama la atención
de los que ya han avanzado en la carrera demostrando tener entusiasmo,
habilidad y, sobre todo, discreción. Con ello, asciende. Es que el boss
es indispensable para la organización del partido. La tiene, centralizada, en
sus manos. Es él quien aporta, de un modo muy esencial, los recursos. ¿Cómo los
obtiene? Pues, en parte por el aporte de las cuotas de los miembros; pero por
sobre todo a través de quedarse con un porcentaje de los sueldos de aquellos
funcionarios que han llegado al cargo gracias a él y a su partido. Además,
mediante sobornos y regalías. El que desea infringir impunemente alguna
de las múltiples leyes, necesita de la connivencia del boss y debe pagar
por ella. De otro modo sufrirá, inevitablemente, cosas desagradables. Pero sólo
con esto todavía no se ha conseguido el capital activo que necesita la empresa.
El boss resulta indispensable como colector directo del dinero de los
grandes magnates financieros. Éstos de ninguna manera le darían el dinero que
aportan con fines electorales a algún empleado a sueldo del partido o a una
persona con la obligación de rendir cuentas públicamente. El boss, con
su elaborada discreción en cuestiones de dinero, es obviamente el hombre de
aquellos círculos capitalistas que financian las elecciones. El boss
típico es una persona absolutamente pragmática. No anhela prestigio social; al
“profesional” se lo desprecia en la “buena sociedad”. El boss busca
exclusivamente poder; poder como fuente de dinero pero también poder por el
poder mismo. Trabaja en las sombras; ésa es su diferencia con el leader
inglés. No se lo escuchará hablar en público; pero será él quien le sugerirá a
los oradores lo que tienen que decir de un modo eficaz. Por su parte él
prefiere callar. Por regla general tampoco aceptará un cargo, excepto el de
senador en el Senado Federal. Porque, puesto que los senadores participan del
patronazgo de los cargos por disposición constitucional, los principales bosses
con frecuencia se sientan personalmente en las bancas de este cuerpo. La
distribución de los cargos se produce, en primer lugar, de acuerdo con los
servicios prestados al partido; aunque también es frecuente la adjudicación de
puestos a cambio de dinero y para algunos cargos existen determinadas tarifas.
Es un sistema de venta de cargos como el que ya conocían ampliamente las
monarquías e incluso el Estado eclesiástico de los Siglos XVII y XVIII.
El boss no tiene “principios” políticos
firmes; carece totalmente de convicciones y sólo pregunta: ¿qué es lo que
atrapa votos? No es infrecuente que sea una persona bastante pobremente
educada, pero en su vida privada suele comportarse de un modo intachable y
correcto. Sólo en su ética política se amolda naturalmente al promedio ético de
la actividad política tal como ésta le es dada por la realidad, del mismo modo
en que muchos de nosotros lo habremos hecho en el terreno económico durante la
época del acaparamiento [27].
El hecho que se lo desprecie socialmente como “profesional” de la política es
algo que no le importa. La circunstancia que él mismo no llega, ni quiere
llegar, a los grandes cargos de la Unión tiene la ventaja de que, con cierta
frecuencia, cuando los bosses vislumbran un atractivo electoral con
ello, acceden a la candidatura inteligencias extrapartidarias, es decir:
notables independientes y no siempre y constantemente los viejos notables del
partido como entre nosotros. Precisamente la estructura de estos partidos
carentes de convicciones, con sus detentadores del poder socialmente
despreciados, es lo que ha facilitado que accedan a la presidencia hombres
capaces que, entre nosotros, jamás lo hubieran logrado. Por supuesto, a los bosses
se les erizan los pelos ante un outsider extrapartidario que podría
poner en peligro sus fuentes de dinero y de poder. Pero, en la conflictiva
competencia por el favor de los votantes, en no pocos casos han debido aceptar
justamente a candidatos que tenían fama de ser enemigos de la corrupción.
Tenemos aquí, pues, una empresa partidaria
fuertemente capitalista, rígidamente estructurada de arriba hasta abajo,
apoyada también sobre los, por demás fuertes, clubes organizados al modo de una
Orden de la especie de Tammany-Hall y que buscan exclusivamente la obtención de
beneficios a través del dominio político, sobre todo de las administraciones
comunales – que también aquí constituyen el objeto de explotación más
importante. Esta estructura de la vida partidaria se hizo posible gracias al
alto grado de democracia que los Estados Unidos pudieron tener por constituir
una “Tierra Nueva”. Esta circunstancia, sin embargo, hace que este sistema se
encuentre en lenta desaparición. Norteamérica no puede seguir estando gobernada
por diletantes. Hace todavía 15 años atrás los trabajadores norteamericanos,
puestos ante la pregunta de por qué se dejaban gobernar por políticos a los que
ellos mismos declaraban despreciar, respondían: “Preferimos tener funcionarios
a los que podemos escupir antes de tener, como entre ustedes, una casta de
funcionarios que nos escupe a nosotros”. Ésa fue la antigua posición de la
“democracia” norteamericana. Los socialistas ya entonces pensaban de modo
completamente diferente. Es que la situación ya no se soporta. La
administración por diletantes ya no alcanza y el Civil Service Reform
está creando puestos vitalicios con derecho a jubilación en cantidades cada vez
mayores, con lo cual llegan a los cargos funcionarios con formación
universitaria que son exactamente tan capaces y honestos como los nuestros. En
cifras redondas, existen unos 100.000 puestos que ya no están dentro del botín
de las alternancias electorales sino dotados de derechos jubilatorios y sujetos
a la aprobación de pruebas de calificación. Esto hará retroceder lentamente al spoil
system y probablemente el estilo de la conducción partidaria tendrá que reformarse;
sólo que todavía no sabemos cómo. [28]
En Alemania, las condiciones decisivas de la vida política
han sido hasta ahora las siguientes. En primer lugar: impotencia de los
parlamentos. La consecuencia de ello fue que absolutamente nadie que tuviera
calidad de líder ingresaba en ellos de un modo permanente. Aun suponiendo el
caso de que alguien quisiera ingresar –¿qué era lo que podía hacer allí? Al
quedar vacante un puesto en algún despacho se podía ir y decirle al jefe de la
administración respectiva: “En mi circunscripción tengo a un hombre muy capaz
que sería adecuado para el puesto; tómelo, hágame el favor”. Y muchas veces lo
tomaban de buen grado. Pero eso era prácticamente todo lo que un parlamentario
alemán podía lograr para satisfacer sus instintos de poder – si es que tenía
algunos. A esto se le agregaba – y este segundo factor condicionaba al primero
– la inmensa importancia que en Alemania tenía el conjunto de funcionarios
profesionales con capacitación especializada. En esto éramos los primeros del
mundo. Esta importancia trajo consigo que estos funcionarios profesionales
aspiraron a ocupar no sólo los puestos normales del funcionario profesional
sino también los puestos de ministros. Fue en el Landtag [29]
bávaro que el año pasado, al discutirse la parlamentarización, se dijo que, si
los ministerios se ocupaban con parlamentarios, las personas capaces ya no
querrían ser funcionarios públicos. Aparte de esto, la administración por
funcionarios se sustrajo sistemáticamente a un tipo de control como el que
ejercen los debates de las comisiones parlamentarias inglesas, con lo que se
incapacitó al parlamento – salvo raras excepciones – a formar en su seno jefes
administrativos realmente útiles.
En tercer lugar, lo que hemos tenido en Alemania –
contrariamente a lo que sucede en Norteamérica – han sido partidos con
ideología política que, al menos con una bona fide subjetiva, afirman
que sus miembros poseen una “cosmovisión” o “concepción del mundo”. Los dos
partidos más importantes: el centro por un lado y la socialdemocracia por el
otro, fueron sin embargo partidos minoritarios natos, y por decisión propia
además. A nivel nacional, los dirigentes de centro nunca ocultaron que se
oponían al parlamentarismo porque temían quedar en minoría, con lo que se les
dificultaría el acomodo de los cazadores de puestos mediante la presión sobre
el gobierno, tal como lo venían haciendo. La socialdemocracia fue un partido
minoritario por principio y un obstáculo para la parlamentarización porque no
quería ensuciarse con el orden político-burgués dado. El hecho que ambos
partidos se excluyesen del sistema parlamentario hizo que éste fuese imposible.
¿Qué pasó, en virtud de esto, con los políticos
profesionales alemanes? No tenían ningún poder, ninguna responsabilidad, podían
desempeñar sólo un bastante subalterno papel de notables y, por lo tanto,
últimamente quedaron imbuidos de los instintos corporativos que son típicos en
todas partes. Dentro del ámbito de estos notables que vivían de sus pequeños
puestitos, a una persona que no fuese semejante a ellos le resultaba imposible
ascender. En todos los partidos, sin excluir obviamente a la socialdemocracia,
podría citar numerosos nombres de personas que protagonizaron tragedias en
materia de carreras políticas tan sólo porque el individuo tenía cualidades de
líder y, justamente por ello, no fue tolerado por los notables. Todos nuestros
partidos han transitado por este camino que los llevó a convertirse en
corporaciones de notables. Bebel [30]
por ejemplo, fue todavía un líder por su temperamento y la probidad de su
carácter, por más limitado que haya sido su intelecto. El hecho que fuese un
mártir, que nunca defraudase la confianza de las masas, tuvo como consecuencia
que las tuviese sencillamente detrás de él y no hubo poder dentro del partido
que hubiese podido oponérsele en forma seria. Después de su muerte esto terminó
y comenzó el imperio de los funcionarios. Surgieron y ascendieron empleados
sindicales, secretarios de partido, periodistas; los instintos del empleado
dominaron el partido. Fue un funcionariado altamente honorable –
excepcionalmente honorable podría decirse teniendo en cuenta la situación de
otros países, en especial considerando los frecuentemente corruptos empleados
sindicales norteamericanos – pero aun así las ya mencionadas consecuencias del
dominio de los funcionarios aparecieron en el partido.
De 1820 en adelante los partidos burgueses se
convirtieron completamente en corporaciones de notables. Aunque ocasionalmente
y a los fines propagandísticos, los partidos tuvieron que recurrir a
intelectuales extrapartidarios para poder decir: “tenemos a tales y cuales nombres”,
dentro de lo posible evitaron que estas personas se presentaran a ser elegidas
y llegaron a ser candidatos sólo en aquellos casos en que el interesado no se
avenía a prestar su nombre de otra manera.
En el parlamento imperaba el mismo espíritu. Nuestros
partidos parlamentarios fueron y siguen siendo corporaciones. Cada discurso que
se pronuncia en el plenario del Reichstag está previamente analizado por
el partido. Es algo que puede percibirse por lo increíblemente aburrido que
resulta. Sólo quien está registrado como orador puede hacer uso de la palabra.
Resulta casi impensable imaginar algo más opuesto a las costumbres inglesas
pero también – y por motivos completamente contrarios – a las francesas.
Ahora, como consecuencia del tremendo colapso que se
ha dado en llamar revolución, quizás se está produciendo un cambio. Quizás – y
no es nada seguro. Por de pronto, aparecieron nuevas especies de aparatos
partidarios. En primer lugar, aparatos de aficionados. Con frecuencia
representados por estudiantes de las casas de altos estudios que le dicen a un
hombre al cual le adjudican cualidades de líder: “nos encargamos del trabajo
que usted necesita, ejecútelo”. En segundo lugar, aparatos de hombres de
negocios. Ha sucedido que ciertas personas se dirigieran a hombres que
consideraban dotados de cualidades de liderazgo para pedirles que, a cambio de
aportes en firme, se hicieran cargo de la tarea de conquistar votos. Si alguien
me preguntara cual de estos dos aparatos, desde el punto de vista puramente
técnico-político, consideraría como el más confiable, honestamente creo que
preferiría este último. En todo caso, ambos fueron burbujas que se expandieron
con rapidez y desaparecieron velozmente de nuevo. Los aparatos existentes se
reorganizaron, pero siguieron trabajando. Aquellos fenómenos fueron tan sólo un
síntoma de que los nuevos aparatos quizás se establecerían si – tuviesen los
líderes necesarios. Pero ya las características técnicas de la representación
proporcional han impedido que levantaran cabeza. Sólo aparecieron y volvieron a
desaparecer algunos dictadores de la calle. Y sólo los seguidores de la
dictadura callejera poseen una organización férreamente disciplinada; que es lo
que explica el poder de estas evanescentes minorías.
Pero supongamos que esto cambie. En ese caso, por
todo lo ya mencionado hay que tener en claro que la dirección de los partidos
por parte de líderes plebiscitados implica el “aplastamiento espiritual” de los
seguidores; su proletarización intelectual, para decirlo de algún modo. El
aparato tiene que obedecer ciegamente para que le resulte útil al líder; tiene
que convertirse en una máquina en el sentido norteamericano y no estar
perturbada por vanidades de notables o pretensiones de ideas propias. La
elección de Lincoln fue posible gracias a esta clase de organización partidaria
y en el caso de Gladstone se produjo, como ya vimos, lo mismo que en el caucus.
Sucede que éste es sencillamente el precio que se paga por la dirección a cargo
de un líder. No obstante existen sólo dos opciones: o bien una democracia de
líderes con “máquina”, o bien una democracia sin líderes, es decir, el imperio
de los “políticos profesionales” sin profesión, sin las cualidades carismáticas
íntimas que precisamente hacen a un líder. Y esto conduce a lo que la facción
partidaria usualmente denomina como “camarilla”. Por el momento sólo tenemos
esto último en Alemania. El mantenimiento de esto de cara al futuro, en el
Reich al menos, se ve favorecido, en primer lugar por el hecho que el Bundesrat
[31]
resurgirá y se opondrá al poder del Reichstag con lo que la importancia
de este último en materia de selección de líderes quedará limitada. Más allá de
ello, la continuidad también está favorecida por la ley electoral de
representación proporcional tal como actualmente se encuentra configurada. Este
factor es un fenómeno típico de la democracia sin líderes, no solamente porque
favorece el tráfico de puestos por parte de los notables, sino porque también
le da a los grupos de interés la posibilidad de forzar la admisión de sus
empleados en las listas y crear de este modo un parlamento apolítico en el cual
no hay lugar para liderazgos auténticos. La única válvula de escape para la
necesidad de liderazgo podría ser la del presidente del Reich, si éste fuese
elegido por plebiscito y no por el parlamento. Sobre todo podría surgir un
liderazgo basado en el trabajo exitoso si en las grandes comunas – como sucedió
en los Estados Unidos en todas aquellas partes en dónde se quiso atacar
seriamente a la corrupción – apareciese en escena el dictador local con derecho
a constituir en forma independiente su propio aparato administrativo. Esto
exigiría una organización partidaria adecuada a esta clase de elecciones. Pero
la absolutamente pequeñoburguesa aversión al liderazgo en todos los partidos,
incluido el socialdemócrata, hace que sea aun totalmente oscura la futura
estructura de los partidos y, con ello, la probabilidad de todas estas
alternativas.
Por eso es que en la actualidad de ningún modo es
posible prever cómo se estructurará el quehacer político como “profesión”, y
menos aun cuales son los caminos que se abrirán a la posibilidad de que
personas políticamente talentosas se puedan hacer cargo de una tarea política
satisfactoria.
Para aquél que, dada su situación económica, está
forzado a vivir “de” la política, las alternativas a considerar seguirán
siendo probablemente: el periodismo o el empleo en la administración del
partido político como caminos directos típicos; o bien alguna de las
instituciones de los grupos de interés tales como un sindicato, una cámara de
comercio, una cámara agraria, una asociación de artesanos u obreros, alguna
asociación patronal etc.; o bien algunos puestos municipales adecuados.
Sobre el aspecto externo de la cuestión no es posible agregar más que lo
siguiente: que el empleado del partido y el periodista sobrellevan el estigma
del “desclasado”. “Escriba a sueldo”, o bien “orador a sueldo”, es el mote que,
por desgracia, les resonará siempre en los oídos, por más que nadie lo diga en
forma explícita. Para quien esté íntimamente indefenso ante ello y no pueda
darse a sí mismo la respuesta correcta, será mejor permanecer lejos de esta
carrera que en todo caso, aparte de grandes tentaciones, siempre podrá traer
consigo constantes desilusiones. Sin embargo, ¿qué satisfacciones íntimas
tiene para ofrecer y qué condiciones personales exige de quien se dedica a
ella?
Pues bien, por de pronto otorga sensación de poder.
Incluso en puestos formalmente modestos, el político profesional puede alzarse
sobre lo cotidiano con la conciencia de tener influencia sobre las personas
dado que participa del poder sobre ellas, pero, por sobre todo, merced a la
sensación de tener entre manos la nervadura de acontecimientos históricos
importantes. Pero en esto la pregunta que se le plantea es: ¿por medio de qué
cualidades puede esperar estar a la altura de este poder (por más acotado que
sea en su caso individual) y de la responsabilidad que este poder le exige? Con
esto ingresamos al terreno de las cuestiones éticas porque a este ámbito
pertenece la pregunta: ¿qué clase de ser humano hay que ser para tener el permiso
de meter la mano entre los rayos de la rueda de la Historia?
Se puede decir que existen tres cualidades
decisivas para el político: pasión, sentido de responsabilidad y buen criterio.
Pasión en un sentido realista; es decir: dedicación apasionada a una
“causa” concreta, al dios o al demonio que la gobierna. No una pasión en el
sentido de esa actitud íntima que mi finado amigo Georg Simmel solía definir
como “excitación estéril” y que es común en un determinado tipo de intelectual
– sobre todo del ruso (¡aunque no de todos!) – y que ahora juega un papel tan
importante también entre nuestros intelectuales en este carnaval que se adorna
con el altisonante nombre de “revolución”. Este tipo de pasión es un “romanticismo
de lo intelectualmente interesante” que se pierde en el vacío, carente de todo
sentido de responsabilidad concreto. Porque, por supuesto, con la mera pasión,
por más auténticamente sentida que sea, no alcanza. No convierte a alguien en
político a menos que convierta en estrella orientadora de la acción y como
servicio a una “causa”, también la responsabilidad por, precisamente,
dicha causa. Y para esto se necesita poseer la cualidad psicológica decisiva
del político: criterio; la capacidad de dejar actuar a la realidad sobre
uno mismo manteniendo la cohesión y la paz interiores, es decir: la capacidad
de mantener distancia frente a las cosas y a las personas. Ya el
“ser incapaz de mantener distancia” en, si mismo, es uno de los pecados mortales
de cualquier político y su deliberado fomento en la próxima generación de
intelectuales los condenará a la ineptitud política. Porque el problema es
justamente: ¿cómo puede forzarse a la ardiente pasión y al frío criterio a
coexistir en las mismas almas? La política se hace con el cerebro, no con otras
partes del cuerpo, ni con el alma. Y aun así, la dedicación a la política sólo
puede alimentarse de la pasión si ha de ser una auténtica actividad humana y no
un frívolo juego intelectual. Solamente el hábito de la distancia, en todos los
sentidos del término, hace posible ese fuerte dominio sobre el alma que
caracteriza al político apasionado y lo distingue del tan sólo “estérilmente
exaltado” político diletante.
Por consiguiente, el político tiene que dominar,
dentro de si mismo, cada día y cada hora, a un enemigo demasiado humano y
totalmente trivial: la muy vulgar vanidad, enemiga mortal de toda
dedicación objetiva y de toda toma de distancia que, en este caso, implica el
tomar distancia de uno mismo.
La vanidad es una cualidad muy extendida y quizás
nadie está libre de ella. En los círculos académicos y científicos es una
especie de enfermedad profesional. Pero, por más antipática que sea su
manifestación, justamente en el científico resulta relativamente
inofensiva porque, por regla general, no interfiere en la actividad científica.
El caso del político es completamente diferente. El político trabaja en la
obtención de poder como medio inevitable. El “instinto de poder”, como suele
decirse, pertenece de hecho a sus cualidades normales. El pecado contra el
Espíritu Santo de su profesión comienza, sin embargo, cuando este afán de poder
deja de ser objetivo y se convierte en un objeto de pura embriaguez
personal en lugar de quedar exclusivamente al servicio de la “causa”. Es que,
en última instancia, existen sólo dos clases de pecados mortales en el ámbito
de la política: falta de objetividad y – lo que con frecuencia, pero no
siempre, es algo idéntico – falta de responsabilidad. La vanidad, la necesidad
de ponerse a si mismo en primer plano todo lo posible, es lo que más influye
sobre el político a cometer alguno de estos pecados, o ambos a la vez. Tanto
más cuanto que el demagogo está forzado a calcular el “efecto” que produce. Justo
por esto es que constantemente corre el peligro, tanto de convertirse en
comediante como de tomar a la ligera la responsabilidad por las consecuencias
de sus actos y tener en cuenta tan sólo la “impresión” que causa. Su falta de
objetividad lo hace proclive a buscar la apariencia del poder en lugar del
poder real y su irresponsabilidad a disfrutar el poder por el poder mismo, es
decir: un poder sin el contenido de un objetivo concreto. Porque si bien – o
mejor dicho justamente porque – el poder es el medio inevitable de la
política y, por lo tanto, el afán de poder constituye una de las fuerzas
impulsoras de toda política, justamente por ello no existe una distorsión más
funesta de la fuerza política que la del advenedizo que se vanagloria de su
poder, o la del narcisista que se regodea en la sensación del poder, o bien en
términos generales, toda idolatría del poder como tal. El simple “político del
poder”, como el que entre nosotros trata de glorificar un culto practicado con
entusiasmo, puede parecer fuerte pero, en realidad, actúa en el vacío y en el
sinsentido. En esto, los críticos de la Machtpolitik [32]
tienen toda la razón. En el súbito colapso personal de ciertos representantes
típicos de esta mentalidad hemos podido percibir cuanta debilidad íntima y
cuanta impotencia se esconde detrás de esta apariencia presuntuosa pero
completamente vacía. Sucede que esta actitud es el producto de una muy mezquina
y superficial arrogancia frente al sentido de la actividad humana; una
arrogancia completamente alejada del conocimiento acerca del drama que envuelve
en realidad a toda actividad humana y especialmente a la actividad política.
Es completamente cierto y constituye una realidad
básica de toda la Historia – que no fundamentaremos aquí en detalle – que el
resultado final de la actividad política, muchas veces y hasta directamente por
regla general, se halla con su intención o sentido original en una relación
completamente inadecuada y con frecuencia hasta paradójica. Pero no por ello
puede faltar este sentido del servicio a una causa si es que la
actividad ha de tener un sostén interno. El contenido de esta causa, a cuyo servicio
el político conquista y ejerce el poder, es una cuestión de convicciones. Puede
servir a fines nacionales o humanitarios, sociales y éticos o culturales,
mundanos o religiosos; puede estar impulsada por una intensa fe en el
“progreso” – sea cual fuere su sentido – o bien puede rechazar fríamente esta
clase de fe; puede reivindicar que está al servicio de una “idea”, o bien,
rechazando por principio esta pretensión, puede tener la intención de servir a
los objetivos mundanos de la vida cotidiana. Sea como fuere, siempre tiene que estar
presente alguna fe. De otro modo, hasta sobre los aparentemente más grandes
éxitos políticos pesa de hecho la maldición de la nulidad creativa
Con lo expuesto arribamos ya a la discusión del
último problema que nos compete esta noche: el del ethos de la política
como “causa”. Dejando completamente de lado sus objetivos, ¿qué misión puede la
política cumplir por si misma dentro del conjunto de actividades morales que
hacen a un estilo de vida? Por decirlo de alguna manera: ¿cuál es el sitio
ético al cual pertenece? Aquí, evidentemente, chocan entre sí cosmovisiones
esenciales entre las cuales, en última instancia, hay que elegir.
Enfrentemos resueltamente este problema que últimamente ha sido planteado de
nuevo – y en mi opinión de un modo sumamente incorrecto.
Por de pronto, liberémoslo de una falsificación
completamente trivial. Porque, para empezar, la ética puede aparecer en un
papel moralmente por demás fatal. Veamos algunos ejemplos. Pocas veces
encontrarán ustedes a un hombre cuyo amor se ha apartado de una mujer para
dirigirse a otra que no sienta la necesidad de auto-justificarse diciendo:
“ella no merecía mi amor”, o bien “me ha decepcionado”, o cualquier otro
“motivo” similar. Es una falta de caballerosidad que, ante el simple destino de
la mujer que queda obligada a hacerse cargo de que él ya lo la quiere, en un
gesto de profunda vileza se inventa una “legitimación” por medio de la cual se
arroga un derecho y, encima de la desventura que le ocasiona a la mujer,
todavía pretende atribuirle una injusticia. De la misma manera se comporta el
competidor erótico exitoso: el adversario tenía que ser el menos valioso, de
otro modo no hubiera sido derrotado. Y por supuesto, la situación no es diferente
cuando el vencedor, después de ganar la guerra y con la indigna compulsión del
que siempre quiere imponerse en todo, declara: “he triunfado porque tenía
razón”. O bien cuando alguien se quiebra bajo las atrocidades de una guerra y
después, en lugar de decir: “sencillamente fue más de lo que pude soportar”,
siente de pronto la necesidad de justificar ante sí mismo su propia fatiga de
combate sustituyendo su sensación con la afirmación: “no pude soportarlo porque
tuve que combatir por una causa moralmente abominable”. Y lo mismo se aplica a
quienes resultan derrotados en la guerra. Pero, en lugar de lloriquear como una
anciana y salir después de una guerra a la búsqueda de un “culpable” – cuando
es la estructura misma de la sociedad la que ha generado la guerra – cualquier
persona de conducta sobria y viril le dirá al enemigo: “Perdimos la guerra.
Ganaron ustedes. Eso terminó. Hablemos ahora de las consecuencias a sacar de
acuerdo con los intereses concretos que estuvieron en juego y ” – esto
es lo principal – “ considerando la responsabilidad ante el futuro, que
recae ante todo sobre el vencedor.” Todo lo demás es indigno y se paga tarde o
temprano. Una nación puede perdonar la lesión de sus intereses; lo que no puede
perdonar es una lesión a su honor, y menos aun la producida por disquisiciones
bizantinas. Si la guerra, al terminar, no es enterrada al menos moralmente,
cada nuevo documento sacado a la luz después de décadas enteras, revivirá la
diatriba degradante, el odio y la ira. El superar moralmente una guerra sólo es
posible mediante objetividad y caballerosidad; sobre todo mediante dignidad.
No es posible hacerlo mediante una “ética” que, en realidad, implica una falta
de dignidad en las dos partes. Una “ética” semejante, en lugar de preocuparse
por lo que le atañe al político, es decir: el futuro y su responsabilidad ante
ese futuro, se ocupa de las cuestiones estériles e inacabables de las culpas
del pasado. Si existe la culpa política, entonces es ésta. Y con ello se pasa
por alto la inevitable falsificación de todo el problema a través de intereses
muy materiales. Intereses del vencedor a maximizar su ganancia – tanto moral
como material – y la esperanza del vencido de negociar ventajas a través de una
confesión de culpabilidad. Si hay algo que es “repugnante”, pues es esto; y
esta es la consecuencia de esta forma de utilizar la “ética” como medio para
“tener razón”.
¿Cómo es, pues, la verdadera relación entre ética y
política? ¿Acaso, como ocasionalmente se ha dicho, las dos no tienen nada que
ver entre sí? ¿O es cierta la inversa y “la misma” ética es válida tanto para
la actividad política como para cualquier otra? A veces se ha pensado que las
dos posibilidades son excluyentes; o bien es verdadera la una o bien lo es la
otra. Pero, para las relaciones eróticas, comerciales, familiares y
profesionales, para las relaciones con la esposa, la verdulera, el hijo, la
competencia, el amigo, el acusado, ¿acaso hay una ética en el mundo con la que
sería posible establecer esencialmente las mismas normas para todos los
casos? La política, que trabaja con un medio tan específico como lo es el poder
detrás del cual está la coerción, ¿puede ser tan irrelevante para las
exigencias éticas? ¿Acaso no vemos como los ideólogos bolcheviques y
espartaquistas, precisamente por aplicar este medio de la política, producen
exactamente los mismos resultados que cualquier dictador militar? ¿En
qué se diferencia el dominio de los soviets de obreros y soldados del
dominio de cualquier gobernante del antiguo régimen, más allá de la persona de
los gobernantes y su diletantismo? ¿En qué se diferencia de cualquier otro
demagogo la polémica de la mayoría de los representantes de la presunta nueva
ética, incluso la dirigida contra los adversarios que tanto critican? Se nos
dirá que ¡por la noble intención! Bien. Pero de lo que estamos hablando aquí es
de los medios, y los adversarios atacados también reivindican para sí con total
honestidad subjetiva la nobleza de sus intenciones últimas: “El que a hierro
mata, a hierro muere”. Y el combate es combate en todas partes. Pues entonces,
¿acaso la ética del Sermón de la Montaña? El Sermón de la Montaña,
entendido como la ética absoluta del Evangelio, es una cosa mucho más seria de
lo que creen quienes tanto citan estos mandamientos. Con esta ética no se
juega. Puede decirse de ella lo mismo que se afirma de la causalidad en la
ciencia: no es un carro que se detiene cuando uno quiere y al cual nos subimos
o del cual nos bajamos cuando se nos antoja. Esa ética es una cuestión de todo,
o bien nada en absoluto; ése es justamente su sentido, si es que
queremos obtener de ella algo más que trivialidades. Tómese, por ejemplo la
parábola del joven rico: “Al oír estas palabras, el joven se marchó
entristecido, porque tenía muchos bienes.”[33]
El mandamiento del Evangelio es incondicional y unívoco: entrega lo que tienes
– todo – sin atenuantes. El político dirá: “es una pretensión que
socialmente no tiene sentido mientras no sea aplicada a todos”. Por lo tanto:
gravámenes, impuestos, confiscaciones; en una palabra: coerción y
reglamentación contra todos. Pero el mandato ético no impone esto en
absoluto; ésa es su esencia. O bien esto otro: “Al que te hiera en una
mejilla, preséntale también la otra.” [34]
Sin condiciones; sin preguntar de dónde saca el otro su derecho a pegar. Es una
ética de la humillación – excepto: para un santo. Y así es: hay que ser un
santo en todo, o al menos hay que tener voluntad de serlo; hay que vivir
como Jesús, como los apóstoles, como San Francisco o los demás santos, y recién
entonces esta ética adquiere su sentido y se convierte en una expresión
de dignidad. De otro modo, no. Porque si la consecuencia de la ética
acósmica del amor impone: “no resistir al mal con violencia”, para el político
lo válido es la sentencia contraria: “debes resistir al mal
violentamente, porque, de no hacerlo, serás responsable por su
predominio”. El que quiera actuar según el Evangelio, que se abstenga de hacer
huelgas – porque son una forma de coerción – y que vaya a alguno de los
sindicatos amarillos. Pero, por sobre todas las cosas, que no hable de
“revolución”. Porque seguramente la ética del Evangelio no pretenderá enseñar
que justo la guerra civil es la única guerra legítima. El pacifista que se
comporta según el Evangelio, tal como se recomendó en Alemania, rechazará
o arrojará las armas por obligación ética y para poner fin a la guerra, pero a toda
guerra. El político actual dirá: “la única forma segura de desacreditar la
guerra para la totalidad del futuro previsible hubiera sido una paz que
restableciera el satus quo anterior al conflicto”. De haberlo hecho así
los pueblos se hubieran preguntado: “¿para qué sirvió la guerra?” La hubiéramos
reducido al absurdo; algo que hoy ya no es posible porque a los vencedores – al
menos a una parte de ellos – les ha resultado políticamente rentable. Y la
responsabilidad por ello le cabe a esa actitud que nos hizo imposible la
resistencia. Así, cuando el período de postración posbélico haya pasado, la
que quedará desacreditada será la paz y no la guerra. Ésa será la
consecuencia de la ética absoluta.
Por último: la obligación por la verdad. Para la
ética absoluta, es incondicional. En consecuencia, se ha exigido la publicación
de todos los documentos, en especial los que inculpan al país propio y, sobre
la base de esta publicación: confesión de culpa, en forma unilateral,
incondicional; sin considerar las consecuencias. El político encontrará que por
este medio no se promueve la verdad sino, por el contrario, que es una forma
segura de oscurecerla con la manipulación y la exaltación de las pasiones.
Hallará que sólo podría ser fructífera una investigación independiente,
planificada, involucrando a todas las partes interesadas. Cualquier otro
procedimiento puede tener, para la nación que lo adopte, consecuencias que no
se subsanan ni en décadas enteras. Pero la ética absoluta ni siquiera
pregunta por “consecuencias”.
Con ello hemos llegado al punto decisivo. Tenemos
que tener en claro que toda actividad orientada por la ética puede estar bajo
dos principios fundamentalmente diferentes e irresolublemente contrapuestos: la
convicción o la responsabilidad; la actividad puede estar orientada, o bien por
una “ética de la convicción”, o bien por una “ética de la responsabilidad”. Y
no es que la ética de la convicción equivale a irresponsabilidad, como que
tampoco la ética de la responsabilidad equivale a una ética sin convicciones.
Por supuesto que no se trata de eso. Pero existe una diferencia abismal entre
actuar con la convicción de un principio ético – hablando en términos
religiosos sería: “el cristiano hace el bien y deja el éxito en manos de Dios”
– o bien con la responsabilidad ética de hacerse cargo de las consecuencias
(previsibles) de sus actos. Pueden ustedes ir a un sindicalista imbuido de la
ética de la convicción y explicarle irrefutablemente que las consecuencias de
su acción serán: un aumento de las oportunidades de los reaccionarios, una
mayor opresión de su clase y mayores impedimentos para su ascenso. Todo eso no
le causará la menor impresión. Para él, si las consecuencias de una acción
llevada a cabo con pureza de convicciones resultan desfavorables, el
responsable por las mismas no será el que ejecutó la acción sino el mundo, la
estupidez de los seres humanos, o hasta la voluntad de Dios que los creó así.
Por el contrario, una persona que se guía por la ética de la responsabilidad
tendrá en cuenta precisamente el promedio estadístico de esos defectos humanos.
Porque, como dijo Fichte con razón, esa persona no tiene ningún derecho a
presuponer la bondad y la perfección en los seres humanos y no se sentirá capaz
de cargar sobre las espaldas de otros las consecuencias de su propio accionar
en la medida en que haya podido preverlas. Esa persona dirá: “esas
consecuencias se cargarán en la cuenta de mis acciones”. Quien actúa según la
ética de la convicción sólo se siente “responsable” por mantener encendida la
llama de la convicción pura; como, por ejemplo, la llama de la protesta contra
las injusticias del orden social. El objetivo de sus acciones, completamente
irracionales si las miramos desde el punto de vista de su posible éxito, es
encender esa llama una y otra vez, con lo que dichas acciones sólo pueden, y
sólo deben, tener un valor aleccionador.
Pero ni siquiera con esto hemos llegado al final
del problema. No hay en el mundo ninguna ética que pueda eludir el hecho de que
la obtención de fines “buenos” depende en numerosos casos de medios moralmente
dudosos, o al menos peligrosos, y conlleva la posibilidad, o incluso la
probabilidad, de consecuencias secundarias adversas. Y tampoco existe en el
mundo ética alguna por medio de la cual se pueda establecer cuando y en qué
medida el fin éticamente bueno queda “justificado” por fines éticamente
peligrosos y sus daños colaterales. El medio decisivo para la política es la
violencia y la medida de la tensión entre medios y fines pueden apreciarla
ustedes por el bien conocido principio sostenido, como todos recuerdan, por los
socialistas revolucionarios (línea Zimmerwald [35])
ya durante la guerra. El nítido planteo fue: “Si nos hallamos ante la alternativa
de todavía más años de guerra y después revolución, o bien paz ahora y nada de
revolución, nuestra elección es: ¡que siga la guerra por algunos años más!”. A
la pregunta siguiente acerca de qué podía esa revolución traer consigo,
cualquier socialista científicamente formado hubiera contestado que era
imposible hablar en absoluto de una transición hacia una economía que se
hubiera podido llamar socialista en un sentido estricto, y que, por el
contrario, surgiría otra vez una economía burguesa en la que sólo se habrían
podido eliminar los elementos feudales y los remanentes dinásticos. De modo
que, tan sólo para este modesto resultado “¡que siga la guerra por algunos años
más!” Aun con una firme convicción socialista se debería poder decir que es posible
rechazar un objetivo que requiere semejantes medios. Con el bolchevismo y el
espartaquismo, en realidad con todo socialismo revolucionario, la situación es
la misma y, por supuesto, resulta sumamente ridículo que este sector condene moralmente
a los “políticos autoritarios” del antiguo régimen por utilizar los mismos
medios – por más justificado que esté el rechazo de sus fines.
Aquí, en este problema de la justificación de los
medios por el fin, la ética de la convicción parece estar condenada al fracaso
forzoso. Y de hecho, por lógica tiene sólo la posibilidad de rechazar
cualquier acción que utiliza medios moralmente peligrosos. Eso por lógica.
Pero en el mundo de las realidades, por supuesto, podemos ver una y otra vez
que quienes actúan según la ética de la convicción se convierten de pronto en
profetas milenaristas [36].
Los que acaban de predicar “el amor frente a la violencia” terminan, en un
abrir y cerrar de ojos, invocando la violencia – la violencia definitiva – que
supuestamente traería consigo la destrucción de todas las violencias.
Proceden en esto igual que nuestros militares cuando les decían a los soldados
ante cada ofensiva que ésa sería la última y que traería consigo la victoria y
luego la paz. El que actúa según la ética de la convicción no soporta la
irracionalidad ética del mundo. Es un “racionalista” de lo cósmico-ético.
Quienes conocen la obra de Dostoievski recordarán la escena con el Gran
Inquisidor en dónde el problema está expuesto en forma muy acertada. No es
posible alojar bajo un mismo techo la ética de la convicción y la ética de la
responsabilidad. Como que tampoco es posible decretar éticamente qué fin ha de
justificar cuales medios, si es que en absoluto se le hacen concesiones
a este principio.
Mi colega F.W. Förster, a quien estimo mucho por la
pureza de sus convicciones pero a quien no acepto en absoluto como político,
cree haberle encontrado la vuelta a este problema en su libro mediante la
simple tesis según la cual de lo bueno sólo puede resultar el bien y de lo
malo, sólo el mal. Obviamente, en este caso toda la problemática dejaría de
existir; pero no deja de ser asombroso que semejante tesis haya podido ver la
luz del día 2.500 años después de los Upanishads. No sólo toda la Historia
universal sino hasta cualquier verificación a fondo de la experiencia cotidiana
nos dice lo contrario. Incluso el desarrollo de todas las religiones del mundo
se apoya en que lo cierto es lo contrario. Ya el antiquísimo problema de la
teodicea se formula con la pregunta de: ¿cómo es posible que un Poder,
presentado simultáneamente como todopoderoso y bondadoso, haya podido crear un
mundo tan irracional con su sufrimiento inmerecido, su injusticia impune y su
estupidez irremediable? O bien no es todopoderoso, o bien no es bondadoso; o
bien la vida se halla regida por principios de compensación y de resarcimiento
que podemos interpretar de un modo metafísico, o bien lo está por principios
que quedarán para siempre fuera de nuestra capacidad de interpretación. Lo que
sucede que este problema – la experiencia de la irracionalidad del mundo – ha
sido la fuerza impulsora del desarrollo de todas las religiones.[37]
La doctrina del Karma en la India, el dualismo persa, el pecado original, la
predestinación y el Deus absconditus [38]
surgieron todos de esta experiencia. También los antiguos cristianos sabían que
el mundo está regido por demonios y que aquél que se mete en política – es
decir: con el poder y la violencia como medios – establece un pacto con poderes
diabólicos. Sabían que, en cuanto a su accionar, no es verdad que de lo bueno
sólo podrá resultar algo bueno y de lo malo sólo algo malo sino, con
frecuencia, justo lo contrario. El que no ve esto entiende a la política de un
modo infantil.
La ética religiosa ha resuelto de diferentes
maneras el hecho que estamos integrados a diferentes categorías de vida que
responden a leyes que difieren entre sí. El politeísmo helénico le ofrecía
sacrificios tanto a Afrodita como a Hera, tanto a Dionisio como a Apolo, y
sabía que en no pocas oportunidades estos dioses se peleaban entre ellos. El
hindú organizó la vida dándole a cada una de las diferentes profesiones una
norma ética especial, un dharma, y las separó definitivamente en castas.
Con ello construyó una jerarquía de rangos de la cual, quien nacía en ellos, no
podía salir excepto reencarnando en una vida posterior y las diferentes
profesiones quedaron a distancias también distintas de los bienes religiosos
superiores. Así, le fue posible desarrollar el dharma de cada una de las
castas – desde los ascetas y brahmanes, hasta los ladrones y las prostitutas –
de un modo acorde con las normas inmanentemente propias de cada una de las
profesiones. Entre ellas, también las de la guerra y la política. La
integración de la guerra en la totalidad de la organización de la vida la
hallarán ustedes en el Bhagavadgita, en el diálogo entre Krishna y Arduna. “Haz
lo necesario”, es lo obligatorio según el dharma y las reglas de la
casta de los guerreros, en relación con la “acción” objetivamente necesaria al
fin bélico. Esto, de acuerdo con esta fe, no menoscaba la salvación religiosa
sino que le sirve. La muerte heroica siempre le garantizó al guerrero hindú el
cielo de Indra de un modo tan cierto como al germano el Walhalla. Pero ese
guerrero hubiera sido rechazado por el Nirvana, del mismo modo en que lo
hubiera rechazado el paraíso cristiano con su coro de ángeles. Esta
especialización de la ética le permitió a la ética hindú un tratamiento del
arte regio de la política completamente homogéneo, consecuente sólo con las
leyes propias de la actividad y hasta fomentándolas en forma radical. El
verdadero “maquiavelismo”, en el sentido popular de la palabra, está
representado de un modo clásico en la literatura hindú, en el Arthasastra
[39]
de Kautilya (escrito mucho antes del nacimiento de Cristo, supuestamente
por la época de Chandragupta). En comparación, “El Príncipe” de Maquiavelo
resulta inofensivo. En la ética católica, a la cual el profesor Förster sigue
de cerca en general, los consilia evangeliga constituyen, como se
sabe, una ética particular para los dotados con el carisma de la vida santa.
Entre ellos están, al lado del monje que no debe derramar sangre ni obtener
ganancias, el caballero cristiano que puede lo primero y el burgués devoto que
puede lo segundo. La gradación de la ética y su inserción en el organismo de la
doctrina de la salvación es menos consecuente que en la India, pero pudo y tuvo
que ser así dados los postulados de la fe cristiana. La perversión del mundo
por el Pecado Original permitió, con relativa facilidad, integrar la violencia
a la ética como disciplina contra el pecado y contra los herejes que ponían en
peligro la salvación de las almas. Sin embargo, los requisitos éticos puramente
acósmicos y de íntima convicción ética contenidos en el Sermón de la Montaña,
al igual que el derecho natural religioso como mandato absoluto basado sobre el
mismo, mantuvieron su poder revolucionario y aparecieron sobre el escenario con
la fuerza arrolladora de un fenómeno natural en casi todas las épocas de convulsión
social. En especial, crearon las sectas radical-pacifistas, una de las cuales
intentó en Pennsylvania el experimento de construir un Estado no-violento hacia
el exterior – algo que resultó trágico en la medida en que, cuando estalló la
guerra por la independencia, los cuáqueros no pudieron tomar las armas en un
conflicto en el que se luchaba por sus propios ideales. El protestantismo
normal, por el contrario, legitimó al Estado – y por lo tanto el medio de la
violencia como institución divina – en forma absoluta y al Estado autoritario
en especial. Lutero le quitó al individuo la responsabilidad por la guerra y la
transfirió a la autoridad. Según ello, la obediencia a esta autoridad, en
asuntos que no fuesen cuestiones de fe, no podía ser nunca pecaminoso. El
calvinismo, por su parte, volvió a reconocer en principio a la violencia como
medio para la defensa de la fe y habilitó, por consiguiente, la guerra
religiosa; algo que en el Islam fue un elemento vital desde sus mismos
comienzos. Como puede verse, el problema que plantea la ética política no es,
para nada, algo que apareció con el descreimiento moderno surgido del culto
renacentista a los héroes. Todas las religiones han lidiado con la cuestión
obteniendo éxitos sumamente diversos y, después de lo dicho, se comprende que
tampoco habría podido ser de otra manera. Lo que determina la singularidad de
todos los problemas éticos de la política es el medio específico de la violencia
legítima, puramente como tal, ejercida por la mano de las asociaciones humanas.
Sea quien fuere el que pacta con estos medios y
sean cuales fueren sus fines – y esto es algo que todo político hace – queda
expuesto a sus específicas consecuencias. En una medida especialmente grande
queda expuesto el combatiente convencido, tanto el religioso como el
revolucionario. Tomemos sin dudar a la actualidad como ejemplo. Todo el que
quiera establecer con violencia la justicia absoluta en este mundo
necesita de seguidores; es decir: necesita el “aparato” humano. Al mismo lo
tiene que seducir con la posibilidad de obtener premios íntimos y externos – la
recompensa celestial o terrenal – porque, de otro modo, no funciona. En cuanto
a los íntimos y bajo las condiciones de la moderna lucha de clases: la satisfacción
del odio y la venganza; sobre todo del resentimiento y de la necesidad de
utilizar argumentos pseudoéticos para demostrar que se tiene razón con lo que
queda habilitada la difamación del adversario y su calificación de hereje. En
cuanto a los externos: aventura, victoria, botín, poder y prebendas. Para
lograr el éxito, el líder depende completamente del funcionamiento de su
aparato. Depende, por lo tanto de las motivaciones de ese aparato y no
de las suyas propias. Depende de que le pueda ofrecer permanentemente
los mencionados premios a sus seguidores: a la guardia roja, a los informantes,
a los agitadores que necesita. No está, pues, en sus manos determinar qué es lo
que, bajo tales condiciones, logrará efectivamente con su acción. Eso le será
determinado por aquellas motivaciones, mayoritariamente mezquinas, del accionar
de sus seguidores, los cuales sólo pueden ser mantenidos bajo control mientras
al menos una parte de los mismos – y que jamás en la vida son mayoría – estén
imbuidos de una fe sincera en la persona y en la causa del líder. Pero no es
tan sólo que esta fe, incluso en los casos en que es subjetivamente auténtica,
resulta ser en realidad y en una cantidad muy grande de casos tan sólo una
“legitimación” de la sed de venganza y el afán por obtener poder, botín y
prebendas. No nos hagamos ninguna ilusión al respecto. La interpretación
materialista de la Historia tampoco es un carro que se toma o se abandona a
capricho y ¡por cierto que no se detiene ante los promotores de revoluciones!
Lo que sucede, por sobre todo, es que después de la revolución emocional viene
la tradicional rutina cotidiana que hace palidecer la figura del héroe
convencido y sobre todo carcome la convicción misma, o bien – lo que es más
eficaz aun – esta convicción se integra la fraseología convencional de los
filisteos políticos y los técnicos. Este desarrollo se produce de un modo
especialmente rápido precisamente en el caso del conflicto entre convicciones
porque, por lo general, esta clase lucha está dirigida o inspirada por
auténticos líderes o profetas de la revolución. Como en todo aparato que
responde a un líder, también aquí una de las condiciones del éxito es el
vaciamiento ideológico, el materialismo, la proletarización espiritual, en aras
de la disciplina. Es por esto que quienes siguen a un líder que lucha por
convicciones se convierten, por regla general, tan fácilmente en un vulgar
estrato de prebendarios.
El que desee hacer política en absoluto y el que
quiera dedicarse de lleno a la política como profesión debe ser consciente de
estas paradojas éticas y de la responsabilidad que le cabe por lo que él
mismo puede llegar a ser bajo la presión de las mismas. Repito: entra en el
trato con los poderes diabólicos que acechan en toda violencia. Los grandes
virtuosos del amor humano y de la bondad acósmicos – sea que hayan provenido de
Nazaret, de Asís o de los palacios reales de la India – no trabajaron con la
herramienta del poder político. Su reino “no fue de este mundo” y, aun así,
actuaron y siguen actuando en este mundo. Las figuras de Platón, Karatajew, y
los santos de Dostoievski siguen siendo sus reconstrucciones más adecuadas. El
que busca el bien de su alma y la salvación de las demás no realiza su búsqueda
por el camino de la política que tiene problemas completamente distintos y que
sólo pueden resolverse mediante el ejercicio del poder coercitivo. El genio o
demonio de la política vive en perpetua tensión interna con el Dios del amor,
incluso con el Dios cristiano en su expresión eclesiástica, y en cualquier
momento esa tensión puede estallar en un conflicto insoportable. Esto ya lo
sabían las personas incluso por la época del dominio de la Iglesia. Una y otra
vez cayó el interdicto papal sobre Florencia y, no obstante, sus ciudadanos
continuaron combatiendo contra el Estado eclesiástico. Y eso a pesar de que en
aquella época el interdicto significaba para los hombres y para la salud de sus
almas un poder mucho más grande que lo que Fichte llama el “frío
consentimiento” del juicio ético kantiano. Y refiriéndose a estas situaciones,
Maquiavelo, en un bello pasaje – que si no me equivoco está en las historias
florentinas –hace que uno de sus héroes elogie a esos burgueses quienes
valoraban más la grandeza de su ciudad natal que la salvación de sus almas.
Si suplantan ustedes “ciudad natal” o “patria” –
términos que actualmente pueden no significar valores inequívocos para todo el
mundo – por “el futuro del socialismo”, o por “la paz internacional”, tendrán
planteado el problema del modo en que se encuentra ahora. Porque todos esos
objetivos ponen en peligro “la salvación del alma” si son perseguidos mediante
acciones políticas que operan con medios violentos y sobre el camino de
la ética de la responsabilidad. Pero si se los persigue con la pura ética de la
convicción a través de la guerra ideológica, esos mismos objetivos pueden
resultar dañados y desacreditados por generaciones enteras porque falta la
responsabilidad por las consecuencias. Porque, en ese caso, el que actúa
no toma conciencia de aquellos poderes diabólicos que están en juego. Estos
poderes son inexorables y crean consecuencias tanto para la actividad como para
el propio ser íntimo de quien la ejecuta; consecuencias a las que el político
estará expuesto y frente a las cuales se hallará indefenso si las pasa por
alto. “El diablo es viejo”. Y no son los años, ni la edad, lo que implica la
frase: “por lo tanto, volveos viejos para entenderlo”. Tampoco yo me he dejado
apabullar con la fecha del certificado de nacimiento cuando se ha tratado de
discusiones. El simple hecho que alguien tiene 20 años y yo estoy más allá de
los 50 tampoco a mí me puede inducir a opinar que esa sola circunstancia ya es
un logro por el cual puedo exigir que se me respete. No es la edad lo que
importa. Lo decisivo será en todos los casos la bien aprendida ausencia de
concesiones en la observación de las realidades de la vida y la capacidad de
soportarlas y de estar a su altura.
Es cierto: la política se hará con el cerebro pero,
con total seguridad, no sólo con el cerebro. En esto los partidarios de la
ética de la convicción tienen toda la razón. Pero a nadie se le pueden dar
recetas sobre si debe actuar según la ética de la convicción o bien
según la ética de la responsabilidad. Lo único que puedo decirles es lo
siguiente: la excitación, a pesar de todo, no es ni siempre ni completamente
una pasión auténtica. Y cuando en estos tiempos de excitación que ustedes no
creen “estéril” los políticos convencidos de pronto comienzan un tiroteo
masivo con la consigna de “no soy yo, es el mundo el que es demasiado estúpido
y malvado; la responsabilidad por las consecuencias no me cabe a mí sino a los
demás a cuyo servicio estoy trabajando y cuya estupidez y maldad habré de
erradicar”; cuando me encuentro con esto, les puedo decir con franqueza que lo
primero que hago es buscar la medida del peso específico interno que
está detrás de esta convicción ética. En nueve de cada diez casos me encuentro
con personajes inflados que no sienten realmente lo que han emprendido y que
sólo se obnubilan con sensaciones románticas. Y eso, humanamente, no me
interesa demasiado ni me conmueve en absoluto. Mientras que, por otra parte,
resulta inmensurablemente conmovedor cuando una persona madura – y da lo
mismo si es joven o vieja según los años – que actúa según la ética de la
responsabilidad y percibe esa responsabilidad por las consecuencias de un modo
real y con toda el alma, de pronto llega a un punto en el que dice: “Aquí
estoy, no puedo hacer otra cosa”. Eso es algo auténticamente humano que
emociona. Porque en esta situación puede verse por supuesto cualquiera
de nosotros que no esté muerto por dentro. En esta medida la ética de la
convicción y la de la responsabilidad no son contraposiciones absolutas sino
complementarias, que recién en conjunto hacen al hombre auténtico, al hombre
que puede tener “vocación política”.
Y bien, estimados asistentes, les propongo que
volvamos a encontrarnos para hablar otra vez sobre este asunto dentro de diez
años. Cuando, como por toda una serie de razones lamentablemente debo
temer, la era de los reaccionarios ya haya comenzado hace rato. Cuando se haya
concretado poco, quizás no precisamente nada pero al menos aparentemente muy
poco, de aquello que seguramente muchos de ustedes y francamente yo mismo hemos
deseado y esperado. Ese resultado es muy probable. No me destruirá, pero
obviamente pesa mucho en mi interior el saberlo. Entonces, dentro de diez años,
desearía ver qué es lo que “se hizo” – en el sentido íntimamente propio de la
expresión – de aquellos entre ustedes que hoy se sienten auténticos “políticos
convencidos” y participan del vértigo que ha significado la revolución actual.
Sería hermoso que, en ese momento, fuese aplicable lo que dice el soneto 102 de
Shakespeare:
Nueva era la primavera y nuevo era nuestro amor
cuando solía celebrarlo con mi canto.
Suelta sus trinos cuando nace el verano
pero al llegar los días maduros, calla el ruiseñor. [40]
cuando solía celebrarlo con mi canto.
Suelta sus trinos cuando nace el verano
pero al llegar los días maduros, calla el ruiseñor. [40]
Pero la actualidad no es así. Lo que nos espera no
son los brotes del verano sino, por de pronto, una noche polar con su helada
oscuridad, sea cual fuera el grupo que ahora triunfe en apariencia. Porque en dónde
nada queda, no sólo el Káiser, también el proletariado ha perdido sus derechos.
Cuando esta noche se disipe lentamente, ¿quién vivirá aun de aquellos cuya
primavera ahora parece florecer con tanto esplendor? ¿Y qué se habrá hecho
íntimamente de todos ellos? ¿Habrá amargura o superficialidad; simple e
insensible aceptación del mundo y de la profesión; o lo tercero y nada
infrecuente: una huida mística del mundo por parte de quienes tienen el don
para ello; o bien – lo más usual y peor – la moda de una evasión sufridamente
aceptada? Ante cualquiera de esos casos mi conclusión será que los involucrados
no han estado a la altura de sus propios actos; que tampoco han estado a la
altura del mundo tal cual éste es con su realidad cotidiana; que objetivamente y
de hecho, en el sentido más profundo del concepto, no han tenido la vocación
política que creían poseer. Que hubieran hecho mejor en cultivar simple y
sencillamente la hermandad entre ser humano y ser humano, dedicándose por lo
demás a cumplir en forma totalmente prosaica con su trabajo de todos los días.
La política implica un fuerte y lento perforar de
duras tablas con pasión y buen criterio al mismo tiempo. Es completamente
cierto, y toda la experiencia histórica lo confirma, que no se hubiera logrado lo
posible si en el mundo una y otra vez no se hubiese intentado lo imposible.
Pero el que puede hacer eso tiene que ser un líder, y no sólo eso sino – en un
sentido muy llano de la palabra – también un héroe. Y también aquellos que no
son ni lo uno ni lo otro, deben armarse con esa fortaleza de ánimo que nace del
fracaso de todas las esperanzas, y hacerlo ahora mismo, porque de otro modo no
estarán en condiciones de prevalecer ni siquiera por sobre lo que ya hoy es
posible. Sólo el que está seguro de no quebrarse cuando el mundo, visto desde
su propio punto de vista, es demasiado estúpido o demasiado perverso para lo
que él desea ofrecerle; sólo aquél que frente a todo ello es capaz de decir:
“¡aun así!”, sólo ése tiene “vocación” para la política.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Notas del Traductor
[2] )- Brest-Litovsk
(hoy Brest) : ciudad que actualmente pertenece a Bielorrusia, situada cerca de
la frontera con Polonia. Allí, el 3 de Marzo de 1918 se firmó el tratado de paz
que le permitió a Rusia, que ya estaba en manos de los bolcheviques, retirarse
de la Primera Guerra Mundial. Por la parte bolchevique, las negociaciones
estuvieron a cargo de Trotsky.
[3])- En inglés en el
original. El término “spoil”, en este contexto, significa aproximadamente algo
así como “despojos”. En política, la expresión “spoil system” se refiere a la
práctica por la cual un partido político dominante reparte cargos y puestos
entre sus propios miembros y simpatizantes.
[4] )- Weber no se refiere
aquí, obviamente, a una revolución en abstracto sino a los hechos concretos que
llevaron en la Alemania de 1918 al derrocamiento de la monarquía, a la
proclamación de la república y hasta a la ocupación de alguna gobernaciones
(p.ej. Munich) por revolucionarios bolcheviques, al menos por un tiempo.
[5]) – “Räte von Haus
aus” eran consejos con sede en el territorio, la mayoría de las veces con
cargos en la administración local; ya fuesen consejos de nobles o consejos de
burgueses. (Cf.
http://www.gsta.spk-berlin.de/uploads/pdf_aktenkunde/3_genetik.pdf )
[6] )- El Civil Service
Reform (Reforma del Servicio Civil) fue el tema de un gran debate en los
Estados Unidos. Sus promotores lucharon contra las prácticas señaladas
por Weber, es decir: contra el reparto de cargos entre los vencedores de una
elección y sus simpatizantes. La iniciativa tenía por objeto garantizar que los
funcionarios públicos fuesen seleccionados y designados exclusivamente por
criterios objetivos de idoneidad y aptitud para el puesto. En realidad, la
reforma tardó más de siglo y medio en completarse, se realizó en varias etapas
y hay al menos cinco reformas parciales que comprenden lo que usualmente se
conoce como el Civil Service Reform: los dos Tenure of Office Acts
de 1820 and 1867, El Pendleton Act de 1883, los Hatch Acts de
1939 y 1940) y el Civil Service Reform Act de 1978 que reformó el servicio
civil del gobierno federal. Puede verse por las fechas que, cuando Weber
pronunció su conferencia, sólo tres de las cinco reformas se habían aprobado.
[7] )- Por “antiguo
régimen” debe entenderse la monarquía constitucional derrocada al final de la
Primera Guerra Mundial, pocos meses antes de que Weber diera esta conferencia.
[8] )- Pandectas
en griego significa lo mismo que Digesta en latín. El término se
aplica a una obra que recopila los tratados jurídicos de los expertos juristas
romanos. El Digesto más famoso es el de Justiniano I publicado en el 533 DC.
[9] )- La teoría
conciliarista considera que la suprema autoridad de la Iglesia es el Concilio
Ecuménico o Universal, y pone a este Concilio (ya sea condicionalmente o por
principio) por encima del papado.
[10] )- Monarcómaco:
término acuñado por G. Barclay (contemporáneo de Bodino). Denota a la persona
que combate a un rey legítimo (como diferenciación de quien combate a un tirano
o a un autócrata). En el uso general posterior, se aplicó a todos los que
combatían la monarquía como tal.
[11] )- La referencia es a
la propaganda de guerra de las potencias aliadas, enemigas de Alemania durante
la Primera Guerra Mundial.
[12] )- Alfred C. W.
Harmsworth, lord Northcliffe (1865 - 1922), periodista y escritor
irlandés, propietario y editor de periódicos conocido como el «Napoleón de la
Prensa». Industrializó el proceso periodístico y creó un vasto imperio
editorial que llegó a incluir al Daily Mail y al The Times.
[15] )- Por Reform
Bill se entiende el conjunto de reformas de 1832, 1867, y 1884–85 que en
Inglaterra expandieron el electorado para la Cámara de los Comunes y
modificaron la representación de ese cuerpo parlamentario.
[16] )- Maquinaria
política del Partido Demócrata norteamericano orientada principalmente al
control político de la ciudad de Nueva York y que asentó su base de poder en la
masa de inmigrantes a los EE.UU. , principalmente los irlandeses. Fundada
en 1789, perdió su influencia a partir de 1932.
[19] )- El sistema
consiste en que delegados de los diferentes distritos reunidos en asamblea,
eligen a quien será el candidato principal del partido. O sea: se trata en lo
esencial de una elección indirecta del candidato, como algo opuesto a una
“primaria” abierta en la que todos los afiliados al partido pueden elegir
directamente.
[20] )- William E.
Gladstone (1809 –1898) político liberal británico, gran rival de
Disraeli, político de la era victoriana. Primer Ministro del Reino Unido en
cuatro oportunidades: 1868/1874, 1880/1885, 1886, y 1892/1894.
Winston Churchill se inspiró en él en muchos aspectos.
[24] )- La palabra
significa “par” e implica un título de alta dignidad. En España, su equivalente
sería el de “Grande de España”.
[25] )- Nombre del
parlamento alemán de la época imperial (desde 1849) que perduró hasta el
fin la Segunda Guerra Mundial. Actualmente, el parlamento alemán se
denomina Bundestag.
[26] )- “Jefe”, “patrón”,
en inglés – nombre también aplicado al “capo di mafia” o al jefe de pandilla.
[28] )- Como consecuencia
de sucesivas reformas, el funcionariado norteamericano se ha profesionalizado
en forma muy considerable, tal como lo preveía Weber ya en 1919. No obstante,
la influencia de los grandes intereses financieros y, muy en especial, el alto
costo de la publicidad política, han convertido al sistema norteamericano en
una verdadera plutocracia dónde los políticos dependen estrechamente del dinero
que financia sus campañas electorales.
[30] )- August Bebel
(1840-1913) dirigente socialdemócrata alemán. Opositor de Bismarck, fue
cofundador del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) y miembro del parlamento.
[35] )- Referencia a la
Conferencia de Zimmerwald que tuvo lugar entre el 5 y el 8 de septiembre de
1915 en Zimmerwald, Suiza y congregó a la izquierda socialista opositora a la
Primera Guerra Mundial. Asistieron, entre otros Lenin, Trotsky, los mencheviques
y varios otros dirigentes socialdemócratas. La conferencia inspiró luego a la
Revolución rusa y a la Tercera Internacional.
[36] )- Milenarimo, en su
sentido original designa la creencia en el retorno de Cristo y la fundación de
su imperio que duraría mil años, por lo general con Israel como poder mundial
hegemónico en lo política y lo religioso. El concepto también se utiliza frecuentemente
para designar la creencia en un próximo fin del mundo.
[37] )- La religión no es
la respuesta a lo que no se conoce; no es la respuesta a la ignorancia como
muchas veces se ha sostenido. En esencia, la religión es, precisamente como
señala Weber, la respuesta a la aparente irracionalidad del mundo.
[38] )- La idea del Deus
absocunditus o “Dios escondido” es un concepto mencionado por Santo Tomás
de Aquino y se refiere al Dios que ha creado al mundo y que deliberadamente ya
no interviene en él de forma directa, salvo casos excepcionales.
[39] )- El Arthashastra
es un antiguo tratado hindú sobre ciencia política, política económica y
estrategia militar.
My love is strengthen'd, though more weak in
seeming;
I love not less, though less the show appear:
That love is merchandized whose rich esteeming
The owner's tongue doth publish every where.
Our love was new and then but in the spring
When I was wont to greet it with my lays,
As Philomel in summer's front doth sing
And stops her pipe in growth of riper days:
Not that the summer is less pleasant now
Than when her mournful hymns did hush the night,
But that wild music burthens every bough
And sweets grown common lose their dear delight.
I love not less, though less the show appear:
That love is merchandized whose rich esteeming
The owner's tongue doth publish every where.
Our love was new and then but in the spring
When I was wont to greet it with my lays,
As Philomel in summer's front doth sing
And stops her pipe in growth of riper days:
Not that the summer is less pleasant now
Than when her mournful hymns did hush the night,
But that wild music burthens every bough
And sweets grown common lose their dear delight.
Therefore
like her I sometime hold my tongue,
Because I would not dull you with my song.
Because I would not dull you with my song.
Traducción de Denes Martos -Edición original:
1919 - Edición electrónica: 2010
www.laeditorialvirtual.com.ar
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