El día después de mañana (de la globalización de la indiferencia a la globalización del compromiso)



Mientras el coronavirus sigue haciendo estragos y transforma a los médicos en héroes y la mass media es bien utilizada para tomar conciencia de lo que nos ocurre, y otros la usan para entrenarse como los Nostradamus del siglo XXI, el mundo todo, la inmensa mayoría de los mortales hemos tomado nota de nuestra finitud y de la intrínseca debilidad de nuestro organismo ante las enfermedades desconocidas, y otras no tanto.
Hemo comenzado a comprender que la escala de valores que sostenemos y practicamos está invertida. Nuestra soberbia individualista ha crepitado frente a un enemigo invisible que, como señal divina, nos ha recordado precisamente lo insignificante que somos en el Cosmos. Que la vida realmente es nuestro don más preciado. Un golpe nuestro ego para romper una anquilosada trama de complejas individualidades que se sostiene sobre la indiferencia, la inseguridad, los miedos y ese irrefrenable deseo de poseer.
Un campo de batalla no declarado en el cual el individualismo se debate entre el consumo desenfrenado y la ostentación, el ruido que genera en las calles, la exposición de su intimidad, la exclusión y/o segregación, la cultura del descarte y como si fuera poco, el propio desencanto y frustración por el deseo insatisfecho.
Francisco, en su Carta Encíclica Laudato Si, al referirse al deterioro del ambiente y el de la sociedad que afectan de un modo especial a los más débiles del planeta, expresa que necesitamos  fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana, y que no hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia.
Volver sobre conceptos y valores olvidados no es retroceder, sino dar un paso al frente para afrontar nuestro propio desencanto junto al otro. Todo es relativo para el hombre de hoy, y en consecuencia nada tiene la suficiente relevancia para que le prestemos atención, salvo que afecte o pueda satisfacer nuestro propio interés. Todo relativismo tiene en sí un tinte subjetivo que conlleva el germen de lo absoluto excluyente: el código ético se construye en primera persona: mi verdad, mi libertad; etc. Así, los valores más altos, como la vida, la solidaridad o la salud dependen de las circunstancias, tiempo y lugar; todo es según el color del cristal con que se mire.
Implicarnos con el destino del otro es comprometerse, “hacerse uno en el otro”. Hemos glorificado la autoestima, pero devaluado el autorrespeto, y se desprecia todo aquello que implique tiempo en tanto el horizonte lo apreciamos limitado y además borroso.
Vivimos obnubilados por conceptos de los que hemos hecho un culto. Crecimiento, desarrollo económico, la libertad económica como causa eficiente del crecimiento y la igualdad. No solo hace tiempo que pregonamos estos conceptos y sin embargo las inequidades y la pérdida de dignidad es evidente, sino que además nos anestesia y deja de causar asombro; así nos resultan ajenos valores tales como la ética, la solidaridad, la empatía y asumimos la vida como una carrera de salvación personal.
Amartya Sen demuestra en su libro Desarrollo y Libertad que el auténtico desarrollo económico no tiene por finalidad aumentar las riquezas de las naciones sino brindar la mayor libertad posible a todas las personas para que puedan ejercer sus opciones en la vida y hacer a esta más humana.
Debemos globalizar el compromiso; asumir culturalmente un modo de convivencia, sustentado en el diálogo, el consenso, la verdad, y un permanente renacer de las utopías, de los sueños.
El hombre debe recuperar su fe en la misión primordial de su vida. Para ello debe compartir y participar junto al otro porque el bien supremo no se realiza en la vida individual humana. Ser parte de un todo, implicarse en aquellas cosas comunes (Cultivar la tolerancia, el respeto a la diversidad, el compromiso por la verdad, el rechazo al conformismo, el amor a la tierra y a sus semejantes, aprender a pensar, promover la paz y la justicia) nos hace partícipes, miembros de una comunidad.
Recuperar el sentido de la vida no es una mera especulación filosófica; es una exigencia ética.
No puedo sino terminar con una reflexión de Francisco: si se desarrollan relaciones humanas cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambiente se compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red de comunión y de pertenencia...cualquier lugar deja de ser un infierno y se convierte en el contexto de una vida digna.
Que lo que nos ocurre nos sirva de ejemplar advertencia. Para que el día después de mañana nos encuentre, como humanidad, predispuestos a forjarnos, entre todos, una vida digna.
(Este artículo tiene como fuente el capítulo VII de un ensayo inédito de mi autoría “La ciudad. Del neolítico hasta nuestros días. Evolución social, económica y política”.)
              



Comentarios

  1. Excelente articulo Cesar !!

    Deseo fervientemente que esa escala de valores se revierta de manera urgente, coincidiendo en tu criterio que sera dar un paso al frente, es hora de crecer y desarrollarnos como Sociedad.

    Fuerte Abrazo.

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    Respuestas
    1. Ojalá Martín...el único camino es perseverar en esta idea. Construir una comunidad que sea organizada implica romper con la idea del "Yo" como concepto central de nuestra existencia y construir el "Nos" para que el Hombre recupera la centralidad en su existencia.

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